BUENOS AIRES – Amado, odiado, ninguneado (pero después mirado a escondidas). Es el Festival de Sanremo, que ayer inauguró su 76ª edición.

Nacional y popular con una pincelada multicultural. Paternalista pero también edulcoradamente transgresor, innovador y a la vez tranquilizador, plataforma de lanzamiento para voces nuevas y eterno retorno de lo mismo. Previsible aunque capaz de hacer creer que el golpe de efecto puede llegar en cualquier momento.

Claro que ya no son los tiempos de las irrupciones de Cavallo Pazzo en el escenario del Ariston, ni del intento de suicidio frustrado por Pippo Baudo. A lo sumo puede darse un beso (¿planificado?) entre Rosa Chemical y Fedez, como en 2023, por cierto un déjà vu del que en 1980 se dieron el conductor Roberto Benigni y Olimpia Carlisi (por entonces su pareja), que le valió —junto con otros excesos— la exclusión de la Rai durante muchos años. Fedez solo tuvo que arreglar cuentas con Chiara Ferragni, con quien todavía estaba casado.

Hasta el sábado 28 de febrero, noche de cierre, el deporte nacional será comentar invitados, temas, looks y cantantes. Comparar al conductor Carlo Conti con sus antecesores y extrañar, como cada año, las ediciones pasadas. Porque cada uno tiene “su” Sanremo y “su” canción, esa que hunde las raíces en la historia familiar y personal.

Y no solo eso. Para las comunidades en el exterior, el certamen es una ventana a la Italia de hoy, a las modas, los gustos e incluso la política. Por eso les pedimos a algunos connacionales en Buenos Aires que contaran su relación con el Festival y, si la hay, una canción del corazón.

Néstor Saporiti, exdocente de la Universidad del Salvador (e intérprete de todos los artistas italianos que llegan como invitados a Buenos Aires para presentar un libro o una película), recuerda “cuando de chicos íbamos a la casa de los abuelos ‘a ver el festival’, que en Argentina se transmitía para la numerosa comunidad italiana”.

Otro recuerdo significativo remite a los años vividos en Italia, “cuando estudiaba en Roma —explica—. Me impresionaba el interés con que todos seguían la kermesse. Hoy la miro por Rai Italia y me gusta observar, año tras año, cómo las letras reflejan los cambios de la sociedad italiana. Por ejemplo, justo después de la pandemia muchas canciones hablaban de amor y de la dificultad para expresarlo”. ¿Algún ejemplo? Voce de Madame y Un milione di cose da dirti de Ermal Meta en 2021 o Brividi de Mahmood y Blanco al año siguiente.

Claudia Rossi, autora y conductora del programa radial L’ombelico del mondo del Centro Umbro de Buenos Aires (todos los domingos de 10 a 11 por Radio Belgrano AM 570), evoca el Sanremo “en blanco y negro” de su infancia, con su padre comprando los simples de 45 rpm de las canciones ganadoras.

Un episodio quedó grabado en su memoria: el suicidio de Luigi Tenco, en 1967, tras la exclusión —se supone— de su canción Ciao amore, ciao en la primera noche. “Recuerdo perfectamente cuando llegó la noticia —dice—. En mi cabecita de nena era imposible comprender cómo una persona podía quitarse la vida por una canción”.

Hay otra escena que atesora. Corría 1990 y Claudia estaba en Italia, en la casa familiar de Asís (Perugia). “Iba en tren a Nápoles y los controladores hablaban entre ellos de las canciones de la noche anterior —cuenta—. En Argentina atravesábamos una de las tantas crisis económicas y ese episodio me dio una sensación de liviandad. Pensé que era afortunado un pueblo que podía darse el lujo de hablar de cancioncitas y no estar siempre tensionado por la política y la inflación”.

Hoy Claudia sigue el Festival también por su trabajo en radio. “Es divertido el show, comentar los vestidos —confiesa—. No tengo un único cantante preferido. Me gusta Giorgia, amé a Mia Martini y me interesan los jóvenes que van apareciendo”.

Para Silvana Lapenta, presidenta de la asociación Corrado Alvaro y profesora de italiano, la cita con el Ariston es ante todo “un encuentro de amor. Lo veía de chica con mi papá y este año también será así, de martes a sábado. Mi padre tiene 91 años y todavía ganas de escuchar. Se modernizó junto con el certamen: también se anima a la doble clasificación de Big y Nuevas Propuestas”.

Los preferidos de Silvana son Marco Mengoni, Laura Pausini y sobre todo Marco Masini. “Me parece extraordinario y me alegra que desde el año pasado haya vuelto en dúo con Fedez”, concluye.

¿Y qué opinan los italianos nativos?

Nastassia Pisaroni vive en Buenos Aires desde 2020 y enseña italiano en una escuela primaria privada. “Lo mío con Sanremo es una historia de amor con casamiento y posterior divorcio, pero sin terceros en discordia —bromea—. Fui fidelísima hasta los primeros años 2000. Mi abuela compraba TV Sorrisi e Canzoni, una revista que publicaba las letras y biografías de los concursantes, y yo cantaba con ellos. Amé a Luca Barbarossa, Mia Martini, Giorgia, Nek, Gianluca Grignani. Incluso a las meteóricas Jalisse”.

Después llegó la ruptura. “Ya no representaba mis gustos, no me parecían justas las clasificaciones —explica—. Igual, en 1983 Vasco Rossi con Vita spericolata quedó muy mal posicionado y después vimos cómo terminó la historia. No siempre los resultados anticipan una carrera exitosa. Entre los artistas actuales me gustan Angelina Mango, Mahmood y Måneskin. Me divierten las discusiones sobre los conductores. Digamos que siempre tendrá un lugarcito en mi corazón, aunque tengo reservas sobre la verdadera calidad musical”.

También para Sabrina Carlini, docente e investigadora en cultura popular que vive en Argentina desde hace 25 años, el Festival “siempre marcó un momento significativo de la vida italiana y también de la mía. Recuerdo mi infancia, los vinilos de mi mamá que escuchábamos en la cocina… Hoy, en cambio, lo encuentro vaciado de sentido, una gran producción con mucha puesta en escena. Claro que me informo sobre el ganador, alguna canción linda siempre sale, pero para mí termina ahí”.

Sabrina guarda una imagen muy vívida, de 1983. “Tenía 10 años y el invitado internacional era Peter Gabriel, mi artista preferido. Cantó Shock the Monkey, maquillado de mono, bajando al escenario colgado de una soga. Un tipo de performance que causó revuelo y que no siempre el público de Sanremo aprecia”, reflexiona.

Cambian las modas, los gustos, los escándalos y los conductores. El Festival sigue ahí, 76 años después.

“El certamen cruzaba los océanos y se instalaba en las casas, en la mesa familiar, en las reuniones entre paisanos y en el corazón de todos”, afirma Irma Rizzuti, presidenta de la Liga de las Mujeres Italianas (ex Liga de las Mujeres Calabresas), que evoca los éxitos de Claudio Villa y Nilla Pizzi en los años ’50, cuyos versos se entrelazan con los recuerdos de su familia llegada de Italia.

De un lado del océano había un país que reconstruirse sobre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial. Del otro, en Argentina, migrantes “con el corazón nostálgico, destrozado, inconsolable, al que apuntaba directo la voz de Claudio Villa cuando cantaba Buongiorno tristezza”, subraya Irma.

Para aquellos migrantes Grazie dei fiori de Nilla Pizzi no era solo una canción de amor. “Vuelvo a escuchar la voz de mi madre, cálida, profunda, melodiosa —recuerda— que se volvía más intensa con la estrofa que decía: In mezzo a quelle rose ci sono tante spine, porque esas espinas lacerantes eran la distancia insondable, las familias separadas, las cartas que no llegaban”.

El Festival fue un factor identitario, un lazo con Italia y su cultura. Era sentirse en casa. “Sanremo unía los corazones transformándose en un factor de cohesión entre todos los italianos —concluye Rizzuti—. Las voces se elevaban, surcando los cielos, gritando Vola colomba bianca vola, diglielo tu che tornerò. Sanremo eterno, gracias por todo: por las alegrías y los llantos, por la emoción y la esperanza y sobre todo… por habernos hecho volar siempre en un Blu dipinto di blu”.

Se puede seguir el Festival a través de la plataforma Il Globo TV, por el canal Rai Italia.