Hay nombres que no mueren, que quedan suspendidos en el aire como una frase perfecta, como una crónica que aún late. Ernesto Cherquis Bialo fue uno de ellos. Un narrador inconfundible, un polemista incansable y, sobre todo, un maestro que convirtió el periodismo deportivo en un arte profundamente humano.

Nacido en Montevideo el 30 de septiembre de 1940, pero criado desde los cinco años en Buenos Aires, Cherquis se forjó en los conventillos de Almagro, entre historias de inmigrantes y sueños compartidos. Allí, en ese barrio áspero y vital, empezó a moldear una personalidad que con el tiempo sería arrolladora. El boxeo fue su primera pasión, una escuela de vida que luego transformaría en literatura, en relatos que golpeaban como un cross directo, al estilo de Roberto Arlt.

Su llegada a Clarín y luego a El Gráfico, en plena década del 60, coincidió con la edad dorada del periodismo argentino. Pero Cherquis no era uno más. Sus textos trascendían el resultado, la estadística, el dato frío. Había en ellos poesía, crudeza, emoción. No escribía sobre deportes: escribía sobre personas.

Con el tiempo, dejó de narrar partidos para contar vidas. Historias de héroes y derrotados, de glorias inolvidables y caídas devastadoras. Entendía que detrás de cada triunfo había una fragilidad, y que en cada derrota se escondía una forma de redención. Esa mirada lo convirtió en una voz única.

Su carrera lo llevó a escenarios míticos: estuvo en Zaire para la pelea entre Ali y Foreman, en Reikiavik para el duelo entre Fischer y Spassky, en cada Mundial que le tocó cubrir, en las noches eternas del Luna Park. Pero más que testigo, fue parte de esas historias. Pelé, Monzón, Maradona, Bonavena no fueron solo entrevistados: fueron interlocutores, confidentes, amigos. Supo escuchar, interpretar y narrar como pocos.

Escribió Mi verdadera vida, referencia imprescindible para conocer a Carlos Monzón, y Yo soy el Diego de la gente, un retrato íntimo que atraviesa la sensibilidad de Maradona y del propio Cherquis. Su capacidad para acercarse a los protagonistas desde lo humano fue una de sus marcas más distintivas.

Con los años se transformó también en un polemista incansable y en una figura imposible de ignorar en los medios. Su paso por la radio, la televisión y su rol como vocero de la AFA desde 2008 lo ubicaron en el centro de debates y tensiones que asumió con la misma frontalidad con la que escribía. Ser tibio no era lo suyo.

Se lo reconoció siempre por un vocabulario elegante, casi académico, y por una capacidad extraordinaria para transformar una crónica deportiva en una pieza literaria. Era, en esencia, el último romántico: alguien que entendía el deporte como épica, como relato, como vida.

El viernes 20 de marzo, a las 21.56, su voz se apagó a los 85 años. Luchaba desde hacía tiempo contra la leucemia, enfermedad que él mismo había explicado con la honestidad que lo caracterizaba. Hasta sus últimos días continuó activo, participando en radio y plataformas digitales, fiel a su vocación.

Su legado es inmenso. No solo por lo que escribió, sino por cómo lo hizo. Cherquis enseñó que el periodismo no es solo contar lo que sucede, sino comprender lo que significa. Entre la gloria, la caída y la redención, dejó una huella imborrable.

Ernesto Cherquis Bialo no se fue del todo. Quedó en cada historia bien contada, en cada palabra precisa, en cada emoción transmitida. Quedó, para siempre, como el último romántico del fútbol.