BUENOS AIRES – Una entidad que trabaja para transmitir entre los chicos la cultura del deporte sin trampas. Se llama Panathlon y nació en Venecia en 1951, en una etapa en la que ese país intentaba ponerse de pie tras la Segunda Guerra Mundial.

Poco después la sede se trasladó a Rapallo (Génova) y en 1960 la iniciativa dio el salto internacional con la creación de Panathlon International. El primer club argentino abrió en Buenos Aires en 1967.

Más tarde surgieron filiales en Rosario, Santa Fe y Paraná, hasta llegar a un total de 16. Hoy permanecen en actividad las de Buenos Aires, San Isidro —en el conurbano bonaerense— y Córdoba.

La institución cuenta además con el reconocimiento del Comité Olímpico Internacional.

Eva Szabo preside el club porteño, después de haber integrado durante 25 años la selección argentina de tiro. “Todo empezó porque trabajaba en el sistema judicial y tenía que manipular armas provenientes de secuestros —cuenta—. Me generaban mucha ansiedad, dependía de un policía para poder tocarlas”.

Entonces decidió “afrontar el problema” en lugar de esquivarlo y se anotó en un curso de tiro. “Pocos saben que esta disciplina es lo opuesto a la violencia descontrolada —explica—. Es casi una forma de meditación. Hay que concentrarse, relajarse, saber esperar a que el momento llegue, no forzar”.

Panathlon —del griego pan (todo) y athlon (deporte)— abarca todas las disciplinas. “Bajo el lema El deporte une —dice Eva— queremos difundir los valores de la actividad física y de la competencia honesta. Solidaridad, honestidad, inclusión… Y, por supuesto, rivalidad intensa, pero sin trampas”.

El trabajo de la organización apunta a todos los sectores de la sociedad y especialmente a los jóvenes. Una tarea que hoy parece más necesaria que nunca, aunque también más compleja que en los años cincuenta.

“El ámbito deportivo, tanto profesional como amateur, está atravesado por la violencia, el dopaje y las apuestas online —señala Eva—. Los chicos aprenden con el ejemplo”. Y lo que ven —en la televisión, en las redes sociales, en la calle o en la estadio— no siempre ayuda.

Según datos del Instituto Superior de Sanidad de Italia, entre el 47 y el 62 por ciento de los estudiantes, incluso menores de edad, admite haber apostado o participado en juegos de azar al menos una vez. En la Argentina, una encuesta nacional sobre apuestas online entre adolescentes también arrojó cifras preocupantes: entre el 30 y el 40 por ciento de los consultados frecuenta plataformas de juego, a las que accede desde el celular.

No es casualidad que tanto el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires como la Universidad Nacional de Rosario hayan impulsado, en los últimos meses, campañas de concientización dirigidas a las familias para alertar sobre los riesgos de las apuestas digitales.

La misión central de los clubes Panathlon es ingresar a escuelas y universidades, llevar un “contramensaje” y lograr que la práctica deportiva vuelva a ser sinónimo de esfuerzo, compañerismo y disfrute sano. “Para explicarles a los chicos que ganar haciendo trampa o imponiéndose por la fuerza no es un verdadero triunfo —subraya la presidenta—. Además, adoptar un estilo de vida vinculado al deporte implica sostener una alimentación equilibrada y hábitos saludables que se convierten en un capital para la adultez”.

Pero no es lo único. La práctica deportiva fortalece la autoestima, mejora los vínculos sociales y potencia las llamadas soft skills o habilidades blandas, cada vez más valoradas en el mercado laboral, como la empatía, el trabajo en equipo y la tolerancia a la frustración.

Los clubes Panathlon están abiertos a todos aquellos que aman el deporte y desean promover su cultura: aficionados y profesionales, entrenadores, estudiantes de Ciencias del Deporte, médicos, docentes y periodistas. “Son actividades basadas en el voluntariado —aclara Eva—. Por eso, como les ocurre a muchas asociaciones, nos cuesta consolidar un núcleo estable de personas dispuestas a comprometerse y dedicar tiempo”.

El sueño de Eva —que estuvo casada muchos años con un italiano, ya fallecido— es llevar este mensaje a todas las instituciones vinculadas con la colectividad italiana: escuelas, universidades, academias de idioma y entidades comunitarias.

“En parte porque, gracias a mi marido, me siento italiana también, aunque mi familia de origen es húngara —dice—. Y en parte porque quiero dar a conocer esta organización, nacida del sueño de un grupo de italianos”. Un grupo que, en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, entendió que un país también podía reconstruirse moralmente a través del deporte y de los valores que transmite.