BUENOS AIRES – El caso del brote de hantavirus en el crucero Mv Hondius, que partió desde Tierra del Fuego, en el extremo sur de la Argentina, volvió a poner en el centro de la escena internacional a una infección endémica de la Patagonia que hasta ahora siempre había permanecido limitada.

El vector es el roedor silvestre Oligoryzomys longicaudatus —conocido como ratón colilargo—, portador del virus, incluida la variante “Andes Sur”, capaz de transmitirse entre personas. Sus poblaciones se ven cada vez más empujadas hacia zonas urbanas por el deterioro de su hábitat natural.

¿Un antecedente? En 2019, en Epuyén (Chubut), una pintoresca localidad turística ubicada a orillas del lago homónimo de aguas cristalinas. Durante una fiesta de cumpleaños se contagiaron 23 personas con la cepa Andes y 11 murieron. También hubo otros casos en distintas partes del país, aunque desvinculados del foco patagónico: se trataba de variantes diferentes.

El problema, advierten los médicos, es el período de incubación, que dura entre 15 y 20 días y dificulta tanto el tratamiento temprano —los primeros síntomas son similares a los de un resfrío— como el rastreo de contactos.

Hasta ahora se trató de episodios graves, aunque aislados. Porque en tierra firme cada brote de hantavirus, por más letal que resulte, tiende a autolimitarse. Pero en un crucero, con espacios cerrados y ventilación dependiente de sistemas de aire acondicionado, el peligro puede multiplicarse.

A eso se suman los recortes al sistema sanitario impulsados por la administración de Milei, que golpearon de lleno a la red de vigilancia epidemiológica.

El vaciamiento del Conicet, el organismo estatal de investigación científica y tecnológica, también redujo la capacidad de realizar estudios de campo sobre las poblaciones de roedores que transmiten la enfermedad y sobre la aparición de nuevas variantes.

Ahora las críticas también apuntan a la salida de la Argentina de la Organización Mundial de la Salud, decidida en sintonía con la medida adoptada por Donald Trump. La decisión complica la rapidez en el intercambio de alertas y comunicaciones internacionales. La OMS, por ejemplo, monitorea epidemias y focos detectados en aguas internacionales, como ocurrió con el Mv Hondius, independientemente de que la Argentina forme parte o no del organismo.

Sin embargo, el desmantelamiento de la vigilancia sanitaria y de la investigación científica empezó mucho antes de la llegada de Javier Milei. En 2017, durante la presidencia de Mauricio Macri (2015-2019), el entonces ministro de Ambiente, Sergio Bergman, despidió a Guillermo Andrés Varela, investigador que durante 15 años estudió a los roedores transmisores del hantavirus y que hasta 2016 había coordinado un programa interdisciplinario en el ministerio.

El brote de 2019 tomó desprevenidas a las autoridades, que no reaccionaron a tiempo.

En octubre de ese mismo año, Mauricio Macri perdió las elecciones, pero el gobierno de Alberto Fernández tampoco volvió a financiar el proyecto sobre hantavirus. La pandemia de Covid absorbió todos los recursos y el oficialismo cayó en la ilusión de que, una vez superada la emergencia sanitaria gracias a las vacunas, desaparecerían las falencias estructurales del sistema de salud. Las consecuencias son las que hoy quedan expuestas.