BUENOS AIRES – “Gracias por haber estado acá. Porque es gracias a ustedes, a sus comunidades, a su trabajo, que Buenos Aires se convirtió en la ciudad más linda del mundo”. Con estas palabras, Santos Gastón Juan, director general de Colectividades y Migrantes del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, cerró el domingo 17 de mayo la celebración Buenos Aires celebra Europa.

El evento, realizado sobre la Avenida de Mayo, fue un homenaje a las comunidades inmigrantes de origen europeo, desde Portugal hasta Ucrania, desde Galicia hasta Croacia, desde Francia hasta Irlanda. Y, por una cuestión numérica, Italia y España fueron las protagonistas principales.

Por Italia estuvieron presentes representantes del Comites, Fediba (Federación de asociaciones italianas de la capital), Feditalia (Federación de asociaciones italianas de toda la Argentina), Fedital (Federación de asociaciones de la circunscripción consular de Lomas de Zamora), Faca (Federación de asociaciones calabresas) y el Círculo Trentino de Buenos Aires, que a su vez recibió a la Asociación Nacional Alpina en Argentina.

Esta última llevó una pequeña colección de objetos, entre ellos las míticas botas con clavos que dieron origen a la canción Vecchio scarpone, cascos de la Primera Guerra Mundial y un sombrero “de larga pluma negra” —como dice otra famosa canción alpina— perteneciente al abuelo del subsecretario Gerardo Morales.

Sobre el escenario se presentó el cuerpo de baile de Radici, con un repertorio de tarantelas y otras danzas tradicionales.

La decisión de unificar a los países europeos en esta edición de Buenos Aires celebra respondió a motivos económicos y organizativos, explicó Gastón: “Por un lado, claramente, hay que controlar los gastos. Además, quisimos que los espacios estuvieran destinados a instituciones y asociaciones de cada país, sin stands gastronómicos ni restaurantes. Por eso el número de puestos se redujo y decidimos agrupar a los Estados europeos”.

La idea era dar visibilidad a las asociaciones y organizaciones que trabajan por las colectividades. “Porque los migrantes, en Argentina, no trajeron solamente recetas, sino también ideas políticas y filosóficas, habilidades profesionales y técnicas”, explicó.

Eso no significa que la comida no forme parte de la cultura y de la identidad. “Al contrario, es fundamental —dijo Gastón—. Pero preferimos dar espacio a otras expresiones culturales menos conocidas”.

Así, mientras en el escenario montado junto a Plaza de Mayo actuaban grupos de danzas tradicionales de las distintas comunidades, una carpa ubicada hacia Avenida 9 de Julio albergaba talleres culturales dedicados a la música, el cine, las artes visuales, las lenguas y los dialectos.

La intención, de todos modos, no era reivindicar un supuesto origen europeo de la población argentina tras años de una narrativa más indigenista, fortalecida durante los gobiernos de Cristina Kirchner. “Pero de ninguna manera —afirmó categóricamente—. La multiculturalidad de la Argentina es fascinante justamente porque África está presente en la lengua, empezando por la palabra tango, tanto como Italia. No hace falta distinguir entre buenos y malos, ni competir para determinar quiénes fueron los habitantes más antiguos. Es un debate sin sentido. Y si alguien cometió el error de polarizarlo en una dirección, nosotros no vamos a cometer el error opuesto”.

Buenos Aires es una ciudad que recibe a todos con los brazos abiertos, que disfruta de la diversidad cultural y que incorpora a su lenguaje palabras provenientes de distintos grupos lingüísticos. Basta pensar en el lunfardo: no exactamente un dialecto, sino un léxico que reúne términos italianos, genoveses, españoles, árabes, africanos y franceses.

“Buenos Aires no es la ciudad de la tolerancia, sino de la convivencia —afirmó Juan—. Se tolera aquello que molesta, pero se convive cuando se encuentran puntos en común y beneficios en estar juntos. Yo lo llamo el efecto conventillo”.

La referencia apunta a las viviendas populares donde se instalaron los primeros inmigrantes: patios rodeados de habitaciones ocupadas por familias enteras, con cocina y baño compartidos.

“Cuando los padres —italianos, españoles, rusos o judíos— iban a trabajar, dejaban a sus hijos al cuidado de una anciana de Cracovia. Y por la noche, en la cena, los chicos pedían el pan en polaco”, concluyó el director.

Quizás ese sea hoy el mayor desafío de Buenos Aires: conservar su identidad múltiple sin transformarla en una postal inmóvil. Porque la ciudad que alguna vez encontró en el encuentro entre culturas su mayor fortaleza corre ahora el riesgo de perder precisamente esa dimensión colectiva que la hacía única.

Las comunidades migrantes siguen resistiendo entre festivales, asociaciones, cocinas populares y memorias compartidas, aunque ellas mismas también evolucionan. Las nuevas generaciones tienen necesidades, intereses y características distintas, mientras que los espacios culturales parecen verse obligados a justificarse en términos económicos.

Y, sin embargo, alcanza con atravesar una fiesta barrial, escuchar una lengua desconocida en una plaza, acercarse y preguntar “¿de dónde son?”. O ver una bandera extranjera junto a la argentina. Entonces uno recuerda que ese mosaico no desapareció: sigue existiendo, diferente al de hace dos siglos, pero vivo en el tejido cotidiano de la “ciudad más linda del mundo”.