BUENOS AIRES – El salón del Círculo Italiano estuvo colmado de invitados para recibir a Enzo Marinari, físico teórico, estadístico y computacional de la Universidad La Sapienza de Roma. Fue el protagonista de la última “Cena del Lunes”, la segunda del año, después de la apertura que, por tradición, tiene como figura principal al embajador italiano.

“Una gran satisfacción, nos alegra saber que la ciencia, y en particular la física, despierta tanto interés”, dijo Francisco Tosi, anfitrión y vicepresidente del Círculo.

Acompañaron a Marinari Salvatore Barba, agregado científico de la Embajada, y Daniel Salamone, descendiente del célebre arquitecto, presente en esta ocasión como presidente del Conicet (el Consejo de investigaciones en Argentina).

La exposición de Marinari, una verdadera lectio magistralis, recorrió desde la física de partículas hasta la cosmología.

También subrayó el papel estratégico de la Argentina en el estudio de los rayos cósmicos, ya que su territorio es un punto privilegiado para detectarlos y analizarlos, como sucede en el observatorio Pierre Auger, en Malargüe (Mendoza), el más grande del mundo dedicado a esta especialidad.

La presentación de Marinari comenzó, sin embargo, con un tono personal, casi íntimo: el recuerdo de un joven romano que se inscribe en La Sapienza y elige estudiar física influido por la historia de los “ragazzi di via Panisperna”.

De izquierda a derecha, Salvatore Barba junto a Enzo Marinari.

Se trataba de un grupo de jóvenes investigadores vinculados al Instituto de Física, que entonces funcionaba en esa calle. Entre ellos había figuras brillantes como Enrico Fermi, Edoardo Amaldi, Ettore Majorana, Bruno Pontecorvo (hermano del director Gillo), Franco Rasetti y Emilio Segré.

Entre 1934 y 1938 realizaron descubrimientos clave en física nuclear, pero la irrupción de las leyes raciales de 1938 disolvió el grupo y muchos emigraron. Fermi y Pontecorvo, por ejemplo, se radicaron en Estados Unidos, donde trabajaron en el Proyecto Manhattan que derivó en la bomba atómica. Pontecorvo luego pasó a la Unión Soviética en 1950.

También Segré, judío, huyó a Estados Unidos, mientras que Majorana, tal vez el más brillante del grupo, desapareció en 1938, probablemente impactado por las implicancias militares de sus investigaciones. Pocos días antes había retirado todos sus ahorros del banco.

“En mi caso, su influencia me ayudó a tomar la decisión correcta – recordó Marinari –. Recuerdo la entrada al departamento de Física de La Sapienza como un lugar encantado, del que salió un premio Nobel como Giorgio Parisi. En ese momento era muy joven, pero ya era un líder”.

Para explicar cómo avanza la investigación y el concepto de complejidad, Marinari mencionó el caso de los llamados “vidrios de spin”, materiales descubiertos a comienzos de los años 70. “Materiales totalmente inútiles – dijo, a modo de provocación – sin ninguna aplicación tecnológica en ese momento, pero con propiedades interesantes: básicamente son imanes”.

Francisco Tosi le coloca la insignia del Círculo en la solapa a Daniel Salamone, presidente del Conicet.

Parisi y otros investigadores se apasionaron por el tema y descubrieron que los modelos teóricos de estos materiales podían aplicarse a sistemas complejos y utilizarse para estudiar fenómenos como el clima o las redes neuronales y, hoy, la inteligencia artificial. Gracias a esos aportes, Parisi ganó el Nobel en 2021.

Entonces, si la investigación básica es tan importante para generar avances realmente transformadores, ¿por qué los gobiernos la desalientan y, sobre todo en contextos de ajuste, priorizan la investigación aplicada?

“El problema de los recortes se está volviendo dramático incluso en Estados Unidos, donde la investigación siempre tuvo un rol central y funcionaba bien – afirmó Marinari –. También es muy desagradable quitar recursos de un sector para dárselos a otro. Pero hoy, más que nunca, en la era de la inteligencia artificial, es fundamental pensar en nuestro rol como investigadores, sin conflictos de interés”.

El interrogante queda abierto: si los descubrimientos que cambian el mundo suelen surgir por “serendipia”, de investigaciones sin aplicación inmediata, ¿cuánto podemos permitirnos descuidarlas? ¿Y cuánto estamos dispuestos a invertir tiempo y dinero sin garantías de retorno económico?

La exposición de Marinari, seguida con atención por un público comprometido, dejó una idea clara: invertir —bien— en investigación básica no es un lujo, sino una decisión estratégica. Porque es allí, muchas veces lejos de la urgencia y de los reflectores, donde se gestan las transformaciones del futuro.