BUENOS AIRES – Suba de aranceles, tensiones geopolíticas y una confianza cada vez más frágil en el multilateralismo. En este escenario internacional, la firma del acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur (prevista para el sábado 17 de enero en Asunción, Paraguay) cobra una relevancia particular.

En la Bolsa de Cereales de Buenos Aires el clima es de expectativa. “La UE representa un mercado de 450 millones de habitantes, con un ingreso per cápita anual de 43.000 dólares –explican–. En 2024 esos países importaron productos agroindustriales por un valor de 220.000 millones de dólares, de los cuales la Argentina explicó apenas el 3%”.

El margen para crecer, sostienen, existe, sobre todo a partir de las condiciones preferenciales de acceso incluidas en el tratado. Además, según los especialistas, el acuerdo puede funcionar como un ancla para ciertas políticas nacionales sujetas a vaivenes, históricamente ligados a los cambios de gobierno. Al mismo tiempo, permitiría actualizar los marcos normativos del Mercosur y allanar el camino para futuras negociaciones comerciales.

La UE otorgará beneficios arancelarios al 99,5% de las exportaciones agroindustriales del Mercosur: eliminará completamente los aranceles para el 84% de los productos y concederá cupos o preferencias parciales para el 15,5% restante.

En el caso argentino, los principales bienes exportados son harina de soja, maní, carne vacuna, aceite de soja, harina y pellets de girasol (subproducto del proceso de extracción de aceite, utilizado principalmente como alimento para el ganado), productos de la pesca (como merluza, camarones y langostinos), biodiésel, aceite de oliva y vinos, entre otros.

De acuerdo con los analistas de la Bolsa de Cereales, el acuerdo también aparece como un contrapeso frente al retorno de políticas proteccionistas impulsadas por Donald Trump.

“En un contexto de tensiones geopolíticas, fragmentación del multilateralismo y aumento de los aranceles a las importaciones –señalan–, un acuerdo entre dos bloques como la UE y el Mercosur es una señal clara de que existe una visión alternativa, que entiende que un sistema de comercio internacional más libre, previsible e integrado es beneficioso para los países y para los consumidores”.

El tratado establece reglas y compromisos que deben ser respetados por ambas partes en sus políticas comerciales, más allá de los cambios de signo político.

“Este punto –subrayan– aporta previsibilidad en el acceso al mercado europeo y también ayuda a estabilizar determinadas políticas en la Argentina”. En términos concretos, implica la garantía de que las reglas de juego no se modifiquen cada cuatro años, tras una elección.

Esa previsibilidad, agregan, genera a su vez un escenario más favorable para el fortalecimiento de las inversiones, ya sean locales, europeas o de otros países.

Quien también celebra el acuerdo es Renata Bueno, ítalo-brasileña, ex parlamentaria por la circunscripción América del Sur y abogada especializada en derecho internacional.

“Seguí muy de cerca este proceso, que en total llevó 25 años –recuerda–. Italia, que al principio dudaba, terminó cambiando de posición después de negociaciones intensas y fue clave para alcanzar la mayoría calificada, es decir, 15 países que representan al menos el 65% de la población de la UE”.

Según Bueno, la Comisión Europea ofreció concesiones decisivas para destrabar la aprobación, como mecanismos de salvaguarda más robustos, entre ellos un “freno de emergencia” que permite suspender importaciones ante eventuales desajustes del mercado.

“Los beneficios son para ambos lados –explica Bueno–. Para la UE implica mayores exportaciones de productos industriales, como automóviles, maquinaria, vinos y quesos, mientras que el Mercosur gana competitividad en las commodities agrícolas y mineras. Se estima que el tratado podría generar hasta 2 millones de puestos de trabajo directos e indirectos en los próximos años”.

Desde su doble pertenencia, Bueno recuerda que millones de descendientes de italianos en Brasil, Argentina y Uruguay podrían verse beneficiados por una mayor cooperación educativa, el reconocimiento de títulos y calificaciones profesionales y flujos migratorios más ágiles.

“En Italia, donde vivo y trabajo, el acuerdo refuerza los lazos culturales y económicos y abre oportunidades para empresarios brasileños –afirma–. Además, incorpora cláusulas ambientales exigentes, alineadas con los Acuerdos de París, que promueven prácticas sostenibles, combaten la deforestación y apuntan al desarrollo de la bioeconomía, un tema que defiendo desde hace años en ámbitos internacionales”.

De todos modos, reconoce que hay puntos sensibles. “Los ambientalistas advierten sobre los posibles impactos en la Amazonia –admite– y será clave controlar el cumplimiento efectivo de los compromisos, como la trazabilidad de los productos agrícolas”.

No todos comparten ese optimismo. El Centro de Economía Política Argentina (CEPA), junto con otras organizaciones, sigue desde hace años las negociaciones y define el acuerdo como una nueva “cesión de soberanía”.

Las críticas se centran en que la Unión Europea no reconoce en ningún momento las asimetrías entre las partes y actúa en consecuencia. A pesar de contar con un PBI cinco veces mayor que el del Mercosur, registrar casi diez veces más patentes por año y haber más que duplicado sus exportaciones hacia la región en la última década, la UE habría obtenido numerosas concesiones en reducción arancelaria, reglas de origen, compras públicas, servicios y establecimiento, propiedad intelectual, entre otros puntos.

Según el análisis del Cepa, el acuerdo “apunta a consolidar una especialización productiva en la que la Argentina quedaría relegada al rol de proveedor internacional de materias primas, sin margen para diversificar sus exportaciones. En paralelo, la Unión Europea busca facilitar el ingreso de sus productos industriales, ampliando su presencia en la provisión de bienes y servicios de alta intensidad de capital y tecnología”, lo que terminaría anulando cualquier posibilidad de avanzar en la diversificación de las matrices productivas y profundizando la dependencia de los países del Sur global respecto del hemisferio Norte.