BUENOS AIRES – “La arquitectura debe crear espacios donde las personas puedan encontrarse”. Ese fue uno de los conceptos centrales de la conferencia que dio el arquitecto turinés Carlo Ratti en la Bienal Internacional de Arquitectura de Buenos Aires, el encuentro que por estos días reúne en la capital argentina a arquitectos, urbanistas, diseñadores e intelectuales de distintas partes del mundo.
Ratti, director del MIT Senseable City Lab de Boston, aprovechó su participación para presentar algunos de los proyectos más destacados de su estudio, Carlo Ratti Associati, y, sobre todo, para proponer una reflexión sobre el papel del arquitecto en la sociedad contemporánea.
La Bienal de Buenos Aires, pionera en América Latina y considerada una de las principales muestras internacionales dedicadas a la arquitectura, junto con las de Venecia y San Pablo, nació en 1985 por iniciativa de Jorge Glusberg, director del Centro de Arte y Comunicación (CAYC). Desde entonces se convirtió en una plataforma de producción y reflexión contemporánea, construida a través del diálogo entre arquitectura, urbanismo, ecología, arte y diseño.
Precisamente, esa vocación por la reflexión crítica caracterizó la intervención de Ratti. El arquitecto mostró una serie de obras muy distintas entre sí, pero atravesadas por una misma pregunta: ¿cómo puede el espacio físico favorecer las relaciones entre las personas?
Según Ratti, las ciudades, los edificios, las oficinas, los museos y los espacios para conferencias no son simplemente lugares que albergan actividades. Su configuración puede propiciar esos encuentros casuales y flexibles a través de los cuales circulan conocimientos, ideas e innovaciones.
Esta reflexión también se apoya en el concepto sociológico de “vínculos débiles”, desarrollado por Mark Granovetter en el célebre estudio de 1973 La fuerza de los vínculos débiles. Ratti analizó su importancia en la actualidad y la relacionó con el vínculo entre las dimensiones física y digital de nuestras vidas.
Las redes sociales, explicó, están compuestas por “vínculos fuertes” y “vínculos débiles”. Los primeros corresponden a las relaciones más estrechas, en las que los amigos suelen pertenecer a los mismos grupos. Los segundos, en cambio, son los contactos ocasionales con personas que conocemos, pero que no necesariamente comparten nuestra misma red social.
Son estos últimos los que funcionan como puentes entre grupos distintos. Los vínculos débiles permiten que la información y las ideas circulen fuera de nuestros entornos habituales y, por eso, pueden representar un motor importante de la innovación.
Ratti mostró cómo este principio puede traducirse de manera concreta en la arquitectura.
Un ejemplo es la recuperación del antiguo complejo del Hospital Sant’Agostino de Módena, proyectada junto con el arquitecto Italo Rota. La intervención transformó el edificio histórico en un conjunto de espacios dedicados a las exposiciones, el arte, la investigación y la vida cívica, con museos, centros de investigación, una plaza y sectores de sombra pensados para favorecer la interacción.
Otro de los proyectos que mencionó fue el Digital Water Pavilion, realizado para la Expo 2008 de Zaragoza. “Las exposiciones universales son una oportunidad para experimentar”, explicó Ratti. En el pabellón, las paredes tradicionales fueron reemplazadas por cortinas de agua cuyos flujos se interrumpían mediante controles digitales para crear dibujos y configuraciones variables.
El arquitecto mostró la que definió como su fotografía preferida del proyecto: la imagen de un visitante que, por detenerse a admirar el pabellón, había perdido el tren. Ratti también contó con especial orgullo cómo, al caer la tarde, numerosos chicos se reunían allí para jugar y atravesar las “paredes” de agua sin mojarse.
La misma idea aparece en el rascacielos biofílico CapitaSpring de Singapur. En el centro del edificio, Ratti incorporó un parque y una plaza parcialmente abierta al exterior, con el objetivo de vincular a quienes viven en los departamentos de los pisos superiores con las personas que trabajan en las oficinas de los niveles inferiores.
Una reflexión que comenzó, recordó, con un proyecto muy distinto: el jardín vertical del Café Trussardi de Milán, una suerte de “nube verde concebida como una sala de estar urbana”.
También el comedor que diseñó para Mutti, la empresa italiana especializada en productos a base de tomate, nació de la voluntad de transformar una actividad cotidiana en una oportunidad para relacionarse. En el centro del proyecto está, precisamente, el comedor, organizado en distintos niveles que permiten “comer sobre el pasto”.
La relación entre arquitectura, naturaleza y cambio climático apareció, en cambio, en el proyecto realizado para los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina. Ratti presentó el Olympic Bivouac, una estructura inspirada en las formas de la montaña y la roca, concebida como refugio para alpinistas.
“El permafrost se está derritiendo. El viejo refugio está colapsando”, explicó, y destacó que este proyecto también nació de la necesidad de afrontar de manera concreta los efectos del cambio climático.
Para los Juegos Olímpicos, Ratti también diseñó las antorchas, con un trabajo sobre un objeto en el que la llama se convierte en protagonista absoluta. El objetivo, explicó, era mostrar el proceso de generación de la llama a través de un objeto de diseño sencillo y minimalista.
La reflexión sobre la utilidad misma de construir alcanza su punto más radical con AquaPraça, el proyecto presentado en la Bienal de Venecia e inspirado en el Teatro del Mondo de Aldo Rossi, pero con una nueva concepción de la arquitectura. “No necesitamos construir nada. La población está disminuyendo. En este contexto, ¿qué deberíamos hacer como arquitectos? ¿No podemos volver a empezar desde la naturaleza? Al fin y al cabo, Venecia nació precisamente de la laguna”, se preguntó Ratti.
La respuesta fue una estructura mínima, concebida para estabilizar un espacio sobre el agua y transformarlo en un lugar público flotante destinado a encuentros y conferencias. El proyecto se llevó después a Belém, en Brasil, con motivo de la COP30, donde albergó conferencias, espectáculos y encuentros de danza.
Pero fue, sobre todo, en la transformación de la vida pública donde Ratti concentró la parte final de su conferencia. El director del Senseable City Lab presentó una investigación realizada en el MIT sobre cómo las personas utilizan los espacios públicos de las ciudades.
El estudio se inscribe en la tradición de las investigaciones sobre el uso del espacio urbano, desde Camillo Sitte hasta Kevin Lynch, autor de La imagen de la ciudad (Marsilio), y William H. Whyte, con su trabajo sobre la vida en los centros urbanos. Whyte había utilizado cámaras de video para observar el comportamiento de las personas en el espacio público en distintos momentos del día y analizar sus recorridos, las pausas, las zonas de sombra y de sol y, sobre todo, las interacciones entre los individuos.
El equipo de investigación de Ratti tuvo acceso a las grabaciones originales que Whyte realizó en los años setenta y ochenta y recopiló nuevos datos en Nueva York para comparar los comportamientos a lo largo del tiempo. “Lo que descubrimos nos impactó”, contó Ratti.
La velocidad a la que las personas caminan por los espacios urbanos aumentó alrededor de un 15 por ciento. Pero, sobre todo, disminuyó el tiempo que dedican a detenerse e interactuar. Según los datos presentados, el porcentaje de personas que permanecían en los espacios públicos pasó del 43 por ciento registrado en los años ochenta al 26 por ciento en las observaciones más recientes.
En cambio, no varió de manera significativa la proporción de personas que caminan solas. Lo que disminuyó, sobre todo, fue la predisposición a detenerse, formar pequeños grupos e interactuar en el espacio urbano.
“¡Qué importantes son los espacios públicos para unirnos!”, destacó Ratti, y recordó que, desde los orígenes de las civilizaciones, a partir del ágora, los espacios públicos fueron el lugar donde una comunidad se encuentra.
De allí surgió su conclusión sobre la tarea de la arquitectura contemporánea: “La vida pública es inseparable del espacio público. Eso es lo que deberíamos defender como arquitectos”.
Para Ratti, el espacio físico tiene una característica que los entornos virtuales no poseen: pone necesariamente a las personas en contacto con otras distintas de ellas. “El espacio físico obliga a confrontarse con las diferencias y con el otro —explicó—, mientras que los espacios virtuales tienden a construir burbujas compuestas por personas afines”.
Es un desafío que va más allá del diseño de edificios individuales. Desde esta perspectiva, el arquitecto no es solamente quien imagina y construye nuevas estructuras, sino que puede convertirse en un actor capaz de reactivar los espacios compartidos y generar oportunidades de encuentro que contribuyan a mantener una sociedad abierta y cohesionada.