BUENOS AIRES — En el Círculo Recreativo La Trevisana de Buenos Aires, seis veinteañeros regresaron a la sede donde, cuando eran chicos, participaban de los almuerzos junto con sus padres y abuelos.
Son hijos, nietos y bisnietos de trevisanos que durante años frecuentaron y le dieron vida a la asociación. Hoy vuelven a ocupar esos mismos espacios con ideas nuevas, distintas capacidades y el deseo de mantener viva una tradición que forma parte de la historia de sus familias.
María de los Ángeles Queizan, Catalina Castagnera, Micaela Castagnera, Agustina Castagnera, Juan Ignacio Paludi y Matías Obregón crearon una nueva comisión, que surgió casi espontáneamente y con un objetivo concreto: renovar la imagen de la Trevisana y acercar a la institución a otra camada de descendientes.
“Nuestros abuelos eran de Vittorio Veneto, Treviso”, cuentan. Algunos se conocían desde chicos, cuando jugaban sobre el escenario del gran salón principal mientras los adultos terminaban de almorzar.
Con el tiempo crecieron, siguieron caminos diferentes y algunos incluso tuvieron la oportunidad de viajar a Italia para conocer los lugares de origen de sus familias. María de los Ángeles también realizó una experiencia de estudios en Bolonia.
Su regreso a la Trevisana ocurrió casi por casualidad. “Nos autoconvocamos”, relatan. Vieron en Instagram la publicación de un almuerzo y decidieron asistir juntos.
Una vez de vuelta en la sede, comprendieron que podían poner sus conocimientos al servicio de la entidad, que conserva un patrimonio importante y ofrece numerosas actividades, pero necesitaba encontrar nuevas formas de comunicarse con el público más joven.
Desde entonces comenzaron a colaborar con el manejo de las redes sociales, la producción de fotografías y videos y la difusión de los eventos.
Juan Ignacio, diseñador audiovisual, se ocupa principalmente de editar los videos destinados a las plataformas digitales, mientras que los demás participan de las grabaciones durante las actividades. “Es el principal aporte que podemos hacer gracias a nuestra experiencia como usuarios de redes”, explican.
Micaela, la más extrovertida del grupo, ya encontró su lugar ayudando a animar los encuentros y a generar un vínculo más directo con el público.
Todos trabajan arduamente en todo lo relacionado con la comunicación de sus iniciativas sociales, como la colecta de juguetes para el Hospital Garrahan con motivo del Día del Niño. La iniciativa fue un gran éxito y lograron reunir una gran cantidad de donaciones.
Muchos socios donaron juguetes para los pacientes del Ospital Garrahan.
Su participación no se limita a la comunicación digital y el entretenimiento. La nueva camada está aprendiendo sobre la marcha cómo funciona esta institución, construida a lo largo de las décadas gracias al trabajo voluntario de sus miembros.
“Hoy hay 300 personas almorzando y apenas cinco o seis organizaron todo: prepararon la comida, armaron las mesas y gestionaron las reservas”, cuenta Catalina, quien, al igual que las demás chicas del grupo, se presentó con un atuendo elegante y cuidado, como muestra de la importancia que les atribuye a estos encuentros.
“La idea es aprender de ellos y lograr que estos eventos se sigan organizando con la misma esencia”. Catalina destaca que uno de los rasgos distintivos de los almuerzos de la Trevisana es precisamente su clima familiar, esa sensación de “sentirse en casa” que siempre caracterizó a las reuniones de la entidad. “Toda la comida se prepara acá, con la ayuda del personal de cocina, pero bajo la supervisión y la orientación de los miembros de la comisión directiva”.
Ese es el eje del recambio generacional: no reemplazar lo que se hizo bien hasta ahora, sino aprender de quienes construyeron la asociación y encontrar nuevas herramientas para continuar su trabajo.
“¿Qué va a pasar con este lugar cuando ya no estén las personas que hoy se ocupan de él?”, se pregunta Juan. El interrogante resume el desafío que enfrenta la Trevisana: garantizar la continuidad de un patrimonio asociativo que no puede depender únicamente de la disponibilidad de quienes lo sostuvieron hasta ahora.
La comisión directiva, de hecho, continúa integrada por las mismas personas que desde hace años se arremangan voluntariamente y se ocupan de todo lo necesario para organizar cada encuentro.
La cocina es, además, uno de los grandes puntos fuertes de la Trevisana. Su fama se extendió por el barrio y entre las familias de origen italiano, aunque el plato emblemático de la entidad no sea propiamente trevisano: es la lasaña, preparada según las recetas de las abuelas.

Tradicionalmente, los miembros de la asociación son quienes preparan la célebre lasaña.
La razón también se encuentra en la particular historia del asociacionismo italiano en Buenos Aires.
Las entidades regionales reunieron con frecuencia a personas procedentes de distintos territorios de la península. También en la Trevisana, a lo largo de los años, se encontraron familias originarias de distintas regiones italianas, entablaron amistades y, en muchos casos, formaron nuevas familias.
Es una dinámica que, según cuenta Adriana, secretaria de la asociación, continúa hasta hoy. “Muchas parejas se conocieron acá”, señala.
La institución fue un espacio de socialización no solo para los más chicos, sino también para quienes atravesaban una nueva etapa de sus vidas. “Tuvimos una cantidad increíble de segundas nupcias”, cuenta Adriana. También recuerda la historia de su madre, de origen friulano, quien, tras quedar viuda, conoció en la Trevisana al que sería su segundo marido.
La sede continúa siendo, además, un punto de referencia para otras organizaciones de la colectividad italiana.
Los vicentinos y los paduanos utilizan sus instalaciones para desarrollar sus actividades, mientras que las reuniones de la Cava —la federación véneta— también se realizan allí, lo que confirma el papel de la Trevisana como lugar de encuentro para toda la comunidad italiana de Buenos Aires.
Los miembros de la comisión joven junto a la abuela de Ángeles, quien es de la localidad de Vittorio Veneto, en la zona de Treviso, así como también lo son los abuelos de Agustina y Juan.
En el pasado, Adriana integró un grupo encargado de recopilar y poner en valor el trabajo de quienes los precedieron y, desde hace tiempo, buscaba junto con la comisión directiva incorporar a un público distinto.
“Estamos muy contentos de que este hermoso grupo de jóvenes se sienta parte de la Trevisana y se comprometa como lo está haciendo—afirma—. Era un proyecto que la asociación impulsaba desde hacía tiempo, pero todavía no había encontrado a las personas dispuestas a aceptar el desafío”.
El objetivo es claro: llenar la Trevisana de nuevas generaciones sin perder aquello que le da identidad. Mientras tanto, los almuerzos siguen teniendo una gran convocatoria: las entradas se agotan habitualmente y muchas veces incluso es necesario abrir una lista de espera.
El próximo paso será transformar este entusiasmo en proyectos concretos. Entre las ideas figuran programas de intercambio, viajes y estadías de estudio en Italia para poner en contacto a los descendientes con los territorios desde los que partieron sus abuelos y bisabuelos.
El grupo también trabaja en la digitalización del archivo y la biblioteca de la entidad, con el propósito de preservar y hacer accesible la documentación reunida a lo largo de su historia.
“Para nosotros es muy importante que no se pierda todo este material tan valioso”, subraya Agustina.
Digitalizar el archivo significa proteger no solo documentos, fotografías y libros, sino también las historias de quienes construyeron la comunidad italiana de Buenos Aires y convertir esa memoria en una herramienta para el porvenir.
El traspaso de la posta recién comienza. Quienes durante décadas cocinaron, prepararon las mesas, organizaron los almuerzos y mantuvieron abiertas las puertas de la asociación siguen siendo indispensables. Pero ahora tienen a su lado a un grupo que decidió no limitarse a contemplar su herencia familiar.
Volvieron al lugar donde jugaban durante los almuerzos de sus abuelos. Esta vez subieron al escenario no para divertirse, sino para ayudar a escribir el próximo capítulo de la historia de la Trevisana.