BUENOS AIRES – Se define italiano y estadounidense, y no genéricamente italoestadounidense.
Ivan Brunetti –escritor, historietista e ilustrador– nació en la región de Las Marcas en 1967, pero se mudó con su familia a Estados Unidos a los ocho años. Considera que poner juntos los dos adjetivos de nacionalidad, unidos por una conjunción, refleja mejor su identidad dual que fusionarlos en una sola palabra con guion.
Desde Chicago llegó a Buenos Aires por primera vez este año, en el marco de la Bienal de la Historieta, invitado por el Instituto Italiano de Cultura. Y sobre por qué en la capital argentina vivieron tantos dibujantes y guionistas de cómics, no tiene dudas.
“Es la luz”, responde de inmediato a Il Globo. Esa luz que algunos días parece brotar desde adentro de cada cosa y que, en otros, recorta las figuras con la precisión inevitable de un bisturí. “Acá se encuentra el claroscuro perfecto, absoluto”, afirma.
No es casual que muchos de los grandes nombres que hicieron la historia del cómic mundial y pasaron por la ciudad sean, en esencia, artistas del blanco y negro. Empezando por el italiano Hugo Pratt, que vivió en Buenos Aires entre 1949 y 1959 y creó el personaje del Sargento Kirk, con guion de Héctor Germán Oesterheld (el de El Eternauta).
Junto a Pratt había llegado a la Argentina otro dibujante, Mario Faustinelli. Ambos habían sido contratados por la editorial Abril, fundada por un italiano de origen judío, Cesare Civita, que había huido de las persecuciones nazi-fascistas.
En Buenos Aires encontraron un ambiente fértil y muy activo: eran los años en que trabajaban Francisco Solano López (dibujante de El Eternauta), el uruguayo Alberto Breccia (con su hijo Enrique), José Muñoz –todos maestros de un blanco y negro de fuertes contrastes– junto a guionistas como Carlos Sampayo y Juan Sasturain.
Ante el público de la Casa de la Cultura de la Avenida de Mayo, tras el saludo de la directora del IIC Livia Raponi, Ivan Brunetti dialogó con el crítico Diego Trerotola en el marco de la Bienal.

Brunetti (en el centro, entre Trerotola y la intérprete), frente a dos páginas creadas por él. (Foto: F. Capelli)
En su infancia como inmigrante, la influencia más fuerte fue Charles Schulz con sus Peanuts. “Me abrió un universo –recuerda–. Fue la primera historieta que descubrí en Estados Unidos y parecía que los personajes me hablaban directamente, expresando mi mismo mundo interior”.
Sin embargo, su estilo es muy cambiante. Desde tiras en “estilo Schulz”, puede pasar a trazos que remiten a las estampas japonesas. “Corresponden a una etapa en la que me acerqué al budismo y dibujar era una forma de meditación”, explica.
También reivindica un álbum “no apto para menores”, provocador, titulado Haw!, que editores de distintos países publicaron con advertencias sobre contenidos sensibles. “Estaba muy enojado con los tabúes impuestos por la religión –admite–. Veía el mundo como un lugar horrible donde se cometía todo tipo de abusos. Me inspiré en Saló de Pier Paolo Pasolini”.

La portada de la polémica historieta para adultos. (Foto: F. Capelli)
Brunetti es además autor de una antología en dos volúmenes encargada por la Universidad de Yale, una guía comentada de la historia del cómic mundial: “A un chico que quiera convertirse en autor de historietas le recomendaría agarrar esos dos tomos y estudiarlos, porque todos los estilos están presentes en esas páginas”.
De su infancia en Italia, en Mondavio (Pesaro y Urbino), conserva recuerdos como flashes: “Sobre todo ligados a la partida hacia Estados Unidos –dice–, con mis abuelos muy tristes, pero al mismo tiempo alentándonos a irnos. Y mi primera semana en Chicago, cuando no quería admitir que estaba viviendo el momento más importante de mi vida”.
También recuerda los lugares, la casa de sus primeros años: “En mi memoria eran ‘postales’ de los años 70, donde cada detalle había quedado congelado. Cuando volví, ya de grande, todo era distinto”.
Quizás por eso aprendió a “abrazar la contradicción”. Pero no solo eso. “De chico –señala– leía libros sobre el arte del Renacimiento italiano, llenos de cuadros donde se mezclaban lo terrenal con lo divino. Me enseñaron a estar inmerso en la vida cotidiana y, al mismo tiempo, ser consciente del mundo que nos rodea”. Y a contarlo en una tira.