BUENOS AIRES - En sus palabras hay algo que se repite, aunque vengan de ciudades distintas, de escuelas distintas, de proyectos distintos: la sensación de haber salido del aula para entrar, por primera vez, en la historia real. “No es un tema que tratamos en los libros”, dice Simone Lupica. Y enseguida profundiza: “pero a través de este concurso logramos afrontarlo y tocarlo con la mano”.
Ese “tocar con la mano” —una expresión italiana que refiere a la experiencia de comprobar algo personalmente para que deje de ser abstracto— se vuelve el hilo que une a los tres estudiantes italianos que llegaron a Buenos Aires como ganadores de un concurso impulsado por la Confederación General Italiana del Trabajo (CGIL) y Abuelas de Plaza de Mayo, en el marco de los 50 años del golpe de Estado de 1976.
Federico Sprecacè, Asia Cogoi y Simone Lupica -de 19 años- no solo investigaron esa historia. La caminaron. Federico fue el único de su curso en presentarse. A partir de ahí desarrolló su trabajo —Alfonsina y el mar— centrado en Abuelas de Plaza de Mayo, con una reflexión sobre el rol de la literatura para generar empatía.
Asia, desde Udine, trabajó con su clase en Ombre indelebili (Sombras indelebles), una muestra artística que combinaba fotos de desaparecidos, luces y sonidos para transmitir el sufrimiento. “Recordar no basta: hay que transformar la memoria en responsabilidad”, se leía en la instalación.
Simone, por su parte, realizó L’amore che squarcia il silenzio (El amor que desgarra el silencio), una investigación que reúne testimonios para reconstruir una historia que aún busca justicia.
Pero si el punto de partida fue académico, lo que vivieron en Argentina fue más allá. Durante su estancia visitaron la exESMA, recorrieron el Colegio Nacional Buenos Aires y participaron de la marcha del 24 de marzo en Plaza de Mayo: no como observadores, sino como parte de una movilización multitudinaria. “Lo que pasó no fue humano”, dice Asia. Para Simone estar en Plaza de Mayo fue “ver concretamente la realidad de esta dictadura”, una experiencia que, según señala, “ha involucrado a toda la humanidad”.
En ese proceso, la experiencia también se vuelve personal. Simone cuenta que parte de su familia emigró a la Argentina a comienzos del siglo XX, y que ese vínculo hizo que el viaje tuviera un significado distinto: “sentí que traía también su voz”, relata. Federico también está atravesado por esa historia migrante, pero aclara que lo llevó a participar una convicción más amplia: “los crímenes contra la humanidad son algo que involucra a todos, más allá del origen”.
La participación en la marcha aparece como un punto de inflexión compartido. Simone recuerda especialmente el encuentro con una de las Madres: “me permitió tocar con la mano la realidad… el trabajo que estas madres han hecho por cincuenta años”. La experiencia, dice, lo acompañará toda la vida.
Federico también insiste en ese pasaje de lo abstracto a lo vivido: no fue un viaje turístico, sino un viaje de compromiso— marcado por el encuentro con personas y con una memoria que sigue activa. La magnitud de la movilización y lo “toccante” (conmovedor) -en palabras del joven estudiante- del momento terminan de darle cuerpo a lo que hasta entonces había sido investigación.
La dictadura argentina —que, de acuerdo a cálculos de los organismos de derechos humanos, dejó al menos 30 mil desaparecidos y un plan sistemático de apropiación de bebés— deja de ser una historia lejana.
Simone lo sintetiza con claridad: “este es un tema que no forma parte del programa escolar, pero que gracias al proyecto pudieron enfrentar de manera directa”. Para Asia “conocer esta historia es una forma de no ser indiferentes, de impedir que se repita”. Federico subraya lo valioso de entrar en contacto con “el verdadero pueblo argentino”.
Asia ya sabe lo que va a hacer cuando vuelva a la escuela tras el receso de Pascuas: contar todo. “Lo que viví es algo mucho más fuerte”, dice. En ese gesto de volver y narrar se cierra el sentido del viaje: la memoria no es solo pasado, es una responsabilidad.