BUENOS AIRES — Detrás de la fachada monumental de uno de los palacios históricos más emblemáticos de Buenos Aires, sobre la avenida Alvear, avanzan los preparativos para recibir a León XIV.

Durante su visita apostólica a la Argentina, prevista del 8 al 11 de noviembre, el pontífice se alojará en la Nunciatura Apostólica, sede de la representación diplomática de la Santa Sede en el país.

La elección del Palacio Fernández Anchorena, en el barrio de Recoleta, tiene un significado que va más allá de su función diplomática. El edificio atesora más de un siglo de historia argentina y conserva un vínculo directo con las visitas papales anteriores.

Al mismo tiempo, su ubicación céntrica, sus características arquitectónicas y su valor histórico exigen una planificación cuidadosa de los traslados y de las medidas de protección del Santo Padre.

El palacio es uno de los pocos ejemplos que aún se conservan de las grandes residencias aristocráticas que caracterizaban esta zona de la capital a comienzos del siglo XX. Entre las curiosidades que guarda la Nunciatura Apostólica figura incluso una pintura que, según una leyenda, sería obra de Tintoretto, uno de los grandes maestros de la pintura veneciana del siglo XVI.

La atribución nunca fue confirmada y el cuadro sigue siendo uno de los pequeños misterios del palacio.

Su presencia remite, sin embargo, al rico patrimonio artístico de las familias patricias argentinas de fines del siglo XIX y comienzos del XX, cuando las grandes residencias porteñas albergaban colecciones de arte europeo. También da cuenta de ello el célebre cuadro de El Greco que se conserva en el Museo Nacional de Arte Decorativo de Buenos Aires.

En 1907, Juan Antonio Fernández Torres y su esposa, Rosa Irene de Anchorena Aguirre, encargaron la construcción al arquitecto francés Édouard Le Monnier.

El salón central del Palacio Fernández Anchorena, sede de la Nunciatura Apostólica, donde se alojará León XIV.

Con el paso de los años, el palacio quedó en manos de Adelia Harilaos de Olmos, una figura destacada de la beneficencia católica argentina, distinguida con el título de marquesa pontificia.

La propietaria decidió destinar la residencia a la Santa Sede y dispuso en su testamento que se convirtiera en la sede de la Nunciatura Apostólica en la Argentina.

El palacio también está ligado a un episodio de la historia política argentina: el encuentro de Adelia Harilaos de Olmos con Juan Domingo Perón y Eva Duarte.

En enero de 1948, la benefactora recibió en su residencia a la pareja presidencial, en un momento de especial tensión entre el peronismo y las élites tradicionalmente dedicadas a la beneficencia.

El año anterior, el gobierno había dispuesto la liquidación de la histórica Sociedad de Beneficencia, la organización que durante décadas había reunido a las mujeres de la alta sociedad porteña y que Adelia había presidido.

El encuentro representó un punto de contacto entre dos modelos de asistencia social: el de las instituciones benéficas tradicionales, vinculadas a la élite y a la Iglesia, y el que impulsaba Perón a través de una red de acciones destinadas a los sectores más vulnerables de la población.

El episodio suma un capítulo significativo a la historia del palacio, testigo tanto de las relaciones entre la Argentina y la Santa Sede como de los cambios políticos y sociales que atravesaron el país a mediados del siglo XX.

El valor histórico y arquitectónico del conjunto fue reconocido en 2002, cuando el palacio fue declarado Monumento Histórico Nacional. Esa condición exige especial cuidado en la conservación del edificio.

Los trabajos previos a la llegada de León XIV debieron compatibilizarse con la preservación de una construcción de comienzos del siglo XX, que no fue concebida para las necesidades logísticas y de seguridad de una visita papal.

Pese a estas dificultades, la Nunciatura ya recibió a un pontífice: Juan Pablo II se alojó en el palacio durante sus visitas de 1982 y 1987.

La primera fue en junio de 1982, durante la guerra de Malvinas, cuando el Papa polaco llegó a la Argentina en un momento especialmente delicado para el país. El 12 de junio saludó a los fieles reunidos frente al palacio, en una escena que quedó en la memoria colectiva.

Juan Pablo II regresó a la Argentina en abril de 1987, en un viaje que lo llevó a distintas provincias. También en esa ocasión, la residencia de la avenida Alvear fue su base durante la estadía en Buenos Aires.

Sin embargo, no faltan las dificultades operativas. El palacio es un edificio antiguo, integrado a un entorno urbano consolidado y situado sobre una de las avenidas más conocidas de la ciudad.

No es una estructura moderna diseñada para desplegar grandes operativos de seguridad, ni un predio aislado con amplios espacios al aire libre.

La cercanía de los edificios vecinos, con vistas al patio del palacio, la disposición de los accesos y la necesidad de preservar sus características arquitectónicas requieren una organización que contemple tanto la protección del pontífice como el ordenamiento del tránsito y la presencia de personas en las calles aledañas.

Precisamente, estas condiciones obligaron a evaluar con detenimiento las distintas alternativas logísticas para la estadía papal.

En una primera etapa se habían considerado otras opciones, antes de confirmar a la Nunciatura como residencia del Santo Padre.

La decisión final mantiene el vínculo con la tradición diplomática vaticana, aunque exige un trabajo de coordinación especialmente minucioso.

Con la llegada de León XIV, el palacio volverá a alojar a un pontífice en la capital argentina y reafirmará su lugar en la historia de las relaciones entre la Santa Sede y el país.