ROMA - El avión italiano con Alberto Trentini y Mario Burlò a bordo aterrizó ayer por la madrugada en el aeropuerto militar de Ciampino y puso fin a una detención que se extendió durante más de catorce meses en cárceles venezolanas. Ambos habían sido liberados el día anterior de la prisión Rodeo I de Caracas.
Trentini y Burlò habían sido detenidos en Venezuela en noviembre de 2024, en dos episodios distintos. Alberto Trentini, trabajador humanitario veneto, fue arrestado el 15 de noviembre mientras se desplazaba por carretera desde Caracas hacia Guasdualito, en el estado de Apure, donde debía desarrollar tareas para la ONG Humanity & Inclusion, dedicada a la asistencia de personas con discapacidad. Mario Burlò, empresario oriundo de Turín, había sido detenido algunos días antes, tras ingresar al país desde Colombia por motivos laborales.
En ninguno de los dos casos las autoridades venezolanas informaron de manera pública los cargos ni iniciaron procesos judiciales formales. Durante meses, las familias denunciaron la falta de información, las dificultades para acceder a asistencia legal y las condiciones de detención, en un contexto que el gobierno italiano y organizaciones internacionales calificaron como arbitrario.
En la pista de Ciampino los esperaban sus familiares. Apenas descendieron del avión, llegaron los abrazos largamente postergados, en una escena cargada de emoción. Dentro del aeropuerto estaban la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, y el ministro de Relaciones Exteriores, Antonio Tajani, quienes los recibieron luego en un encuentro reservado.
Al saludar a Trentini, Meloni le dio la bienvenida con palabras personales, lejos del protocolo: “¿Ya abrazaste a mamá? Estuvo muy preocupada, lo sabés, ¿no?”, le dijo, antes de preguntarle cómo se sentía.
Después fue el turno de Mario Burlò. La jefa de gobierno conversó brevemente con ambos junto a Tajani y se despidió con una frase simple: “No los quiero molestar, tienen mucho tiempo que recuperar”.
Poco después del arribo, la abogada Alessandra Ballerini leyó una carta firmada por Alberto Trentini y su familia. Ballerini representa legalmente al entorno del trabajador humanitario. “Estamos muy felices hoy, pero nuestra felicidad tiene un precio altísimo: no se pueden borrar los sufrimientos de estos interminables 423 días”, señala el texto. También habla de la necesidad de tomarse un tiempo para “vivir jornadas serenas y constructivas” e intentar sanar las heridas que dejó la detención.
La carta agradece a quienes acompañaron a la familia con discreción durante estos meses. “Gracias a todas las personas que estuvieron cerca nuestro de tantas maneras distintas, incluso en silencio, pero de forma eficaz”, escriben, y piden respeto por la intimidad en esta etapa: “Necesitamos estar un poco recogidos, lejos del ruido de estos días, para afrontar con tranquilidad y entusiasmo el futuro de libertad que nos espera”.
El mensaje cierra con un recuerdo “para todas las personas que aún siguen detenidas y para sus familias, para que pronto puedan compartir la alegría de la liberación”, subrayó Ballerini ante las cámaras de RaiNews24, el canal informativo de la televisión pública italiana.
Mario Burlò, por su parte, contó sus primeras sensaciones tras el regreso en una entrevista telefónica con el Tg2. “Fue una alegría inmensa pisar mi querida Italia”, dijo el empresario, oriundo de Turín. Relató que perdió treinta kilos durante la detención, aunque dejó en claro que ese dato pasa a segundo plano frente a la emoción de volver a casa y reencontrarse con sus hijos.
Burlò agradeció al gobierno italiano y al embajador por las gestiones realizadas y explicó que la fuerza para resistir le llegó del pensamiento constante en sus hijos y en sus amigos, siempre convencidos de su inocencia.
“Fui secuestrado, como otros extranjeros”, afirmó, y advirtió que en las cárceles venezolanas todavía habría decenas de ciudadanos de otros países: “94 extranjeros de 34 nacionalidades diferentes”.
Según contó, no sufrió violencia física, pero sí fuertes presiones psicológicas, y recordó que recién pudo hablar con sus hijos después de once meses de prisión.