ROMA – Para muchos, el Tratado de París de 1947 es apenas un capítulo más de la convulsionada historia del siglo XX. Sin embargo, ese acuerdo selló el destino de amplias regiones: luego de la Segunda Guerra Mundial, estableció que los territorios italianos de Istria y Dalmacia pasaran a integrar Yugoslavia, con la única excepción de los pequeños municipios de Muggia y San Dorligo della Valle. La ciudad de Gorizia, rebautizada en parte como Nova Gorica, quedó partida en dos por un muro, al estilo de Berlín.

La anexión fue precedida, entre 1943 y 1945, por los llamados crímenes de las foibe: simas naturales del paisaje kárstico istriano donde fueron arrojados, en muchos casos aún con vida, militares y civiles, en una oleada de ejecuciones sumarias que involucró a partisanos, alemanes, fascistas y tropas del ejército de Tito.

En el caos sangriento de represalias cruzadas, que en no pocos casos derivaron en delitos contra la humanidad, quienes pagaron el costo más alto fueron, una vez más, los civiles.

La violencia se prolongó hasta 1947, cuando se fijaron definitivamente las fronteras y comenzó el éxodo, acompañado por otra forma de sufrimiento, no menos profunda ni traumática.

Los istrianos y dálmatas de nacionalidad italiana quedaron ante una disyuntiva extrema: permanecer y renunciar a su identidad para convertirse en ciudadanos de otro Estado, o abandonar su tierra, su casa y todo lo que poseían para no desprenderse de sus raíces culturales, lingüísticas, históricas y familiares. Unas 350 mil personas optaron por esta última alternativa.

En un primer momento fueron alojadas en 109 Centros de Recolección de Refugiados (CRP) distribuidos por toda Italia: instalaciones improvisadas en antiguas casernas, conventos requisados o asentamientos precarios, donde se vivía en dormitorios colectivos, entre carencias, desnutrición y enfermedades.

Egea Haffner, la “nena de la valija”, convertida en símbolo del éxodo. (Foto: Ecomuseo Egea – Fertilia)

La Italia de la posguerra, aún devastada, no estuvo en condiciones de brindar una acogida digna. En muchos lugares, los recién llegados fueron recibidos con recelo y prejuicios, y no pocas veces señalados despectivamente como “fascistas que huían”. Las fricciones con las comunidades locales profundizaron una sensación de abandono y aislamiento.

Muchos no lograron integrarse y resolvieron emigrar nuevamente. Doble­mente defraudados por su país, decenas de miles partieron hacia la Argentina, Venezuela, Australia, Canadá, Estados Unidos y Sudáfrica, afrontando un segundo desarraigo, una nueva diáspora. Llevaron consigo no solo equipaje, sino también la memoria de su cultura, de una lengua italiana hablada durante siglos en las costas dálmatas y adriáticas, y de una patria perdida para siempre.

Con el objetivo de preservar ese legado histórico, el Estado italiano instituyó en 2004 el Día del Recuerdo, que se conmemora cada 10 de febrero. En esa fecha se realizan en Italia y en las comunidades del exterior actos, charlas, homenajes, debates e iniciativas orientadas especialmente a los estudiantes.

En la Argentina, la Federación Giuliana recordará el éxodo con una misa en Buenos Aires, en el santuario de Nuestra Señora de los Emigrantes (Necochea 312), en el barrio de La Boca, emblema de la inmigración italiana. La ceremonia se realizará el domingo 22 de marzo a las 12.

“Hemos corrido la fecha unas semanas respecto del 10 de febrero por una cuestión práctica –explica el presidente Gianfranco Tuzzi–. En estos días las temperaturas son muy altas: el año pasado, en el atrio de la iglesia, había 38 grados y varias personas se descompusieron”. Además, el 22 de marzo no se superpone con las celebraciones de Pascua, ya que el Domingo de Ramos cae la semana siguiente, el 29.

Del otro lado del Atlántico, en sintonía con estas iniciativas, se encuentra la “Muestra de los exiliados fiumanos, dálmatas e istrianos (Medif)”, instalada en el complejo del Vittoriano, en Roma, e inaugurada en octubre pasado por el ministro de Cultura, Alessandro Giuli.

Se trata de un recorrido potente de imágenes y testimonios que, a través de documentos, fotografías, objetos y relatos en primera persona, restituye verdad y dignidad a una página de la historia italiana que durante demasiado tiempo fue silenciada, minimizada o directamente manipulada por conveniencias políticas. Entre ellas, la voluntad de mantener, en plena Guerra Fría, relaciones cordiales con Yugoslavia, país limítrofe, de economía socialista pero ajeno al bloque soviético y parte del Movimiento de Países No Alineados.

“El sentido más profundo de esta inauguración –afirmó Giuli– es la memoria viva como la forma más alta de esperanza. Sin memoria, una nación deja de ser comunidad. Pero una memoria que se transforma en cultura, y una cultura abierta al futuro, todavía puede unir, sanar y generar confianza. Que esta muestra sea, para quien la visite, un viaje por el dolor y al mismo tiempo un acto de amor hacia Italia: una Italia capaz de mirar su pasado con honestidad y su porvenir con gratitud”.

El ingreso al recorrido expositivo en el Vittoriano. (Foto: ABC Plus)

Para los exiliados y sus descendientes, en Italia y en el resto del mundo, la concreción de esta exposición representó un gesto de reparación histórica frente a una herida que, de todos modos, no podrá cerrarse por completo.

“Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a todos los que hicieron posible esta muestra –señaló Renzo Codarin, presidente de FederEsuli, que nuclea a las asociaciones de la diáspora–. Es un acontecimiento de enorme valor cívico y cultural: un homenaje a la memoria de los italianos de Istria, Fiume y Dalmacia y, a la vez, una oportunidad para acercar a las nuevas generaciones una página fundamental de nuestra historia nacional, hoy plenamente inserta en un marco europeo. La Muestra de los Exiliados es una señal concreta de que la memoria del éxodo sigue viva, interpela y une a los italianos”.

Concebida como un espacio dinámico, abierto y hospitalario, la exposición pone el foco especialmente en los jóvenes y estudiantes, aunque está pensada para todo aquel que quiera dialogar con el pasado sin prejuicios y construir una conciencia histórica compartida en clave europea. La historia del confín adriático deja de ser solo una herida y se convierte en un territorio de encuentro y diálogo.

El montaje, de carácter narrativo y cambiante, busca captar la atención del visitante mediante variaciones de geometría y perspectiva. Destaca un amplio recorrido multimedia con instalaciones interactivas, materiales inéditos, registros de los hechos más relevantes, testimonios audiovisuales y los nombres y rostros de sus protagonistas.

La muestra permanecerá en el Vittoriano durante los próximos cinco años.