BUENOS AIRES – La noticia llegó casi sin hacer ruido, como susurrada, tal vez por pudor o por emoción. Angelo Milano, el “peluquero de las estrellas”, murió a los 85 años. Formaba parte de aquella generación de italianos que se asumían como inmigrantes y no como expatriados.
Con él se cierra una historia. Un recorrido marcado por la migración, el trabajo, los vínculos y las confidencias que atravesó décadas de la vida cultural y social argentina.
Quien dio a conocer la noticia fue el periodista Luis Ventura, que lo despidió con palabras cargadas de afecto: “Te fuiste, amigo de mil esperanzas... Angelo Milano, algún día nos vamos a reencontrar donde estás ahora... Te voy a extrañar, Tano”. Un mensaje que habla de mucho más que un vínculo laboral: años compartidos, charlas, silencios y confianza.
En redes sociales, el recuerdo se volvió colectivo. Marisa Andino eligió una evocación íntima y sencilla: “Mi papá se cortaba el pelo con él, lo quería mucho”.
Orlando Netti, en cambio, trazó un retrato más amplio: “Peluquero emblemático de Buenos Aires, nacido en Sicilia y argentino por adopción, por sus tijeras pasaron muchas celebridades. Gran persona, cálida, simpática, amable”. Palabras que, más allá de lo formal, reflejan la capacidad de Milano para ganarse el cariño de los demás por su calidad humana, incluso antes que por su talento profesional.
La lista de figuras del espectáculo que pasaron por sus manos es impactante —Sandro, Palito Ortega, Alberto Olmedo, Jorge Porcel, Julio Iglesias, Raphael, Luis Miguel—, pero no alcanza para explicar su importancia. Milano no era solo peluquero: escuchaba, aconsejaba y sabía guardar secretos, en un ambiente donde la imagen lo es todo.
Su historia, como la de tantos italianos en Argentina, empieza lejos. Nació en Sicilia el 14 de julio de 1940 y llegó a Buenos Aires con apenas diez años, poco después del final de la Segunda Guerra Mundial, en plena última gran ola migratoria desde Italia.
Convocado por un tío que le ofreció trabajo, fue en su barbería donde Angelo descubrió, casi de casualidad, su vocación. Entre espejos y tijeras aprendió un oficio que lo llevaría lejos.
Primero como aprendiz, con la humildad que siempre lo caracterizó. Después como profesional reconocido y, más tarde, como una verdadera referencia en su rubro.
Dos figuras fueron clave en su llegada al mundo del espectáculo: Nélida Roca y Nélida Lobato, que confiaron en su talento cuando recién empezaba. A partir de ahí, su clientela creció rápidamente, sumando no solo artistas, sino también políticos y sindicalistas, a quienes él mismo definía con ironía como “los más pesados”.
Su estilo era directo, sin vueltas, con una capacidad especial para combinar oficio y cercanía. Le gustaba contar su mundo, atravesado por rivalidades pero también por amistades. Y lleno de anécdotas. En una entrevista, recordaba la tradición de los peluqueros italianos que llegaban con el oficio “en la valija”, capaces de trabajar incluso durante el viaje en barco.
Entre tantas historias, hay una que quedó como símbolo: aquella noche en la que lo llamaron para arreglarle el pelo a Luis Miguel, después de un corte desastroso hecho por otros.
De ese encuentro nació una charla que fue mucho más allá del trabajo, entre recuerdos, música y noches porteñas. Luis, atravesado por su compleja relación con su padre y el dolor permanente por la desaparición de su madre, encontró en él una figura cercana, empática, sin imponerse.
Su legado también se proyecta en su familia: fue maestro y referente para su sobrino Fabio Cuggini, a quien le transmitió no solo el oficio, sino también una manera de entender el trabajo como un vínculo humano.
Hoy, esas historias adquieren otro sentido. Ya no son solo relatos de vida, sino fragmentos de una Buenos Aires que cambia, de un ambiente artístico que pierde a uno de sus testigos más genuinos. Y de una inmigración italiana que sigue existiendo, pero sin la épica de los viajes en barco ni la huida de la pobreza.
Quedan sus palabras, sus gestos, las miles de charlas frente al espejo. Y queda el recuerdo del “Tano” que escuchaba y aconsejaba. Sin juzgar. Con humildad, sin darse cuenta siquiera de que ya era parte de la historia.