BUENOS AIRES – Novela histórica, biografía, ensayo, diario íntimo. Resulta difícil encasillar L’opera perfetta. Vita e morte di Masaccio (publicado en Italia por Neri Pozza), el libro de Alessandro Masi, secretario general de la Società Dante Alighieri, presentado en la Feria del Libro de Buenos Aires en su edición italiana.
El encargado de conversar con Masi fue Angelo Farina, responsable de promoción cultural de la Dante de Ramos Mejía, mientras la actriz Leonor Benedetto leyó algunos fragmentos de la obra.
La charla arrancó con el apodo de Tommaso di ser Giovanni di Mone Cassai, conocido justamente como Masaccio. En italiano, el sufijo “accio” tiene una carga negativa, aunque en algunos contextos puede adquirir un tono afectuoso.
“En Toscana, donde nació en 1401, existe la costumbre de abreviar los nombres y así Tommaso se convierte en Maso –explica el escritor–. El paso de Maso a Masaccio se debe al perverso Giorgio Vasari, biógrafo del siglo XVI, que cuenta que era desprolijo y poco atento a su aspecto personal”. Vasari también relata que era muy generoso y prestaba dinero sin acordarse de reclamarlo. “En definitiva, el apodo Masaccio le queda perfecto”, bromea.
Tommaso nació en una familia acomodada, integrante de la burguesía emergente de la época. Su padre era notario, su madre hija de un próspero dueño de taberna. El abuelo, Cassai, tenía una carpintería de alto nivel.
Pero pocos años después el padre murió y el chico quedó huérfano a los seis años, con un hermano recién nacido, Giovanni. La madre volvió a casarse con un boticario, también viudo, y la nueva familia dejó el Mugello, las colinas cercanas a Florencia, para instalarse en la ciudad. Corría 1417 y él tenía 16 años.
Cuando murió, en 1428, apenas había cumplido 27. Todas sus grandes creaciones —al menos las que se conocen— pertenecen a los últimos seis años de su vida. “Por eso sabemos tan poco de él”, señala Masi.
En apenas seis años, un muchacho huérfano transformó el arte italiano y, en cierto modo, toda la tradición occidental. Sin Masaccio no habría existido un Miguel Ángel, que vivió casi 90 años y tuvo tiempo de producir muchísimo y atravesar distintas etapas artísticas.
Son pocas las piezas atribuidas con certeza a Masaccio: los frescos de la iglesia del Carmine de Florencia, con la célebre “Expulsión de Adán y Eva del Paraíso Terrenal”; el Políptico de Pisa (Madonna con el Niño y Crucifixión, hoy en el Museo Capodimonte de Nápoles); la Virgen con Santa Ana (en los Uffizi) y la Trinidad (en Santa Maria Novella).

Detalle de la “Expulsión de Adán y Eva del Paraíso Terrenal” en la Capilla Brancacci.
“La mayor dificultad para escribir este libro fue encontrar las fuentes y volverlas legibles –continúa Masi–. Revisé 1500 libros y documentos. El único texto escrito de su puño y letra está en la Biblioteca Nacional de Florencia. Data de 1427 y es su testamento, redactado un año antes de morir”.
Ahí aparece el misterio. ¿Por qué un joven de 26 años pensaría en redactar un testamento? Además, ese dato contradice la imagen que dejó Vasari de un hombre despreocupado por el dinero.
La conversación derivó después hacia la amistad-rivalidad con Masolino da Panicale, veinte años mayor y todavía ligado a un lenguaje medieval, el del gótico internacional. Ambos trabajaron juntos en los frescos de la Capilla Brancacci, en la iglesia del Carmine de Florencia, encargados por un rico comerciante de seda, Felice Brancacci, que podía darse el lujo de contratar a dos figuras destacadas de la escena artística del momento.
“Masaccio es una bestia, es joven, está desesperado por las novedades –dice Masi–. Masolino es el artista consagrado y más atado a la tradición. Se cuenta que discutían arriba de los andamios, pero después ocurre el milagro”. Los dos pintores, pese a las diferencias de estilo y temperamento —uno prolijo, el otro desordenado— lograron pintar en perfecta armonía, como si se tratara de una sinfonía. “Tanto es así que todavía hoy los historiadores del arte discuten para determinar, en algunos detalles, cuál es la mano de Masolino y cuál la de Masaccio”, observa.
Trabajaron juntos entre 1424 y 1425. Después Masolino partió hacia Hungría y Masaccio quedó solo y se fue a Pisa. Pero fue en Roma, en 1428, donde se desencadenó el enigma de su muerte.
Según parece, el papa Martín V había convocado a ambos para pintar los mismos frescos, aunque no se conocen los acuerdos. Masaccio viajó primero a Roma, posiblemente en la primavera de 1428. Y de repente desapareció.
“A Florencia llega la noticia de su muerte –afirma Masi–. Quien lo llora es Filippo Brunelleschi, el arquitecto inventor de la perspectiva. Su hermano Giovanni sostiene que fue asesinado, presenta una denuncia, pero nadie se ocupa del tema. Extrañamente, salvo el dolor de Brunelleschi, la muerte de Masaccio no le interesa a nadie”.
Ni siquiera trasladaron enseguida el cuerpo a Florencia con los honores que se esperaban.
“El cadáver quedó en Roma durante un año, en un lugar desconocido, hasta que finalmente fue enterrado sin ceremonias públicas en ‘su’ iglesia del Carmine, aunque no sabemos exactamente dónde –concluye Masi–. Si se encontraran los restos, los huesos, podría saberse si fue envenenado. Pero lo único que queda de él es la belleza de su arte. Y con eso nos alcanza”.