BUENOS AIRES - La noche en el Monumental tuvo todos los condimentos de una despedida inolvidable. River Plate venció 3-1 a Banfield por la séptima fecha del Torneo Apertura, pero el resultado quedó rápidamente en un segundo plano. Las luces, los cánticos y las miradas estuvieron puestos en un solo hombre: Marcelo Gallardo. El Muñeco cerró su segundo ciclo como entrenador del club con una victoria y un mensaje que ya forma parte de la historia grande de Núñez.
El recibimiento fue inmediato y estremecedor. Apenas ingresó al campo de juego, el estadio entero se unió en un grito unánime: “¡Muñeco… Muñeco!”. Desde cada rincón del Monumental bajó un aplauso cerrado, sentido, agradecido. En la pantalla gigante apareció su imagen y la ovación se multiplicó, dejando en claro la dimensión de su figura en la vida reciente de River. Gallardo, visiblemente conmovido, respondió con gestos simples pero profundos: repartió besos a unos niños, aplaudió a las tribunas y pareció querer guardar esa postal para siempre.
En las tribunas, una bandera sintetizó el sentimiento colectivo: “Que la noticia no tape la historia. Gracias eternas Muñeco y CT”. Más allá de cualquier coyuntura deportiva, el legado construido permanece intacto. Gallardo no fue solo un entrenador exitoso; fue el conductor de una era que devolvió a River al primer plano internacional y consolidó una identidad de juego, carácter y pertenencia.
Tras el pitazo final, el Muñeco se dirigió a la sala de conferencias. No aceptó preguntas. No era noche de análisis tácticos ni balances estadísticos. Era momento de hablar desde el corazón. Breve, fiel a su estilo, dejó un último mensaje cargado de emoción.
“Voy a ser muy breve: simplemente agradecer. Gracias a la gente por una noche más de amor incondicional. Retribuir todo ese cariño a veces es muy difícil”, comenzó. Sus palabras resonaron con la misma fuerza que los cánticos del estadio. También tuvo un reconocimiento para la prensa: “Gracias a ustedes por el respeto que han tenido para conmigo en estos dos ciclos como entrenador y a otros que estuvieron en mi época como jugador”.
Pero si hubo una frase que quedó grabada en la memoria colectiva fue la que definió su vínculo con el club: “De River no me voy a despedir. Mañana voy a venir a buscar a mi hijo al colegio acá. Esas son las cosas que tiene este lugar mágico: que uno se va pero no se va nunca”. En esa sentencia se resume todo. Gallardo y River construyeron un lazo que trasciende contratos, cargos y calendarios.
Lejos de cerrar la puerta, el entrenador aseguró que seguirá de cerca la vida institucional y deportiva del club. “Voy a estar muy pendiente de lo que pase en el club durante el tiempo que esté afuera”, afirmó, dejando entrever que el adiós no suena definitivo, sino más bien a pausa.
Antes de retirarse, dejó un deseo sincero para el futuro inmediato: “Que tengan un buen año. Le deseo de todo corazón al club, al plantel y a esta dirigencia que se pueda volver a poner de pie para lo que viene”.
Así, sin grandilocuencias y con la serenidad que lo caracterizó en los momentos decisivos, Marcelo Gallardo cerró su etapa con una victoria y una declaración que quedará resonando en Núñez. Porque hay despedidas que marcan un final, y otras que confirman un vínculo eterno. Gallardo se va. Pero en River, como él mismo dijo, no se va nunca.