BUENOS AIRES - La ausencia fue el punto de partida. Por primera vez en años, la Embajada de Italia en Argentina no organizó el tradicional acto del 25 de abril en Plaza Italia para conmemorar el Giorno della Liberazione, la fecha que recuerda la caída del fascismo y la derrota nazi.

Frente a esa ausencia, los patronatos italianos INCA y ACLI junto al Partido Democrático italiano en Argentina organizaron el 30 de abril una charla alternativa en la sede de ACLI Argentina bajo el título “25 Aprile: Il Giorno della Liberazione. Fascismos, antifascismos, posfascismos y los italianos de ambos lados del Atlántico. Apuntes para una reflexión”. Los organizadores calificaron la suspensión del acto oficial como una “omisión imperdonable”.

La charla de Devoto —uno de los principales especialistas argentinos en historia italiana— derivó hacia una pregunta estructural: qué ocurre cuando los símbolos que durante décadas organizaron una sociedad empiezan a perder capacidad de producir sentido. “El 25 de abril no tiene hoy el mismo significado que en 1950”, afirmó el historiador. Y lanzó un interrogante: ¿Hay que rediseñar los símbolos?.

La fecha del 25 de abril ocupa un lugar central en la identidad republicana italiana. Ese día de 1945, el Comité de Liberación Nacional proclamó la insurrección general contra el nazifascismo. Aunque la liberación completa fue un proceso gradual —Génova fue la única gran ciudad liberada exclusivamente por partisanos—, la fecha quedó instalada como la síntesis de la resistencia y la refundación democrática. “Italia quiso presentarse no solo como un país derrotado, sino también como un país que combatió al nazismo desde adentro”, explicó Devoto.

Durante décadas, el antifascismo fue el gran consenso político y moral de la posguerra. Era el relato fundacional: la idea de que, tras el desastre de Mussolini, Italia había vuelto a nacer. Pero Devoto insistió en que los símbolos no son eternos. "Se crean en un momento histórico y después cambian”, sostuvo.

Recordó que, antes del 25 de abril, la gran fiesta nacional era el 20 de septiembre (aniversario de la toma de Roma en 1870). Aquella fecha, que marcaba el fin del poder del Papa y la unificación del país, tuvo una fuerza enorme en Buenos Aires, donde la inmigración la convirtió en una celebración masiva.

Así como el 20 de septiembre fue perdiendo centralidad, algo parecido podría estar ocurriendo con el 25 de abril. Como síntoma, Devoto mencionó los conflictos recientes en Italia por la presencia de la Brigada Judía —combatientes que pelearon bajo bandera sionista contra el nazismo— en las marchas de la Liberación, donde han sufrido agresiones en un contexto de creciente polarización por el conflicto en Medio Oriente.

“El antifascismo perdió capacidad de construir una narrativa hegemónica”, sostuvo el académico.

Para el historiador, ese desgaste coincide con el ascenso de figuras como Giorgia Meloni en Italia, Marine Le Pen en Francia o Viktor Orbán en Hungría. Sin embargo, evitó equiparar estos fenómenos con el fascismo clásico. Prefirió hablar de “democracias iliberales”, una categoría que describe a gobiernos que, aunque surgen de elecciones democráticas, mantienen tendencias crecientemente autoritarias y buscan erosionar los controles institucionales, la independencia judicial o la libertad de prensa.

Más que un simple “retorno del fascismo”, lo que estaría entrando en crisis, sugirió Devoto, es el mundo político construido después de 1945.

Para el historiador, las categorías tradicionales del siglo XX —izquierda, derecha, socialismo, liberalismo— ya no alcanzan para interpretar el presente. “Nuestras categorías quizás ya no alcanzan para entender lo que viene”, advirtió.

“Estamos entrando en una nueva época”, dijo también hacia el final de la charla.

En su lectura, el problema no es solo el avance de las extremas derechas, sino el agotamiento de las narrativas que organizaron la vida europea desde 1945. El capitalismo contemporáneo absorbió elementos del universo socialista, mientras el individualismo fue debilitando las identidades colectivas y las viejas formas de militancia.

La pregunta quedó flotando hacia el final: qué puede reemplazar a esos relatos cuando dejan de funcionar. El problema ya no parece ser únicamente qué queda del fascismo, sino qué ocurre cuando los mitos nacidos para impedir su regreso empiezan, también ellos, a desgastarse.