BUENOS AIRES – “Faltan 30.000 jubilados”. Fue una de las consignas-símbolos de la marcha del 24 de marzo de 2026, la de los 50 años del golpe que, en 1976, dio inicio a la dictadura más feroz que padeció la Argentina y que terminó en 1983.
Palabras que recuerdan que los desaparecidos eran, en su mayoría, jóvenes de entre veinte y treinta años (aunque el historietista Héctor Oesterheld, autor de El Eternauta, tenía 58, el escritor Rodolfo Walsh, 50, y la monja francesa Léonie Duquet, 61). Hoy tendrían más de 70 años.
Es un día soleado de comienzos de otoño, cuando el aire todavía conserva calor, pero la luz amarilla de la tarde —que suaviza los contornos de las figuras en vez de recortarlos con dureza— deja en claro que el verano ya quedó atrás.
La marcha del 24 de marzo es una cita que se renueva todos los años.
La Avenida de Mayo une, en un plano simbólico, al Congreso con la Casa Rosada, al poder legislativo con el ejecutivo. Hoy, cerrada al tránsito, se llena de pasacalles, pañuelos blancos —en homenaje a los de las Madres de Plaza de Mayo— y carteles con la consigna “Nunca Más”.
“Nunca Más” es más que un lema. Es una promesa de la democracia.
También es el título del informe publicado en 1984 por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, creada por el presidente Raúl Alfonsín —y presidida por el escritor Ernesto Sabato— para echar luz sobre los crímenes de la dictadura.
“Mis visitas al infierno”: así, según recuerda su nieta Luciana, Sabato llamaba a las reuniones de la Comisión que se hacían en su casa y después de las cuales “se convertía en otra persona”.
Por la Avenida de Mayo desfilan sindicatos, centros de estudiantes, grupos de familiares de víctimas de la dictadura y organizaciones populares como Barrios de Pie.
Grupos de teatro y colectivos de artistas montan intervenciones, como la del Colectivo Psicodrama, que representa la búsqueda angustiosa de los familiares de las víctimas, imposibilitados de ver los fantasmas de sus seres queridos que los llaman.

Un momento de la intervención del Colectivo Psicodrama. (Foto: F. Capelli)
Una mujer abraza a su hija, de unos diez años, con lágrimas en los ojos. Otra nena le pide orgullosa a su madre que la ayude a atarse al cuello un pañuelo blanco, símbolo de la lucha de las Madres de Plaza de Mayo. Una pareja joven se besa mientras se saca una selfie con la manifestación de fondo.
No es una fiesta pero, desde siempre, la marcha del 24 de marzo se planta como un himno a la vida, como un pase de posta entre generaciones. Porque los testigos directos envejecen, pero otros seguirán su tarea.
No hay dudas: solo en la Plaza de Mayo y en las calles aledañas se calculó que hubo al menos 100.000 personas, a las que hay que sumarles quienes se fueron antes del acto de cierre y quienes participaron de las actividades en otras ciudades.
Según una encuesta realizada por la consultora Dynamis para Amnesty International, el 75% de los jóvenes rechaza cualquier política de amnistía o indulto para los militares y sus cómplices.
En 2024 murieron Nora Cortiñas y Lita Boitano; en 2025, Vera Jarach. Todas tenían más de 90 años y fueron incansables en su pelea por verdad y justicia para sus hijos cuando nadie quería hablar de ellos, en años en los que era casi imposible incluso encontrar un abogado dispuesto a presentar un habeas corpus ante el Poder Judicial.

Los nombres de los desaparecidos bordados en banderas. (Foto: F. Capelli)
Desaparecidos. Una condición de “no muertos” que vuelve imposible incluso el duelo. Un limbo de angustia que tortura a los familiares, un término inventado por la propia junta militar encabezada por Jorge Videla.
Es la obscenidad del poder. Aquello que queda “fuera de escena”, lo que se oculta, para evitar que algún día se transforme en una acusación.
“Los argentinos habían entendido que hacer como Augusto Pinochet en Chile, mostrar los estadios donde tenían encerrados a los prisioneros, era contraproducente”, dijo Enrico Calamai, ex vicecónsul en Buenos Aires que, entre 1976 y 1977, salvó a cientos de perseguidos escondiéndolos en el Consulado y emitiéndoles pasaportes italianos para que pudieran salir del país. Después fue trasladado.
Por estos días, Calamai está en Buenos Aires para encontrarse con las personas que, gracias a él, siguen vivas. Los hijos y los nietos que nunca habrían nacido si él hubiera mirado para otro lado.
Aquellos jóvenes hoy serían jubilados. Como los que cada miércoles protestan frente al Congreso contra las políticas de ajuste del gobierno de Javier Milei, que no actualiza los haberes al ritmo de la inflación y aumenta las tarifas de luz y gas y el precio de los medicamentos. Pero también como los militares que los secuestraron, torturaron y mataron. Que nunca mostraron arrepentimiento ni hicieron nada para colaborar con la Justicia en el intento de localizar los restos de los desaparecidos o encontrar a los bebés —hoy ya cerca de los 50— robados a sus familias.
Ellos también se están yendo, uno detrás de otro. Y el tiempo, en vez de cerrar las heridas y traer justicia, corre el riesgo de desgastar las últimas posibilidades de verdad. Quedan los cuerpos nunca encontrados, los nombres gritados en las plazas, los pañuelos blancos que siguen flameando como una promesa obstinada, los chicos que sus abuelos nunca llegaron a conocer, criados por los verdugos de sus padres.
“Faltan 30.000 jubilados” no es solo una consigna: es la cuenta pendiente de un país con su propia historia. Una cuenta que, mientras alguien siga marchando, no podrá archivarse.