LA PLATA – Sentirse “del otro lado del tiempo”, para Daniel Terracciano, significa recordar sus raíces todos los días de su vida, pero sin impulsos nostálgicos.

Dall’altro lato del tempo también es el título del libro, publicado tanto en italiano como en español (Al otro lado del tiempo), en el que relata las historias de migración y esperanza de su familia.

Nacido hace 59 años en La Plata, Daniel es arquitecto y trabaja en la infraestructura de parques nacionales.

Por parte de su madre es molisano y, por la rama paterna, napolitano. “Mamá nació en Cercepiccola, en la provincia de Campobasso, y papá era de Acerra —explica—. Los dos nacieron en Italia y llegaron de chicos a la Argentina”.

Su abuelo materno, Domenico Benedetto Angelo Maria Simiele, había desembarcado en Buenos Aires en 1947 en busca de un futuro, dejando en Cercepiccola a su esposa, Ermelinda Pierino, y a su hija Angela Francesca, que tenía apenas seis meses.

“Volvió a verla en 1954 —cuenta—, cuando la familia pudo reunirse con él en La Plata. Mi abuela había dejado la escuela sin aprender a leer ni a escribir y dependía de otras personas para mandarle cartas a su marido. Fue él quien la obligó a retomar los estudios, para que aprendiera al menos a escribir un poco, porque Domenico deseaba recibir aunque fuera dos líneas de su puño y letra para aliviar la nostalgia”.

Daniel Terracciano junto a su madre, Angela, durante una presentación del libro, cuya portada lleva una fotografía de su padre.

Daniel admite que no puede decidir si para él pesa más la identidad molisana o la campana. Tampoco quiere hacerlo. Ambas, como en el mejor de los injertos, contribuyeron a construir su historia, en la que los dos países están unidos de manera inseparable.

La metáfora botánica no es casual. “El legado de nuestro padre fue sencillo y, al mismo tiempo, profundo —revela—. Quería que nosotros, sus hijos y nietos, tuviéramos siempre en casa un limonero y un olivo. Incluso quienes viven en departamentos se las ingeniaron para plantarlos en grandes macetas en el balcón”.

Daniel creció participando en la vida asociativa de la colectividad italiana de La Plata: por un lado, en el Centro Molisano Sant’Elia y, por el otro, en el Círculo Campano, del que fue uno de los socios fundadores en 1986. “Era poco más que un adolescente —recuerda—. Y el año que viene voy a cumplir 60”.

Viajó varias veces a Italia, ya que su familia siempre mantuvo el contacto con los parientes que permanecieron allí.

“Cuando era chico —cuenta—, nos reuníamos para las fiestas, en Navidad y Pascuas, en la casa de mi abuelo paterno, después de haber hecho una colecta para pagar una llamada a Italia y saludar a la familia. En aquella época, las comunicaciones internacionales eran carísimas y, además, había que esperar a que una operadora nos diera línea. En esas ocasiones, en la casa del abuelo no volaba una mosca y nadie tenía permitido tocar el teléfono, por miedo a que llamara la operadora y encontrara la línea ocupada”.

Hasta que un día dejó de comunicarse por teléfono y viajó personalmente. “La primera vez tenía 19 años y durante todo el recorrido me acompañó la sensación de encontrarme en un lugar en el que ya había estado —confiesa—. Me parecía conocer cada rincón, como si ya hubiera visto todo”.

Durante la presentación del libro en Acerra. (Foto: gentileza D. T.)

En Cercepiccola, el pueblo de su madre, que hoy tiene 650 habitantes, conoció a Peppino, un primo que le regaló una hogaza de pan “para llevarle al abuelo”. Como sabía que no se conservaría durante un mes, el tiempo que duraba el viaje, Daniel se la comió. “Pero cuando volví a la Argentina y le conté la anécdota a mi abuelo, al ver la decepción en su rostro me di cuenta de que debería haberla guardado y entregársela”, confiesa.

Muchos años después regresó al pueblo con su esposa. Para entonces Peppino había muerto, pero Daniel decidió acercarse a ver desde afuera la casa donde había vivido. “Nos detuvo un vecino, un poco desconfiado, y nos preguntó quiénes éramos —relata—. Después de escuchar mi explicación, vi cómo se quedaba pálido. Me dijo que Peppino era su padre. Nos invitó a pasar y conversamos hasta altas horas de la noche; ya no queríamos irnos”.

En 2025, Terracciano volvió a visitar Cercepiccola y Acerra, donde presentó su libro. “Fue una experiencia hermosa, me recibieron con muchísimo cariño —asegura—. Y el año que viene, para mis 60 años, pienso regresar. Para vivir Italia a mi manera: hablando con la gente, tomando una copa de vino con los mayores del pueblito y volviendo a recorrer los lugares de mis antepasados”.