MONTEVIDEO - En el marco del Día Internacional de la Mujer, las ACLI de Montevideo, en colaboración con el Instituto Italiano de Cultura, organizaron una conferencia especial dedicada a las pioneras del arte. El encuentro, presentado por la historiadora del arte Giulia Ampollini, se planteó como un recorrido que no fue solo una celebración estética, sino también una reflexión profunda sobre los desafíos, el coraje y la evolución del papel femenino en el ámbito artístico.
El recorrido comenzó en el Renacimiento con Sofonisba Anguissola, reconocida por los manuales como una de las primeras grandes artistas de la época. Hija de un comerciante que decidió educar también a sus hijas, Sofonisba tuvo que formarse de manera privada, ya que asistir a un taller artesanal no era considerado “socialmente aceptable” para una mujer. Su talento fue tal que su padre la puso en contacto con la corte de los Medici y con el propio Michelangelo Buonarroti, de quien recibió consejos y “ejercicios” directos.
El camino abierto por Sofonisba permitió el surgimiento de otras destacadas artistas del Renacimiento italiano. Entre ellas se destaca Lavinia Fontana, hija de un pintor boloñés, quien fue la primera en realizar un desnudo femenino sensual y no bíblico en su obra “Minerva vistiéndose”. A su lado aparece la célebre Artemisia Gentileschi, conocida no solo por su maestría de inspiración caravaggista, sino también por la fuerza con la que exorcizó a través de la pintura —como en la famosa Judith decapitando a Holofernes— la violencia sufrida y el traumático proceso judicial que le siguió.
Al trasladar la mirada hacia disciplinas más físicas, el encuentro también abordó la historia de Properzia De Rossi, una de las poquísimas escultoras de su tiempo. En un arte considerado “sucio y fatigoso”, Properzia desafió los prejuicios vinculados a la fuerza física necesaria para esculpir. Ampollini destacó cómo la artista, aun trabajando en un mundo dominado por hombres, logró demostrar una destreza técnica extraordinaria. Un ejemplo es el escudo de la familia Grassi (hoy en el Museo Cívico Medieval de Bolonia), que incluye diminutos carozos de durazno tallados con figuras de santos como Santa Catalina y San Santiago.
Otra escultora mencionada fue la francesa Camille Claudel, cuya carrera permaneció durante mucho tiempo a la sombra de su maestro y amante, Auguste Rodin. Ampollini explicó que sus esculturas son “pedazos de vida” y que utilizó su talento para transformar el mármol en una suerte de diario íntimo de dolor y abandono. También en Francia se destacó la figura de Rosa Bonheur, quien desafió las normas de su época vistiendo pantalones y viviendo abiertamente su homosexualidad en un período en el que era un tabú absoluto.
La conferencia también subrayó cómo las mujeres comenzaron a conquistar espacios de autonomía, hasta llegar a las impresionistas Berthe Morisot y Mary Cassatt, que llevaron a sus pinturas la vida cotidiana y doméstica con una sensibilidad novedosa y, para su tiempo, muchas veces escandalosa.
Con la llegada del arte contemporáneo, la atención se desplazó hacia la posibilidad de que la propia artista se convierta en parte de la obra a través de la performance y la body art. Un ejemplo emblemático es Frida Kahlo, que ya en los años treinta utilizaba su producción artística como herramienta para denunciar hechos sociales y personales. Ese legado de denuncia continúa hoy con Marina Abramović, definida como la “madrina de la performance”, quien con sus trabajos obliga al público a reflexionar sobre temas como la violencia, la vergüenza y la conciencia política. Del mismo modo, artistas como Doris Salcedo y Mona Hatoum utilizan instalaciones y objetos cotidianos para dar voz a las víctimas de las guerras civiles en Colombia y Palestina.
En el cierre, Giulia Ampollini también rindió homenaje a dos mujeres que marcaron el coleccionismo y la crítica en Italia: Peggy Guggenheim, quien llevó la vanguardia estadounidense a Europa, y Margherita Sarfatti. Esta última, figura compleja y de gran cultura, fue el alma del grupo “Novecento” y vivió parte de su exilio tras las leyes raciales justamente en Montevideo, desde donde viajaba con frecuencia a la cercana Buenos Aires antes de regresar a Italia en la posguerra.
A través de este homenaje, Ampollini recordó que el arte no es solo una cuestión de técnica o de instrumentos, sino también una poderosa herramienta de visión, resistencia e identidad.