BUENOS AIRES – Si en la Argentina se corrió el velo de silencio sobre los bebés apropiados durante la dictadura, en parte fue gracias a él: el director y guionista Luis Puenzo, que murió a los 80 años el martes 21 de abril.
Su fallecimiento, ocurrido a pocas horas del de otro referente como Luis Brandoni, corrió el riesgo de pasar más desapercibido, en parte por su perfil más bajo y menos confrontativo a lo largo de su vida.
Sin embargo, Puenzo fue uno de los realizadores más importantes del país y uno de los pocos con verdadera proyección internacional, con títulos como La historia oficial (1985), Gringo Viejo (1989, basada en la novela de Carlos Fuentes y protagonizada por Gregory Peck y Jane Fonda) y La peste (1992, adaptación de Albert Camus con William Hurt, Sandrine Bonnaire, Raúl Juliá y Robert Duvall). Supo no solo “llegar a Hollywood”, sino también “traer Hollywood” a la Argentina, por el nivel de actores que trabajaron con él.
Aun así, su vínculo central siempre fue con el país, su historia y la construcción de la memoria.
La historia oficial, su primer largometraje —filmado pocos años después del retorno democrático con Raúl Alfonsín—, ganó el Oscar a mejor película extranjera en 1986, el primero para la Argentina. Con escenas rodadas en su propia casa para reducir costos, cuenta la historia de una profesora (Norma Aleandro), casada con un empresario vinculado a sectores militares.
La mujer descubre que la hija que adoptaron de manera ilegal podría ser hija de una desaparecida, algo que desconocía porque le habían dicho que se trataba de una beba abandonada.
Esa revelación da inicio a una búsqueda —metáfora de la de todo un país— que la lleva a encontrarse con la posible abuela de la nena, una de las mujeres que empezaban a organizar lo que luego sería Abuelas de Plaza de Mayo.

Por primera vez, el tema de los hijos de desaparecidos llegaba al cine, junto con la discusión sobre las responsabilidades civiles durante la dictadura.
La película no fue solo un éxito artístico: apareció en un momento clave, en coincidencia con el juicio a las juntas militares y con una sociedad obligada a revisarse. El cine se convertía así en una herramienta activa para reconstruir la memoria en un país todavía atravesado por el trauma.
Con La peste (1992), Puenzo llevó esa reflexión a un plano más universal. Ambientada en una ciudad golpeada por una epidemia, la historia funciona como una lectura crítica del clima social y político de los años noventa: el avance del individualismo, la fragilidad de los vínculos y la dificultad de construir un sentido colectivo. La enfermedad aparece no solo como un fenómeno biológico, sino también moral y político.
La cuestión de la memoria atraviesa toda su filmografía. En trabajos posteriores como La puta y la ballena (2004, con Leonardo Sbaraglia) vuelven temas como el exilio, la transmisión de la violencia y el vínculo entre pasado y presente.
Además de su labor como director, tuvo un rol clave en las instituciones del cine argentino. Participó en la creación de la Ley de Cine de 1994, que garantizó autonomía y financiamiento al Incaa, y contribuyó al desarrollo de la industria audiovisual.
Más adelante también presidió ese organismo, consolidando un compromiso que excedía lo artístico y se expresaba en el plano político, incluso sin ocupar cargos electivos.
Su aporte incluyó el ámbito asociativo y sindical: fue uno de los fundadores de la Academia de Cine argentina y participó activamente en Directores Argentinos Cinematográficos (DAC), impulsando el reconocimiento de los derechos de los autores y el fortalecimiento del sector.
Su trayectoria internacional nunca lo alejó de ese compromiso. Al contrario, ayudó a posicionar el cine argentino en el mundo, con una mirada siempre ligada a la realidad histórica y social.
Su hija Lucía, escritora y directora, lo despidió con un mensaje en Instagram junto a fotos familiares y una frase breve: “Te amamos, Luigi”, en alusión a las raíces lucanas de la familia.
Con su muerte se cierra una trayectoria que atravesó décadas decisivas de la historia argentina. Su cine, sin embargo, permanece como una herramienta viva: no solo memoria del pasado, sino una forma de seguir interrogando el presente.