BUENOS AIRES – Con la firma, el 26 de enero pasado, del Tratado UE-Mercosur de libre comercio se cerraron con éxito más de 25 años de negociaciones. Sin embargo, todavía quedan puntos sin resolver que podrían complicar la implementación del acuerdo.
De eso se habló en la Universidad de Belgrano, en una conferencia dedicada a un tema clave para el futuro de las relaciones económicas entre Europa y América Latina, titulada “Política agrícola común de la UE, Pacto Verde y el acuerdo con el Mercosur”.
Entre los principales expositores estuvo Gabriele Orcacelli, de la Universidad de Padua, quien ofreció un análisis detallado de los puntos críticos que atraviesan el debate sobre el acuerdo.
Al iniciar su intervención, Orcacelli señaló que las dificultades del entendimiento entre la Unión Europea y el Mercosur no pueden explicarse desde una sola dimensión. Por el contrario, surgen de la interrelación de tres ámbitos políticos distintos dentro de la UE: las relaciones internacionales, la política agrícola y la política ambiental.
Según el académico, el principal obstáculo está en la propia estructura institucional europea. La Unión Europea no es una verdadera federación y no cuenta con un gobierno unificado comparable al de un Estado nacional.
La Comisión está organizada en distintas direcciones —como agricultura, industria, comercio y relaciones exteriores—, cada una encabezada por un comisario con competencias específicas. Sin embargo, estas “áreas ministeriales” suelen funcionar sin una coordinación efectiva.
En el caso del acuerdo con el Mercosur, esta fragmentación se vuelve evidente: por un lado interviene el área de relaciones internacionales, responsable de las negociaciones; por el otro, entran en juego agricultura y ambiente.
“Se trata de tres políticas diferentes… que no se integran”, observó Orcacelli, remarcando que esa falta de coordinación es una de las principales causas de las dificultades para alcanzar consensos en Europa.
El profesor también mencionó las resistencias de algunos países miembros, en particular Francia, que se oponen al acuerdo muchas veces con argumentos de tipo proteccionista.
Durante el debate europeo, de hecho, “se decía que con este acuerdo íbamos a ser inundados de productos agrícolas del Mercosur”, poniendo en riesgo la supervivencia de los productores europeos. Sin embargo, según Orcacelli, esas posturas son en parte instrumentales y responden más a intereses políticos internos que a un análisis económico objetivo.
En la segunda parte de su exposición, Orcacelli profundizó en las tensiones internas de la Unión Europea, enfocándose en la evolución de la Política Agrícola Común (PAC) y sus implicancias en el marco del acuerdo con el Mercosur.
“Este acuerdo se inserta en una situación en la que la Unión Europea está atravesando fuertes dificultades políticas internas”, explicó el docente, señalando que estas tensiones están vinculadas sobre todo a los cambios en la PAC.
La Política Agrícola Común —nacida en los años sesenta, cuando la UE aún se llamaba Comunidad Económica Europea— se basaba en el principio de la “excepcionalidad del sector agropecuario”, reconociendo que el agro, por razones estructurales, no puede garantizar ingresos estables como otros sectores productivos. Por eso, la UE había desarrollado un sistema de apoyo para asegurar a los productores un ingreso comparable al industrial, mediante control de precios, compra de excedentes y subsidios.
“El objetivo era garantizar a los productores una renta similar a la industrial”, recordó Orcacelli. Sin embargo, este modelo también tenía problemas importantes: por un lado, favorecía a los productores más grandes y competitivos; por el otro, trasladaba los costos a los consumidores, que terminaban pagando precios más altos.
“Era una política que dejaba atrás a los pequeños productores”, agregó, señalando que las ayudas se distribuían principalmente según los volúmenes de producción y no según las necesidades reales.
En el momento en que se discutía el acuerdo con el Mercosur, la Unión Europea estaba al mismo tiempo atravesando una profunda reforma de la PAC. Esa reforma buscaba, por un lado, reducir el gasto público destinado al agro y, por otro, introducir un cambio clave en el llamado “desacoplamiento” de las ayudas, es decir, separar los subsidios de los niveles de producción.
Este proceso generó fuertes resistencias, sobre todo entre los grandes productores agrícolas, que tienen una importante capacidad de presión política. “Un cambio muy fuerte que generó una oposición muy intensa en el mundo agrícola”, subrayó Orcacelli, mostrando cómo las dinámicas internas de la UE complejizan aún más el debate sobre el acuerdo.
El investigador amplió su análisis al rol de la Unión Europea en el escenario internacional, deteniéndose en el vínculo entre acuerdos comerciales e influencia política.
“¿Cuál es el objetivo fundamental de la Unión Europea desde el punto de vista de las relaciones internacionales?”, se preguntó. La respuesta, explicó, está en la naturaleza particular de la UE: aunque no tiene competencia plena en política exterior —que sigue siendo potestad de los Estados— sí cuenta con un fuerte poder en materia comercial.
Por eso, “la Unión Europea puede realizar acuerdos que también tienen una importancia política”. Es decir, los acuerdos comerciales funcionan como herramientas para reforzar el peso europeo a nivel global.
“El objetivo de la Comisión es realizar acuerdos comerciales que también tengan una dimensión política, para aumentar la capacidad de influencia de Europa”, destacó Orcacelli.
Esta estrategia no se limita al Mercosur, sino que también se extiende a otros socios internacionales, especialmente en Asia. Esos acuerdos representan “una oportunidad para aumentar la capacidad política de la Unión Europea como actor internacional”.
En este marco aparece un elemento central de la proyección global europea: su capacidad de exportar normas y regulaciones. Orcacelli retomó el concepto desarrollado por Anu Bradford en el libro The Brussels Effect, según el cual la UE ejerce una fuerte influencia global a través de sus estándares normativos.
“La Unión Europea tiene una capacidad muy fuerte de exportar las reglas que adopta”, explicó, señalando que los países que quieren acceder al mercado europeo suelen verse obligados a adaptarse a esos estándares.
Este mecanismo refuerza el papel de la UE como líder global en regulación. “Ser reconocida como líder mundial en materia de regulación” es, entonces, uno de sus objetivos estratégicos, posible también gracias a la experiencia del mercado único, construido a lo largo de más de cuarenta años.
Hacia el cierre, Orcacelli llevó el análisis a un plano más general, subrayando los límites estructurales de la Unión Europea y las implicancias políticas del acuerdo con el Mercosur.
“La cuestión fundamental es la incapacidad de la Unión Europea de considerar en conjunto políticas diferentes”, sostuvo, en referencia a la política agrícola, la ambiental y las relaciones externas, que “siguen estando compartimentadas”. Según el docente, superar esa fragmentación requiere “una profundización muy fuerte del destino federal de la Unión Europea”, es decir, avanzar hacia una mayor integración política.
Otro punto central es la dimensión ambiental del acuerdo. Orcacelli destacó que la responsabilidad en este campo no puede recaer únicamente en los gobiernos: “el tema de la responsabilidad ambiental no involucra solo a los Estados, sino también a los actores económicos”, que deben ajustarse a estándares cada vez más exigentes en un contexto global.
Por último, el profesor planteó una mirada cauta sobre las perspectivas del acuerdo entre la UE y el Mercosur. “El acuerdo puede ser aprobado”, afirmó, pero difícilmente podrá aplicarse plenamente sin resolver las profundas asimetrías económicas y políticas entre ambas regiones. De lo contrario, advirtió, “correría el riesgo de convertirse en un instrumento de colonización”, en lugar de una asociación equilibrada.
Una reflexión que sintetiza las tensiones que atravesaron toda la conferencia: entre integración europea, intereses económicos y responsabilidades globales, el acuerdo UE-Mercosur sigue siendo un desafío abierto, cuyo desenlace dependerá de la capacidad de articular políticas diversas en una visión común.