BUENOS AIRES - La Escuela de Gobierno de la Universidad Austral fue sede de la conferencia abierta “Inteligencia Artificial y personalismo: ¿qué nos hace humanos en el siglo XXI?”, un encuentro dedicado a analizar los desafíos y las oportunidades que la irrupción de la inteligencia artificial plantea a la sociedad contemporánea.
El protagonista del evento, en calidad de expositor, fue Rocco Buttiglione, filósofo, jurista y político italiano.
Profesor universitario de Filosofía y Ciencias Políticas, ex miembro del Parlamento italiano durante cuatro legislaturas, eurodiputado, ministro de Políticas Europeas y ministro de Bienes y Actividades Culturales, además de integrante de prestigiosas academias internacionales —entre ellas la Pontificia Academia de Ciencias Sociales—, Buttiglione ofreció una reflexión profunda sobre la relación entre humanismo y tecnología.
En el centro de su intervención estuvo la idea de que el desarrollo de la inteligencia artificial y la creciente difusión de su uso no deben considerarse fenómenos intrínsecamente positivos o negativos, sino que —como cualquier tecnología— dependen de los valores de la sociedad y de las personas que la utilizan y, sobre todo, de la calidad de las relaciones humanas.
Según Buttiglione, el gran aporte de pensadores como Blaise Pascal, Luigi Giussani y Karol Wojtyła no consiste en oponer sentimientos o emociones a la racionalidad, sino en haber comprendido que “el mundo de las relaciones humanas posee una racionalidad propia, distinta de la que gobierna el mundo de los objetos”.
“Si no aprendemos este tipo de racionalidad —explicó— no podemos ser hombres buenos”. La ciencia y la técnica, en efecto, no alcanzan por sí solas para orientar la acción humana. Incluso disciplinas aparentemente alejadas del humanismo, como la ingeniería, presuponen una visión del ser humano y de su felicidad, “porque toda aplicación técnica implica una concepción de qué significa la felicidad humana y cómo habitar el espacio físico”.
Cada vez que la ciencia pasa de la elaboración teórica a la aplicación práctica, emerge una pregunta decisiva: “¿Qué desea realmente el corazón del hombre?”. Allí aparece la frontera entre uso y abuso, entre servicio y manipulación.
La inteligencia artificial puede ofrecer datos, análisis e incluso discursos sobre el “corazón”, pero no puede sustituir a la conciencia personal: “No te dice lo que dicta tu corazón, no te introduce en un diálogo honesto contigo mismo”.
Recordando al historiador alemán Leopold von Ranke, Buttiglione señaló que todas las épocas están “igualmente cerca o lejos de Dios”. No existe una “Edad de Oro perdida”: cada tiempo logra ver con mayor claridad ciertas verdades y le cuesta reconocer otras.
La verdadera aventura, hoy como ayer, consiste en “conquistar la verdad de uno mismo”. Un camino que no puede recorrerse en soledad, sino dentro de una compañía. Y es allí donde entra en juego el papel de la universidad.
Para Buttiglione, la universidad no puede reducirse a un espacio de transmisión de conocimientos técnicos. Si fuera solo eso, sería una escuela secundaria especializada, no una verdadera universidad.
“No se puede ser profesor sin establecer una alianza educativa con los estudiantes”, subrayó, al referirse a una forma particular de amistad orientada al destino de la persona. La experiencia del otro —no desde afuera, sino desde adentro— es lo que crea comunidad.
“En un mundo laboral en permanente transformación —observó—, donde la mayoría de las personas deberá reconvertirse varias veces a lo largo de su vida, se vuelve fundamental desarrollar capacidad crítica y autoconciencia. Sin eso será imposible afrontar el cambio”.
Buttiglione también cuestionó una visión reduccionista del ser humano como simple suma de roles sociales, atribuida a cierta tradición marxista. “El hombre no es un agregado de roles sociales. Es un sujeto que produce esos roles y se reconoce en ellos, pero es más que ellos”.
La diferencia entre un profesor cualquiera y un verdadero maestro radica precisamente en ese punto: el maestro es quien entra en contacto con el corazón, abre nuevas perspectivas, despierta energías y permite al estudiante desarrollar pensamientos propios, nacidos en la relación.
En el contexto actual, advirtió el filósofo, crece el riesgo de una sociedad compuesta por individuos aislados o por personas acostumbradas únicamente a obedecer, quizá a una autoridad que se presenta como “científica” pero que en realidad expresa el poder de unos pocos.
Sin una experiencia real de comunidad, la cooperación social se reduce a la obediencia a una autoridad externa. La alternativa es la educación: educación para el pensamiento crítico, pero sobre todo educación en el encuentro con los demás.
El corazón, aclaró Buttiglione, no es individualismo emocional: es una realidad intrínsecamente relacional, “comunitaria”. Es en la comunión donde nacen las familias, las naciones e incluso la humanidad misma.
En ese sentido, el desafío de la inteligencia artificial no es solamente tecnológico, sino profundamente antropológico. La cuestión decisiva no es lo que las máquinas pueden hacer, sino quiénes queremos ser nosotros. La IA puede convertirse en una aliada valiosa para el desarrollo humano; se vuelve peligrosa cuando pretende sustituir el juicio, la libertad y el corazón del ser humano.
Y es precisamente en la educación del corazón —personal y comunitaria— donde Buttiglione señaló el gran antídoto para habitar con conciencia el siglo XXI.