BUENOS AIRES - Tarde o temprano sabíamos que este momento iba a llegar. Simplemente hicimos de cuenta que no pensábamos en él. Porque imaginar a la Argentina sin Lionel Messi significaba imaginar algo que, durante más de veinte años, nunca tuvimos realmente el coraje de aceptar.

Ahora, en cambio, es una realidad. Lionel Messi jugó su último partido con la Selección. Lo hizo en el Monumental, frente a su gente, cerrando ante Benín una historia que comenzó el 17 de agosto de 2005 contra Hungría. Veintiún años después, aquel chico de Rosario se despidió de la Albiceleste como solamente él podía hacerlo: jugando, creando y convirtiendo.

Argentina ganó 3-0 y Leo dejó su firma en los tres goles: dos asistencias, para Nicolás Otamendi y Nico Paz, y un gol de penal. A los 39 años, en su partido número 208 y último con la Selección, Messi volvió a ser el centro del mundo argentino. Pero esta vez el resultado importaba hasta cierto punto.

La noche había comenzado con un Monumental suspendido entre las ganas de celebrar y la tristeza de saber que cada minuto acercaba a la Argentina a un momento que nadie quería vivir. Las primeras lágrimas llegaron incluso antes del inicio del partido. Durante el himno, Messi intentó contener la emoción, mientras Lionel Scaloni no pudo esconderla. El técnico que lo acompañó durante los años más felices de su historia con la Selección lloraba sabiendo que aquella sería la última vez con su número 10 dentro de la cancha.

Después, a los 10 minutos, el fútbol se detuvo. El árbitro interrumpió por unos instantes el partido y el Monumental entero se puso de pie para una larga ovación. También los jugadores de Benín se acercaron a Messi para homenajearlo. Leo bajó la mirada y después miró hacia el cielo, como intentando respirar dentro de una emoción demasiado grande. Una imagen destinada a quedar para siempre.

En medio de todo eso, sin embargo, también había un partido que jugar. Y Argentina sufrió más de lo esperado durante el primer tiempo. Benín afrontó el encuentro sin miedo, Emiliano Martínez tuvo que intervenir en un par de ocasiones y Messi contó con dos oportunidades para comenzar su fiesta con un gol, pero no logró convertir. El 0-0 resistió hasta el descanso.

En el segundo tiempo, la Selección cambió de marcha. A los tres minutos, Nicolás Otamendi, también en su último partido con la Argentina, rompió el equilibrio tras un córner ejecutado justamente por Messi. Poco después llegó el segundo: Nico Paz combinó con el capitán, avanzó con la pelota y con un zurdazo marcó el 2-0.

Dos goles, dos asistencias de Leo. Faltaba solamente el suyo. Y llegó a los 25 minutos. Después del penal conseguido por Agustín Giay, Messi tomó la pelota y se paró frente al punto penal. El arquero hacia un lado, la pelota hacia el otro. Y el Monumental explotó como en las noches más lindas. El gol número 126 con la Argentina, justamente en la noche de la despedida.

Leo incluso intentó marcar otro. Desperdició una gran oportunidad desde pocos metros y se enojó consigo mismo, casi olvidándose por un instante de que aquella era su fiesta. Porque Messi fue también eso hasta el último minuto: alguien que nunca dejó de querer marcar, ganar y regalarle algo más a su gente.

La última pelota que tocó con la Albiceleste fue un tiro libre que terminó por encima del travesaño. Después llegó el pitazo final y, en ese momento, el partido dejó definitivamente su lugar a la despedida. Compañeros y rivales fueron a abrazarlo. El Monumental permaneció ahí, incapaz de dejarlo ir. En el cielo, el espectáculo de drones; en las tribunas, miles de celulares encendidos y un canto que parecía querer detener el tiempo: “Messi no se va”.

Pero Messi se va.

Detrás de aquella última noche hay una historia que ninguna estadística puede contar por completo. Hay 208 partidos, 126 goles y 70 asistencias. Hay dos Copas América, una Finalissima y, sobre todo, un Mundial conquistado en Qatar. Pero antes de los trofeos también estuvieron las heridas: la final del Mundial perdida en 2014, las finales de Copa América, las críticas y aquella renuncia anunciada en 2016 después de otra derrota contra Chile.

Messi podría no haber vuelto. Pero volvió. Y quizás sea ahí donde se encuentra uno de los legados más profundos que le deja a la Argentina. No nos enseñó solamente a ganar. Nos enseñó a insistir. A perder y volver a intentarlo. A soportar el peso de las expectativas y seguir persiguiendo algo incluso cuando parece que nunca va a llegar.

Después llegó el Maracaná en 2021. Llegó la Finalissima. Llegó Qatar. Y aquel chico que había partido de Rosario rumbo a Barcelona con apenas 12 años finalmente consiguió levantar la Copa del Mundo con la camiseta que siempre había soñado vestir.

Al final, Leo habló con la voz quebrada. Recordó que defendió esa camiseta con orgullo y que jugar para la Argentina es lo más lindo que puede pasarle a un futbolista. “Es difícil hablar hoy. Se mezclan muchas emociones”, reconoció, antes de resumir en pocas palabras lo que significó la Albiceleste para él: “Defendí esta camiseta con orgullo y lo hicimos luchando y dando el máximo. Jugar con la Selección en Argentina es lo más lindo que te puede pasar”.

Palabras simples, pero con 21 años de historia adentro. Las derrotas que parecían no terminar nunca, las críticas, el regreso después de haber pensado en dejar todo, el Maracaná, Qatar, las copas levantadas y finalmente el abrazo de un país que durante demasiado tiempo le pidió que demostrara cuánto significaba la Argentina para él.

Quizás nunca tuvo que demostrar nada.

Lo entendimos con el tiempo. Y terminamos de entenderlo en el Monumental, viéndolo llorar frente a un estadio que no quería dejarlo ir. “Acá vivo uno de los días más tristes de mi carrera, pero ahora me toca estar del lado de los hinchas y voy a estar preparado para alentar a la Argentina”, dijo Messi.

Tal vez sea justamente esa la imagen más difícil de aceptar. A partir del próximo partido buscaremos casi instintivamente al número 10. La Selección seguirá, llegarán otros talentos, otros goles y otras noches para recordar. Pero Messi ya no estará ahí.

Durante más de veinte años discutimos cuánto significaba la Argentina para él. Lo criticamos, le pedimos que fuera Maradona antes incluso de permitirle ser Messi. Le exigimos que ganara para demostrarnos algo que, quizás, nunca tendría que haber demostrado.

Anoche, viéndolo llorar en el Monumental, la respuesta estaba frente a los ojos de todos.

Chau, Leo. Esta vez, el gracias nos toca a nosotros.