QUITO - Ecuador volvió a mirar el nivel de sus represas con la misma ansiedad con la que otros países miran el tipo de cambio. Buena parte de la electricidad ecuatoriana sale de sus represas, y todos los años, en esta época, llega el estiaje: meses secos en los que los ríos del lado amazónico de los Andes, de los que se nutren las grandes centrales, se quedan con poca agua. Este año, el gobierno decidió cargar el costo del ajuste sobre la industria.
El esquema empezó el 22 de septiembre con desconexiones de 24 horas para las grandes industrias de alto voltaje, el 28 se sumaron las de medio voltaje y desde octubre los cortes pasaron a 48 horas. El 2 de octubre las distribuidoras notificaron el cronograma de las dos semanas siguientes, que alcanza a 185 compañías del segmento Alto Voltaje 1, cuatro de Alto Voltaje 2 y unas 8.900 de medio voltaje.
Para las mayores consumidoras —cementeras, manufactureras, siderúrgicas y mineras— se dispuso además una desconexión extraordinaria que puede llegar a 72 horas.
A eso se sumó una suba de tarifas: desde el 1 de octubre, la Agencia de Regulación y Control de Electricidad fijó para los usuarios AV1 una tarifa media de 30 centavos de dólar por kilovatio hora, vigente hasta diciembre y sin impacto en las tarifas residenciales, reportó Infobae.
El termómetro de la crisis es el embalse de Mazar, pieza clave del complejo hidroeléctrico Paute Integral. El 1 de octubre se ubicaba en 2.131,5 metros sobre el nivel del mar, apenas 16,5 metros por encima de la cota mínima de operación. Coca Codo Sinclair, la mayor hidroeléctrica ecuatoriana por capacidad, también recibe cada vez menos agua.
El problema de fondo no solo es la falta de lluvia. Un informe del Operador Nacional de Electricidad (Cenace) de junio estimó que Ecuador necesitaba sumar cerca de 1.092 megavatios entre junio de 2026 y agosto de 2027, unos 490 de ellos antes de octubre; con el crecimiento de la demanda, la cifra trepaba a 1.391. Hasta ahora se incorporaron apenas 126,5 megavatios, según el mismo informe recogido por Prensa Latina.
En el sector privado, el malestar crece. “Un corte significa cortar una cadena productiva de raíz”, dijo a Teleamazonas Jorge Valenzuela, presidente de la Cámara de Industrias de Tungurahua, que advirtió sobre posibles incumplimientos en entregas ya comprometidas. Camilo Ontaneda, de la Asociación de Industriales Textiles del Ecuador, advirtió que en las líneas que trabajan con calor cada parada cuesta doble: después de reconectarse, pasan de dos a cuatro horas hasta que la producción se normaliza.
La Cámara de Industrias de Guayaquil pidió “coordinar y planificar los cortes de suministro”, porque las empresas de medio voltaje, a diferencia de las grandes, no tienen plantas propias capaces de reemplazar toda su demanda. Incluso entre las grandes, solo 47 de las del segmento AV1 cuentan con autogeneración suficiente, según datos de Primicias citados por Confirmado.
Los efectos ya exceden a las fábricas: la Escuela Superior Politécnica del Litoral, en Guayaquil, suspendió temporalmente las clases presenciales por los cortes programados.
Noboa, en cambio, apuesta a que el sacrificio industrial alcance. En una entrevista del 5 de octubre aseguró que “ninguna familia ecuatoriana va a tener algún corte de luz” y prometió evitar un escenario como el de los apagones de 2024, cuando los cortes residenciales golpearon de lleno la vida cotidiana y la economía. Distintos informes técnicos advierten lo contrario: si el estiaje se profundiza, el racionamiento podría llegar a los hogares. Por ahora, la apuesta del gobierno es ganar tiempo hasta que vuelvan las lluvias.