VILLA LYNCH (BUENOS AIRES) – “Me criaron mis abuelos paternos, a pan, Rita Pavone y Umberto Tozzi”. Así recuerda Natalia Giacchetta su infancia.
Hoy es una artista visual reconocida, con exposiciones en Milán y Nápoles, y se expresa a través del grabado y la litografía. “Amo estas técnicas porque las piedras son antiguas –dice–. Y tienen memoria”.
Al igual que ella, que no olvida la historia de su familia, que comenzó en Sessano del Molise (Isernia). “En esta tierra tan hermosa y tan poco conocida”, afirma.
El abuelo Domenico Giacchetta y la abuela Filomena Caglia nacieron en 1913 y 1921, respectivamente, y llegaron a Argentina con casi diez años de diferencia, separados por la Segunda Guerra Mundial: él en 1938, tras partir para no ir al frente, y ella en 1946. El padre de Natalia nació en 1950, en Buenos Aires.
“Admito que durante la adolescencia entré en conflicto con mis orígenes –cuenta–. Cuando intentaba entender quién era. Pero luego los redescubrí. Hace unos años, en Milán, una prima, también originaria de Sessano, me preparó un plato de mostaccioli con salsa y en ese momento volví a encontrar a mi abuela, su cocina y todos los recuerdos de mi infancia”. La pasta de Filomena, pero también las canciones que tocaba el abuelo Domenico, músico, quien le transmitió su amor por la cultura musical italiana.
Natalia vive en Villa Lynch, en el conurbano bonaerense. Antes de comenzar la academia de Bellas Artes, ya trabajaba como asistente de varios artistas.
Hace casi 35 años, en su Villa Lynch, fundó el Centro de Edición, una institución dedicada a la difusión de la litografía artesanal que ofrece un espacio de trabajo a 150 artistas (casi todas mujeres, en realidad). Un lugar abierto, donde todos son bienvenidos, donde se va no solo a trabajar, sino también a tomar un café o un mate y charlar. Justo como en la cocina de su abuela.
Por eso, Giacchetta sueña con abrir algo similar en Italia: “Un centro cultural, una residencia donde albergar artistas italianos y argentinos, crear proyectos en conjunto, tejer lazos”.
“Mi deseo –dice– es volver a unir ambas orillas del Atlántico”. El charco, como lo llamaban irónicamente los migrantes que lo cruzaban en barco, en tercera clase.
“Pero también quiero unir generaciones –continúa–. Siento que se lo debo a Domenico y Filomena, a mi padre y a mis tres hijos: Pedro, de 26 años, músico como el abuelo, León, de 17, que aún está en la secundaria, y la pequeña Sara, de cinco. Tenerlos con diez años de diferencia entre cada uno me permitió seguir trabajando y me mantiene al día con el mundo de los adolescentes”.
Queda un matiz de amargura en el relato de Giacchetta. “Me siento italiana, hablo italiano, escucho música italiana, pero no pude obtener la ciudadanía –cuenta–. Este año, cuando inicié el trámite, me encontré con la nueva norma, según la cual la cadena del ius sanguinis se interrumpe porque mi abuelo renunció a la ciudadanía al naturalizarse argentino cuando mi padre aún era menor de edad”.
Una medida fuertemente cuestionada por los parlamentarios del MAIE, elegidos en la circunscripción sudamericana, Franco Tirelli y Mario Borghese, quienes llevan meses luchando para que sea revocada.
“Me decidí tarde –concluye Natalia–. Y ahora vivo esta imposibilidad como una injusticia”.