WASHINGTON – El “sueño” de Donald Trump de tener un Premio Nobel de la Paz se concretó en parte, aunque por un camino lateral. Ayer, jueves 15 de enero, la líder de la oposición venezolana María Corina Machado le entregó personalmente su medalla de oro al presidente de Estados Unidos durante una reunión de más de dos horas en el ala oeste de la Casa Blanca.

El gesto, difundido inicialmente por Sky News y luego confirmado por el propio Trump en Truth Social, estuvo acompañado por una comparación histórica: Machado recordó que, hace dos siglos, el general Lafayette le regaló a Simón Bolívar una medalla con el rostro de George Washington.

“Hoy –explicó la dirigente venezolana– el pueblo de Bolívar le devuelve al heredero de Washington una medalla como reconocimiento a su compromiso único con nuestra libertad”. Trump recibió el obsequio y lo definió como “un gesto maravilloso de respeto mutuo” por parte de una “mujer extraordinaria”.

Más allá de que la medalla ya está en manos de Trump —e incluso exhibida en un marco conmemorativo dentro de la Casa Blanca—, el Comité Nobel de Oslo se apuró a bajar la euforia. Su presidente, Jørgen Watne Frydnes, aclaró que si bien un laureado puede disponer materialmente del oro recibido, el título y el honor no se pueden transferir: “Nuestras decisiones se basan exclusivamente en la voluntad de Alfred Nobel; la medalla puede pasar de mano, pero el reconocimiento oficial no”.

Para Trump, que desde hace años se queja de haber quedado afuera del premio pese a sus gestiones diplomáticas, se trata de todos modos de un triunfo simbólico. Su malestar había quedado expuesto en octubre pasado, cuando el jefe de prensa de la Casa Blanca, Steven Cheung, acusó al Comité de “poner la política por encima de la paz”, justamente tras el reconocimiento otorgado a Machado.

Detrás de la ceremonia de regalos se mueve un delicado ajedrez político, porque pese al fuerte respaldo simbólico a la dirigente opositora, la administración Trump mantiene una línea pragmática. Pocas horas antes del encuentro con la Nobel, el presidente estadounidense mantuvo una conversación extensa y calificada como productiva con la presidenta interina Delcy Rodríguez. Al respecto, la vocera Karoline Leavitt subrayó que la evaluación de Trump sobre quién debe conducir Venezuela se apoya en la realidad sobre el terreno, dando a entender que todavía considera a Rodríguez como una figura con mayor capacidad para garantizar estabilidad que Machado.

Desde Caracas, por su parte, Delcy Rodríguez aseguró no temer ningún choque diplomático y, aunque reconoció a Estados Unidos como una potencia nuclear letal, reafirmó su disposición a cooperar con Washington, siempre que se respete la integridad del depuesto Nicolás Maduro y de la exprimera dama Cilia Flores, ambos detenidos tras el operativo del 3 de enero.

Luego de su paso por la Casa Blanca, María Corina Machado se dirigió al Capitolio para reunirse con una delegación bipartidaria de senadores, en busca de consolidar un respaldo que Trump todavía no le concedió para liderar el país. Mientras tanto, Washington mantiene la presión sobre el sector petrolero venezolano, con los ingresos energéticos depositados en cuentas controladas —algunas en Qatar— y con la evaluación del envío de contratistas privados para proteger la infraestructura.