MONTEVIDEO – Con motivo de su primera actuación en Sudamérica, durante la gala del Teatro Solís de Montevideo, Andrea Cicalese (nacido en 2005), joven virtuoso del violín, habla sobre su acercamiento a la cultura uruguaya, la responsabilidad social del arte y el mensaje que busca transmitir a su generación.
Su reciente presentación en el Teatro Solís marca un momento fundamental en su trayectoria internacional. “Este concierto en el Solís es una fecha importantísima porque representa mi debut absoluto en Sudamérica y estoy muy feliz de estar acá”, –cuenta Cicalese–. Me recibió gente muy amable y cálida, así que no veo la hora de conocer también al público”.
Pese a una estadía relámpago de apenas 48 horas, antes de volar a Praga para sus próximos ensayos, el violinista pudo captar la esencia de la capital uruguaya.
Además de la belleza única y la historia del Teatro Solís, lo que más lo sorprendió fue su gente: “Me recibieron con mucha calidez acá en Montevideo. Tuve la oportunidad de recorrer la ciudad, aunque fuera brevemente. Ya se tratara de un mozo en un restaurante, de la organización de la orquesta o simplemente de personas a las que les pedí que me sacaran una foto frente a un monumento, ¡todos fueron amables, atentos y afectuosos!”.
Cicalese habría querido que ese compromiso con cada lugar que visita también se tradujera en una de sus habituales iniciativas solidarias: “Por lo general, cuando toco en una ciudad, ya sea en un recital o como solista, ofrezco al menos un concierto benéfico para hacer un aporte concreto a la comunidad”. Sin embargo, la convocatoria en Uruguay llegó a último momento y con una agenda muy ajustada. El joven violinista espera poder saldar esa cuenta pendiente en el futuro: “Espero volver a Montevideo, tocar nuevamente para el público del Teatro Solís y sumar conciertos benéficos para la ciudad”.
Para Andrea Cicalese, el escenario no es un pedestal. Si actuar en los templos de la música clásica representa un honor personal, es en los contextos de vulnerabilidad donde su papel adquiere una dimensión casi ética.

Andrea Cicalese nació en 2005.
“Tocar en la Filarmónica de Berlín es, sin duda, un gran honor y una satisfacción personal muy importante. Pero me pregunto qué impacto real puedo dejar en el público cuando quizá al día siguiente se presentan maestros como Sokolov o Argerich”, explica. Para el violinista, el verdadero giro emocional se produce cuando la música sale de los circuitos tradicionales: es allí donde “tengo la responsabilidad de lograr que se enamoren de una obra de arte que nunca escucharon”. Es un contacto humano irrepetible, porque “cuando uno toca en lugares llenos de personas que necesitan un concierto que les brinde belleza, percibe una emoción del público tal vez todavía más intensa. Eso es lo que realmente me llena de orgullo en mi profesión: haberles llevado alegría a quienes la necesitan”.
Entre los recuerdos más vívidos del artista no solo se encuentran los grandes aplausos, sino también los encuentros humanos surgidos a través de la enseñanza: “Puedo mencionar una clase magistral que dicté en Armenia y otra en el Líbano, donde conocí a estudiantes de enorme talento que crecieron con posibilidades económicas diferentes de las mías”. Cicalese define esa experiencia como “muy emocionante: enseñarles, hacerles preguntas y conocer mejor sus recorridos fueron momentos inolvidables que me formaron mucho como ser humano”.
En un mundo musical a menudo percibido como elitista, el mensaje que Cicalese elige transmitir no está dirigido al público “que asiste a un concierto para disfrutar apasionadamente de una obra de arte interpretada por un músico”, sino a sus propios colegas y a la nueva generación de artistas.
“La cultura, para quienes tenemos la suerte de acceder a ella, nunca debe utilizarse como un medio para ofender”, explica el violinista. “Si estamos frente a una persona que sabe menos de música o que nunca asistió a un concierto, en lugar de menospreciarla deberíamos invitarla a reflexionar, a escuchar y a comprender por qué vale la pena amar aquello que nosotros amamos tan profundamente. La cultura nunca debe ser un medio de ataque, sino solamente de defensa, si fuera necesario”, concluye Cicalese.