BUENOS AIRES – “Italia destina importantes recursos a difundir su lengua y su cultura en el exterior a través de escuelas reconocidas oficialmente, asociaciones y personal enviado desde el país. Pero ¿existe un equilibrio satisfactorio entre los fondos invertidos y los resultados obtenidos?”. La pregunta la plantea Giampiero Finocchiaro, quien entre 2017 y 2026 estuvo al frente de la Oficina de Educación del Consulado General en Buenos Aires.

De regreso en Palermo, donde antes de su misión en la Argentina había sido director de una escuela secundaria, Giampiero mantuvo durante estos meses vínculos muy estrechos con la ciudad en la que vivió durante casi una década y donde todavía se siente como en casa.

Fueron casi diez años dedicados a trabajar con la red de instituciones privadas incorporadas al sistema educativo italiano, pero también a respaldar la enseñanza de calidad del idioma como lengua extranjera en establecimientos públicos y privados de la Argentina.

El análisis de Finocchiaro aborda, en primer lugar, el envío de docentes contratados por el Estado italiano a escuelas públicas y privadas reconocidas oficialmente en otros países. Estos profesores dependen del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación Internacional, es decir, la Cancillería italiana. “Se trata de un modelo históricamente comprensible, surgido cuando era necesario garantizar a los hijos de los emigrantes el derecho a recibir una educación italiana”, afirma.

Sin embargo, el contexto actual cambió profundamente. “El costo para el Estado es elevado y el impacto real, inevitablemente limitado —observa—. Pequeños grupos de profesores no pueden, por sí solos, modificar la presencia cultural de Italia dentro de sistemas educativos complejos y competitivos”.

A esto, según el exresponsable, se suma una dificultad de la que rara vez se habla: “Un esquema contractual concebido para el contexto italiano se aplica en realidades muy diferentes, lo que genera rigideces organizativas y, en ocasiones, hasta una percepción poco dinámica de la ética laboral italiana”.

Finocchiaro señala además otra paradoja. “Los criterios de selección de las convocatorias ministeriales tienden a privilegiar a profesionales de mayor edad y trayectoria —dice—. Mientras tanto, miles de jóvenes italianos viajan por su cuenta a otros países, enseñan en escuelas de nuestro país, construyen vínculos culturales genuinos y terminan convirtiéndose, en los hechos, en verdaderos embajadores de nuestra lengua”.

Sin embargo, para el Estado estos profesores siguen siendo invisibles. Según Finocchiaro, con la misma inversión necesaria para sostener a diez docentes enviados por la Cancillería italiana, como ocurre en Buenos Aires, podría impulsarse un programa internacional inspirado en el modelo Erasmus y destinado a jóvenes universitarios recién graduados, seleccionados cuidadosamente.

“El costo de diez docentes enviados por la Cancillería italiana —explica— permitiría financiar estadías de formación y trabajo en el exterior para más de 160 jóvenes y multiplicar nuestra presencia cultural”. Al mismo tiempo, proyectaría la imagen de un cuerpo docente más joven y dinámico, con vocación de formar “ciudadanos del mundo”.

No obstante, el problema más profundo reside en la visión estratégica del sistema: desde hace demasiado tiempo se exporta de manera mecánica un esquema concebido para el territorio italiano y, por inercia administrativa, se reproducen modalidades del nivel secundario que muchas veces resultan poco adecuadas para el contexto internacional.

“En general, las familias no eligen una escuela italiana en el exterior porque ofrezca un liceo científico —una modalidad con fuerte presencia de matemática y ciencias— o uno orientado a las humanidades —aclara Finocchiaro—. La eligen porque es italiana”. El idioma, la cultura y la identidad simbólica constituyen su verdadero atractivo.

“Las orientaciones terminan siendo, muchas veces, simplemente ‘las que están disponibles’, entre otras razones porque una sola institución privada no puede sostener la diversidad de opciones de nuestro sistema educativo”. Se trata de una estructura integrada por escuelas secundarias con numerosas modalidades y por institutos técnicos y profesionales que, a menudo, ofrecen especializaciones muy específicas vinculadas con las actividades económicas de cada región, como la aeronáutica, la industria naval o la química.

Es allí donde debería intervenir una visión estratégica del Estado. “Si el ministerio sostiene económicamente a estas instituciones —dice Finocchiaro—, debería preguntarse qué trayectos son realmente coherentes con los objetivos de difusión de la lengua y la cultura italianas y con la función de diplomacia cultural que estas escuelas podrían desempeñar”.

En definitiva, el problema no es “abrir más escuelas” italianas fuera del país. “El problema es decidir qué idea de Italia queremos exportar”, sostiene. ¿Tiene sentido reproducir automáticamente modalidades que no se diferencian de las ya existentes en los países donde funcionan, sin ofrecer una identidad específica y reconocible?

A partir de sus casi diez años de trabajo en la Argentina, Finocchiaro señala que una evaluación rigurosa de los resultados de las pruebas de matemática en los exámenes de finalización del secundario probablemente abriría interrogantes relevantes sobre la calidad alcanzada en la asignatura central de muchos trayectos, comenzando por las escuelas italianas con orientación científica.

En el mundo, Italia no es identificada con la matemática ni con la química teórica, sino con el arte, el patrimonio cultural, la restauración, el diseño, la moda, la música, la creatividad y la belleza. “Sin embargo, justamente las modalidades más vinculadas con esta identidad siguen ocupando un lugar marginal —señala—. La orientación artística continúa siendo una excepción, cuando podría convertirse en un eje estratégico de la presencia cultural italiana”.

Queda, además, una última pregunta: ¿cómo construir un sistema capaz no solo de difundir la lengua y la cultura italianas, sino también de orientar a los egresados hacia las universidades del país y transformar la escuela en una verdadera herramienta de atracción cultural y académica?

“En el fondo, la cuestión no es cuánto gastamos en la presencia cultural italiana en el exterior —concluye Finocchiaro—. La pregunta es si todavía tenemos una visión suficientemente clara de la Italia que queremos representar en el mundo”.