BUENOS AIRES - Hay algo que atrapa de entrada en la idea de una “usina de dinosaurios”. Una imagen que remite a Jurassic Park, a mitad de camino entre la ciencia y la imaginación, pero que, en el caso del Museo Paleontológico Egidio Feruglio (Mef), se vuelve una realidad concreta.
A partir de esa imagen se puso en marcha el encuentro organizado en Buenos Aires por la sede local de la Universidad de Bolonia, en el marco del Máster en Business Management Europa–Latam. La conferencia, abierta al público, tuvo como protagonista a Matías Cutro, responsable de marketing, comunicación y actividades de extensión del Mef, una de las instituciones paleontológicas más importantes del mundo.
La iniciativa forma parte de la misión de la universidad de promover el diálogo entre la academia, las empresas y las instituciones culturales, poniendo en valor experiencias locales con una marcada proyección internacional. Y el caso del museo patagónico representa un ejemplo emblemático de cómo la investigación científica puede transformarse en un modelo innovador de desarrollo cultural y económico.
La institución argentina, con sede en Trelew, en la provincia de Chubut, se levanta en un territorio marcado por un yacimiento único en el mundo por la cantidad y la calidad de los restos hallados. Allí, gracias a tecnologías avanzadas de escaneo 3D, los fósiles adquieren una nueva forma en réplicas extremadamente fieles, capaces de viajar y de contarle al público internacional esta extraordinaria riqueza científica.
“Además de ser un museo, también somos un centro de investigación y una fábrica de réplicas”, explica Cutro. Y gracias a esas capacidades, el Mef puso en marcha el proyecto de “alianzas para el saber”, que consiste en compartir parte de su colección con otros museos, exportando las réplicas.
“Se trata de un verdadero intercambio educativo y científico con otras instituciones y personas, más allá del costado vinculado al espectáculo, porque entendemos cuánto fascinan al público internacional los dinosaurios, y la Patagonia en particular”, explica Cutro. De hecho, uno de los aspectos más interesantes del proyecto tiene que ver con el posicionamiento de la Argentina como destino turístico y como referente en el campo de la investigación paleontológica.

Paleontólogo del Mef en plena tarea.
Exportar las réplicas, realizadas a partir de los fósiles originales conservados en la Patagonia, le permite al museo compartir su patrimonio sin mover las piezas, que solo viajan de manera excepcional por motivos de investigación, y significa difundir en el mundo un fragmento de Patagonia junto con el capital de competencias y conocimientos construido por la institución.
No se trata, como subraya Cutro, de exportar simples atracciones animatrónicas o experiencias puramente lúdicas, sino de promover un verdadero intercambio de saberes basado en un enfoque científico riguroso.
“Todas nuestras réplicas nacen del escaneo 3D de las piezas originales –explica–. Un proceso que no solo nos permitió viajar y entrar en contacto con numerosas realidades internacionales, sino, sobre todo, dar a conocer en el mundo a estos dinosaurios y a la propia Patagonia, despertando en muchos las ganas de visitar nuestro museo. La muestra que llevamos de gira representa, en realidad, solo una parte de nuestra colección, que cuenta con cuarenta y cinco ejemplares”.
Las exhibiciones itinerantes contribuyen, de hecho, a promover la Patagonia a escala internacional, incentivando el turismo y generando efectos económicos concretos.

Un paleontólogo del Mef junto a un fósil para mostrar su escala impactante.
El éxito global de las muestras del Mef, que viajan con hasta quince dinosaurios, entre ellos el célebre Patagotitan mayorum, el más grande descubierto hasta ahora y posiblemente el animal más grande que haya habitado la Tierra, está ligado a un atractivo universal: imaginar un mundo perdido y exótico, poblado por gigantes imponentes. Dinosaurios de hasta 37 metros de largo, 9 de alto y más de 50 toneladas cuentan la historia de un planeta radicalmente distinto del nuestro. Un viaje en el tiempo que impacta sobre todo a los chicos, muchas veces los visitantes más curiosos y mejor informados.
Son ellos, justamente, los grandes impulsores de la paleontología con su curiosidad. “Son los chicos los que llevan a las familias al museo. Son los más preparados y los que más saben sobre dinosaurios, y no dudan en poner a prueba incluso a las guías y al equipo científico –asegura Cutro–. Precisamente por eso buscamos construir exhibiciones que combinen rigor científico y dimensión lúdica: no queremos ni una muestra aburrida de fósiles ni un simple entretenimiento hecho con muñecos de plástico”.
Es ese equilibrio el que define el carácter científico y educativo de nuestro museo. “El mismo que trasladamos también a las muestras itinerantes, que se envían completas con paneles informativos, contenidos didácticos, propuestas de encuentros y actividades de formación para los guías de las instituciones que las reciben”, agrega.
Un elemento central del modelo Mef es, justamente, la capacidad de integrar investigación, divulgación y desarrollo local. Al mismo tiempo, el museo invierte en programas educativos y de formación, exportando también formatos innovadores como las “noches en el museo” dedicadas a los chicos: experiencias en las que, por una noche, se transforman en pequeños paleontólogos, enfrentados a misterios por resolver y actividades inmersivas, acampando bajo el dinosaurio más grande del mundo.
Los adultos también pueden sumergirse en el universo de la paleontología a través de talleres prácticos, donde aprenden a limpiar fósiles con herramientas profesionales y descubren de cerca el trabajo de los paleontólogos en el campo y el valor de la investigación científica.
En ese equilibrio entre rigor y accesibilidad está la fortaleza del museo: evitar tanto una divulgación estéril como un entretenimiento superficial. El resultado es un modelo capaz de articular impacto cultural, sustentabilidad económica y cooperación internacional.
Esta “usina de dinosaurios” no es solo una imagen sugerente, sino un ejemplo concreto de cómo el conocimiento puede compartirse y de cómo, al mirar hacia un pasado remoto, se pueden encontrar herramientas valiosas para crear en el presente y proyectar el futuro.