MONTEVIDEO – El diálogo musical entre Italia y Uruguay comenzó el 15 de febrero, cuando Gerardo Dorado “El Alemán” y Federico Marinari llevaron el sonido de la murga al escenario de la “Tarantella del Carnevale” en el Auditorio Parco della Musica de Roma. Y tuvo su capítulo final esta semana al otro lado del océano, en Montevideo, donde Ambrogio Sparagna y Raffaele Simeoni actuaron en el Teatro de Verano en el marco de la Liguilla, la etapa decisiva del concurso oficial del extenso Carnaval uruguayo.
Entre fines de enero y febrero las distintas compañías presentan sus espectáculos en el Teatro de Verano ante un jurado, obteniendo puntajes que les permiten avanzar a las siguientes instancias del certamen.
En paralelo, durante toda la temporada, murgas y otros conjuntos se presentan en los tablados, los escenarios montados en los barrios de Montevideo, donde despliegan sus propuestas en un clima más popular y participativo, en contacto directo con el público.
Justamente la murga, el coro carnavalero que pone en escena espectáculos musicales acompañados por percusión y atravesados por un tono satírico, fue el punto de partida de un intercambio que, en los días previos al concierto, los dos músicos italianos relataron a Il Globo.
Ambrogio Sparagna, etnomusicólogo y fundador de la Orchestra Popolare Italiana del auditorio romano, reconstruye así el origen del proyecto: “Digamos que nació, como suele suceder, a partir de una realidad institucional que tenía la intención de crear un puente de contacto con Italia”. La propuesta, llegada directamente del embajador Fabrizio Petri, fue aceptada sin dudar.
“La conditio sine qua non era que los artistas vinieran a Roma, porque claramente a nosotros nos interesaba —y a la embajada le interesaba— dar a conocer también un poco el Uruguay”, continúa.
El contexto era el de la Tarantella del Carnevale, proyecto en el que Sparagna trabaja desde hace muchos años. “Es una ocasión en la que llevamos todas las tradiciones italianas del carnaval como signo de conocimiento, de resistencia si se quiere, de una Italia bella”. No se trata, entonces, de una simple evocación folclórica, sino de “conservación de un patrimonio”.
Pero resguardar una tradición no implica cerrarse.
“Los patrimonios locales nunca son solo expresión local: también son expresión de diálogo global”, explica Sparagna, al recordar el primer contacto entre los músicos italianos del Auditorio y sus “colegas” uruguayos: “El sentido melódico de su música impactó a todos los coreutas, y al final todos cantaban con ellos. Fue algo de enorme éxito”.
Raffaele Simeoni, cantante y multiinstrumentista especializado en instrumentos antiguos, subraya también el papel de los timbres tradicionales en este intercambio. “Los colegas uruguayos —cuenta— quedaron sumamente intrigados por nuestros instrumentos, sobre todo por el organetto de Ambrogio, que se parece un poco al bandoneón argentino pero es más comunicativo, porque tiene un sonido más potente”.
Junto al organetto, también ciaramelle y flautas antiguas. “Son instrumentos que tienen tres mil años de historia, y los utilizamos yendo justamente en busca de los instrumentos antiguos del pueblo”, dice Simeoni.
La elección de trabajar con ese acervo sonoro forma parte de una mirada más amplia, la que Sparagna define como “etnomusicología militante”.
“No es solo curiosidad por el mundo, o tomar sonidos ‘étnicos’ y meterlos en el pop —afirma—. Es tener una mirada horizontal, de diálogo e intercambio; de lo contrario no nos interesa. De lo contrario es un principio colonial musical”. También es una forma de reafirmar que “no existe solamente la cultura musical comercial, la ‘música de plástico’, sino que todavía existen otros modos de hacerla”.
Durante los ensayos en Montevideo, ese espíritu se tradujo en hechos. “Había doce chicos uruguayos que armonizaban y cantaban los cantos de nuestra tarantella”, relata Sparagna, diciendo que estuvo “felicísimo” con el resultado, y remarcando que “gracias a la música se logra crear un puente que queda dentro de tu sensibilidad”.
Simeoni amplía la reflexión a partir de la experiencia acumulada en años de giras: “Hace treinta años que recorremos el mundo, y cada vez el encuentro es fundamental justamente para entender esto, para captar esa inmediatez increíble de la música, del encuentro con las personas”.
Para Sparagna, la música popular hunde sus raíces en una cultura transmitida de generación en generación a través del canto. “Todas las músicas que llamamos tradicionales se refieren a la tradición oral, a la tradición campesina”, explica, recordando que, por ejemplo, “el Cántico de las criaturas no es solo la primera poesía en lengua vulgar: es la primera canción”, en una época en la que el canto custodiaba la memoria colectiva.
No es casual que haya dedicado a ese texto un espectáculo, ideado junto al poeta Davide Rondoni: un “concierto-relato” que relee la obra de San Francisco a través de voces y sonoridades de la tradición musical popular italiana, devolviendo al centro el vínculo entre palabra, música y comunidad.
En los años en que fue director artístico de la Notte della Taranta, cuenta, el objetivo también fue traer una práctica arcaica al presente.
“Cuando empecé a hacer este trabajo, con Erasmo Treglia, quedaban tres tamborileros; ahora ya no sabés cuánta gente toca”, recuerda, subrayando cómo una intervención consciente puede devolver vitalidad a un repertorio que parecía destinado a desaparecer. “Hoy, si no hacés la Notte della Taranta, el PBI de Puglia baja”, ironiza.
También la lengua forma parte de esa identidad, ya que cada vez más la poesía popular y la canción se convirtieron en un elemento que protege el dialecto.
“Es un signo de identidad que la gente necesita: no tenemos que ser todos iguales —afirma con convicción—. Tenemos que aprender inglés, español, pero eso no significa que tengamos que perder lo que es nuestro: si no, es un empobrecimiento”.
En ese sentido, el músico cita a Pier Paolo Pasolini y su Canzoniere italiano (una recopilación de cantos populares dialectales) y recuerda cómo Battiato eligió justamente el dialecto, en Stranizza d’amuri, para expresar la dimensión más íntima. “No es casual: la lengua del corazón, del alma, es la lengua más profunda”, sostiene Sparagna.
Para el etnomusicólogo, sin embargo, la diferencia más marcada tiene que ver con la forma misma de concebir la música hoy. “No es ciertamente la música de los talent, porque ahí todo es vertical: ‘tengo que ser yo’, ‘tengo que hacerlo yo’. Para como entiendo la música, no existe la palabra ‘yo’: existe el ‘nosotros’. Nosotros hacemos los grupos, nosotros tocamos, está la fiesta, nosotros vamos a tocar”.
Es una mirada que invierte la lógica, cada vez más extendida, del espectáculo como exhibición individual. “El rock al principio era así: todos cantaban, todos tocaban. El éxito del rock es este, porque todos se sienten dentro de esa línea. Después, cuando se convierte en show pop, es otra cosa: luces, parámetros, vos sos espectador. Acá, en cambio, seguís siendo protagonista”, observa Sparagna.
En esa perspectiva, la voz ocupa un lugar central.
“Es el elemento de demarcación, la vocalidad, porque el instrumento ya entra en una posición más ‘intelectualista’: hay una mediación, tenés que estudiar, tenés que ser bueno”, explica, señalando que en este punto hoy se da una pequeña paradoja.
“Hay chicos que tal vez tienen un diploma de clarinete y después aprenden a tocar el silbato, la zampoña, la ciaramella, y quizás tocan más, porque es más simple ir a hacer las novenas de Navidad y ganar unos pesos, que dar un pequeño concierto de música de cámara”, comenta.
La fuerza de esta música, sin embargo, reside en su sencillez y en su capacidad de unir. “La música popular es hermosa. Es directa. Une melodía y ritmo. Es la síntesis milenaria de una ósmosis entre lo sagrado y lo profano, lo místico y lo popular, lo alto y lo bajo. Si te dedicás a esto no existe: ‘esto lo hago y aquello no’: está todo mezclado”, afirma Sparagna.
Sobre la inmediatez de la experiencia musical tradicional, el etnomusicólogo recuerda una vivencia personal que lo explica con claridad: “Cuando era joven, una víspera de la Epifanía, me encontré en el pueblo con cinco gaiteros que tocaban simultáneamente. Creo que fue uno de los shocks musicales más fuertes de mi vida. Algunos años después leí un relato de Hector Berlioz que describía exactamente la misma sensación, solo que él la había vivido ciento cincuenta años antes”.
“Está claro”, concluye, “que hay un elemento fundamental: la escucha tiene que ser directa, no mediada por parlantes o altavoces”.