BUENOS AIRES – Tres hermanos –Sergio, Enzo y Gino Malusà– nacidos en 1939, 1944 y 1947, entre Pola y Valle de Istria. Un desarraigo que sigue siendo una herida abierta. Voces silenciadas durante demasiado tiempo que hoy buscan afirmar con orgullo su identidad italiana.

“Somos hijos de Innocente Malusà y Teresa Crevatin”, dice Gino, el menor. Vive con sus hermanos en Buenos Aires, como tantos descendientes del éxodo istriano y dálmata que cada 10 de febrero es recordado por el Estado italiano con el Día del Recuerdo.

Su testimonio cuenta con el acompañamiento de la Asociación Giuliani nel Mondo, con sede central en Trieste, dedicada a transmitir la memoria y mantener vivos los lazos entre los emigrados y su tierra natal.

De una orilla del océano a la otra, historias como la de los Malusà también integran –todas parecidas y a la vez distintas– la “Mostra degli esuli fiumani, dalmati e istriani (Medif)”, inaugurada en octubre pasado y que permanecerá durante cinco años en el Vittoriano de Roma.

“Mis abuelos maternos en Valle de Istria tenían una casa de tres pisos, animales y tierras cultivadas con olivos, viñas y cereales –recuerda Gino–. Mi padre combatió en la Segunda Guerra Mundial, volvió del cautiverio pesando 40 kilos; mi familia atravesó la ocupación alemana y después las requisas titinas, cuando a cambio de los productos de nuestra tierra recibíamos una bolsa de maíz por mes, que debía alcanzar para todos”.

La antigua casa familiar en Valle de Istria. (Foto: gentileza familia Malusà)

Los abuelos maternos, junto con una hija, partieron hacia la Argentina “con 24 horas de aviso y el permiso de llevar una valija cada uno”.

El 25 de diciembre de 1947, cuando Gino tenía apenas 10 meses, sus padres decidieron conservar la ciudadanía italiana y por eso dejaron la casa de Valle de Istria –que había pasado a Yugoslavia tras el Tratado de París– y vivieron durante dos años en un campo de refugiados en Migliarino Pisano, en la Toscana. Luego se trasladaron a un pequeño departamento en Turín, donde el padre consiguió trabajo. “Allí se vivía mucho mejor”, admite Gino. Pero la serenidad ya no era la de antes.

“Toda la familia de mi madre Teresa, mientras tanto, había emigrado a la Argentina”, continúa. Con ayuda de los parientes, lograron pagar el pasaje y se embarcaron con sus tres hijos desde el puerto de Génova, en el barco Paolo Toscanelli.

El barco Paolo Toscanelli. (Foto: gentileza familia Malusà)

“Llegamos a Buenos Aires el 2 de enero de 1953, después de 27 días de viaje –cuenta–. Apenas desembarcamos, una nueva sorpresa: según las leyes de la época, no podíamos quedarnos allí, aunque toda la familia nos estaba esperando”.

La familia se instaló entonces en Cobo, cerca de Mar del Plata, donde se sostuvo con tareas rurales: Innocente trabajaba en la producción de flores y cereales; Teresa cocinaba para él y para los peones. Dos años después pudieron mudarse a Villa Domínico, en el actual Gran Buenos Aires, donde ya vivía una tía.

“Papá empezó en una fábrica textil, que también nos dio una casa –recuerda Gino–. A cambio, mamá cocinaba para los dueños y preparaba la merienda para los obreros. Mi hermano mayor Sergio también comenzó a trabajar, mientras Enzo y yo íbamos a la escuela. En 1958 mi padre compró nuestra primera casa en Buenos Aires. Crecimos, aprendimos el oficio de técnicos metalúrgicos, formamos nuestras familias. Y transmitimos el amor por nuestras raíces a hijos y nietos”.

Gabriella Malusà es hija de Sergio y muy cercana a sus tíos. Nació en el Hospital Italiano de Buenos Aires y creció en una casa donde convivían el español y el italiano, mezclados con expresiones de los distintos dialectos familiares: giuliano por parte de su padre; lombardo y genovés por parte de sus abuelos maternos.

Gabriella junto a su padre Sergio. (Foto: gentileza familia Malusà)

“Soy hija de la diáspora istriana y dálmata, pero no solo eso –afirma–. Crecí en una casa con mucha música. Las canciones giulianas de mi padre y el tango tan querido por mi abuelo materno. No por nada me convertí en profesora de italiano y de música. A los seis años ya estudiaba piano y hoy conduzco dos programas de radio”. Uno dedicado a Italia (Buongiorno Italia) y otro al tango (Tango y algo más).

Aunque no vivió el destierro en primera persona, Gabriella absorbió el dolor y la añoranza, pero también el orgullo por la historia familiar. “Los Malusà y los Crevatin están repartidos entre la Argentina, Canadá y Estados Unidos –dice–. Pero si hay algo que nos une es nuestra italianidad”.

“En casa todavía conservamos el ‘cuaderno’ escolar de mi padre –agrega–, de cuando estaba en el campo de refugiados: el reverso de una imagen de la Virgen que usaba como pizarra y borraba con una miga de pan que apartaba de su ración diaria”.

La estampa cuyo reverso Sergio utilizaba como “cuaderno”. (Foto: gentileza familia Malusà)

Gabriella no esquiva los recuerdos más duros. “Mi tío Gino volvió a Italia recién hace dos años. Mi abuela Teresa nunca pudo hacerlo: decía que su mundo italiano estaba en su casa de Buenos Aires, aunque extrañaba su tierra. Yo fui varias veces con mi hijo, cuando era chico, para recomponer los lazos familiares”. Y todavía hoy viaja con su marido, también descendiente de italianos: otro hijo y dos nietos viven en el Véneto.

No se trata, aclara, de un lamento vacío. “Queremos dar voz a nuestros familiares, con orgullo y responsabilidad. Nos enseñaron memoria, identidad y respeto. Nos enseñaron a amar a la Argentina, que nos recibió. Pero también nos sentimos italianos. Lo fuimos, lo somos y siempre lo seremos”.