BUENOS AIRES - “Nosotros le ofrecimos de inmediato a la OMS los kits para el diagnóstico rápido del Hantavirus. Cada análisis costaría unos 5 euros, pero nosotros se los habríamos regalado. El problema fue que, para cuando logramos contactarnos, el barco MV Hondius (donde se originó el brote infeccioso, ndr) ya había sido evacuado y los pasajeros distribuidos en distintos lugares”. Quien habla es Juan Bertoglio, médico internista e inmunólogo de la Universidad Austral de Chile, que desde hace más de treinta años participa en la clínica y la investigación del Hantavirus. 

“Ahora continuamos en estrecha colaboración para la disponibilidad de estos dispositivos”, agrega. 

De familia de origen piamontés (“pero toscano por parte de abuela”, se apresura a subrayar), Bertoglio es un referente en su país, donde no solo se ocupó la clínica de la enfermedad, sino que también se ocupa de investigación en el ámbito del diagnóstico y de las terapias precoces. 

Terminada la emergencia del barco Hondius, los ojos del mundo occidental ahora están puestos sobre una nueva alarma: el Ébola. 

Así, ya dejó atrás el miedo a una infección de la que, hasta hace un mes, ni siquiera había oído hablar, pero que en Sudamérica es endémica. Cada año, entre la Patagonia argentina y chilena, provoca alrededor de 150 casos con brotes autocontenidos, pero con una elevada mortalidad (36%), que solo puede reducirse con una intervención a tiempo. 

Por eso en Chile se trabaja desde hace años en la elaboración de kits para un diagnóstico cada vez más precoz y en protocolos para combatir eficazmente la infección en sus etapas iniciales. 

El primer encuentro entre Bertoglio y el Hantavirus se remonta a 1993, cuando estaba al frente del departamento de Medicina Interna del hospital regional John F. Kennedy de Valdivia, en el sur de Chile. A su unidad de terapia intensiva llegó una mujer de 54 años (que lamentablemente murió), seguida por su marido y otro miembro de la familia (que, en cambio, lograron recuperarse).  

“Los tres —cuenta Bertoglio— presentaban un cuadro clínico desconocido y muy severo, que resultó ser el hoy llamado síndrome cardiopulmonar por Hantavirus Andes”. Es decir, un grave estado inflamatorio que afecta al sistema cardiorrespiratorio. 

Luego, en esos meses y en dos lugares muy cercanos, se presentaron varios otros casos igualmente graves. 

Entonces no se conocía la enfermedad, cuyo vector natural es el ratón colilargo (Olygoryzomis longicaudatus, un roedor silvestre), ni la posibilidad de transmisión al ser humano de la cepa viral Andes a través de éste. 

Bertoglio y su equipo sospecharon de inmediato que se trataba de “una nueva infección viral que debía ser observada con mucha atención, estudiada, clasificada y para la cual se debía protocolizar el manejo en todos los nodos de nuestra red sanitaria”. 

En 1995, y luego en 1996 y 1997, se presentaron otros casos en dos localidades fronterizas, a ambos lados de la Cordillera de los Andes. En Argentina el genoma viral fue identificado en 1996 como una nueva cepa de Hantavirus: distinta de las conocidas hasta entonces en el hemisferio norte, pero idéntica a la chilena. 

La del Hantavirus es, de hecho, una familia que no se limita a Sudamérica, sino que comprende unas 50 especies distribuidas en todo el planeta, de las cuales al menos treinta son patógenas. 

“En Sudamérica, sin embargo, y solo aquí, se encuentra la cepa Andes, la del brote del buque —explica Bertoglio—. El virus fue descubierto en 1950 en Corea del Sur, a orillas del río Hantaan, durante la guerra, cuando tres mil soldados estadounidenses fueron infectados con la cepa local, la Seoul, que provoca un síndrome renal con una letalidad del 11%. Todavía hoy no sabemos cuándo, desde dónde ni cómo esta especie llegó a nuestra región patagónica”. 

En Chile, en los años noventa, se formó rápidamente una red de centros clínicos y de investigación dedicados al estudio de este nuevo agente patógeno. “Era un deber profesional y ético —subraya Bertoglio—. Los casos siempre fueron pocos, pero altamente letales. Pero también era una investigación de gran interés científico, clínico y epidemiológico, dado que en el país nunca habíamos visto nada semejante”. 

Hoy en el territorio chileno opera una red de centros de referencia diagnóstica y tratamiento especializado, a la que se suman siete centros de investigación público-privados que se han dividido las tareas (desde el estudio de las poblaciones de roedores hasta la producción de kits diagnósticos, elaboración de protocolos terapéuticos), para no desperdiciar recursos. Trabajan en estrecho contacto con universidades de todo el mundo, desde Corea, Australia hasta Canadá, USA, Alemania y Países Bajos. 

Bertoglio, convertido entretanto en director del Hospital Base de Valdivia y de la Red Asistencial de la Región de Los Ríos, fue también referente local del Ministerio de Salud para la confirmación de los casos clínicos y de los contactos. Actualmente, trabaja en colaboración con el Laboratorio de Biología Molecular de la Facultad de Medicina de la Universidad Austral en el desarrollo, distribución y uso del test de anticuerpos y de antígeno para el diagnóstico rápido y nanoanticuerpos neutralizantes. 

“Una gota de sangre, o de saliva sobre un reactivo —dice— y después de pocos minutos, si es positivo, aparece una franja roja, como en un test de embarazo”. Estos kits, cuya distribución será autorizada dentro de pocas semanas, permiten el diagnóstico precoz apenas 3-4 días después de la infección. 

“Mientras que ya están disponibles en el mercado los test basados en anticuerpos, que funcionan a los 5-6 días de la infección”, añade. Para entendernos, se trata de los kits diagnósticos ofrecidos a la OMS. 

El diagnóstico precoz es fundamental para evitar las complicaciones y, por lo tanto, la muerte. En Argentina, con alrededor de 50 millones de habitantes, en 2025 se registraron 102 casos (con 28 muertes). En Chile (20 millones de habitantes y menos de la mitad del territorio), los casos reportados fueron 44 (con 8 fallecidos). La letalidad desciende del 40 al 16% si se interviene con diagnóstico y tratamiento precoces. 

Advierte Bertoglio, no sin una punta de orgullo: “Quienes se enferman, al menos en Chile, casi nunca son los locales, desde hace tiempo informados y capacitados para limitar los comportamientos de riesgo y la frecuentación de ambientes de posible contaminación”. Es decir, los basurales y las zonas periféricas de los centros urbanos, donde el roedor, debido a la destrucción de su ambiente natural, se desplaza en busca de alimento. Allí deposita sus excreciones que, si se concentran en grandes cantidades, pueden provocar la infección por inhalación de partículas suspendidas en el aire. 

El basural es un lugar más favorable para los contagios que los bosques, dado que la abundancia de comida creada por los residuos tiende a atraer a los roedores y aumentar su concentración. “Sin embargo, aquí ni siquiera los trabajadores que se ocupan de la recolección de basura se enferman —añade—. Porque están informados y utilizan elementos de protección”. 

A este respecto, vale la pena recordar que las ratas comunes que se encuentran en las grandes ciudades alejadas de la Patagonia, como la propia Buenos Aires, no son vectores de este virus. 

También hay que decir que el Hantavirus, como la mayor parte de los agentes patógenos con elevada mortalidad, no es muy infeccioso. Al contrario, por ejemplo, del Covid, que sí es poco letal, pero altamente contagioso. Son estrategias evolutivas de autoconservación del virus, que para reproducirse necesita huéspedes y, por lo tanto, no tiene interés en exterminar poblaciones enteras. 

El porcentaje de mortalidad del 35-40% también se repitió en el barco MV Hondius, donde la intervención no fue oportuna —dice el médico—. Están particularmente en riesgo las personas que sufren enfermedades cardiocirculatorias o diabetes, dado que la complicación más grave es un síndrome cardiopulmonar de tipo inflamatorio”. 

Identificar a estos sujetos de riesgo e intervenir oportunamente es, por lo tanto, fundamental. “No sirven las terapias intensivas clásicas —explica Bertoglio—. El paciente debe ser derivado a un centro ECMO, donde se realiza la oxigenación extracorpórea de la sangre, mientras se espera que el sistema respiratorio vuelva a funcionar. En caso de síndrome cardiopulmonar, con los capilares pulmonares ya cerrados por la inflamación, el casco y la intubación no mejoran la situación, exactamente como ocurría con el Covid”. 

En los días de la emergencia, algunos virólogos italianos pidieron cuarentenas de 45-50 días para los contactos asintomáticos. ¿Tienen sentido o son inútilmente punitivas? “Diría que pueden evitarse —responde—. Cuando la infección efectivamente se produjo, incluso con baja carga viral y el sujeto está asintomático, la búsqueda de anticuerpos mediante un test Elisa, o de antígenos mediante una PCR, detecta la presencia del virus con mucha precisión. Bastaría realizar estos tests día por medio y durante un máximo de diez días, sin necesidad de aislar a la persona durante semanas”. 

También había dos pasajeros chilenos en ese crucero. “Regresaron al país y fueron enviados a sus casas con medidas higiénicas básicas, los exámenes que acabo de describir y la obligación de avisar en caso de aparición de síntomas —cuenta Bertoglio—. Ninguno de los dos dio positivo”. Los casos confirmados de infección por laboratorio permanecieron en 5, ocurridos además simultáneamente y no en secuencia, “lo que indicaría que las personas se contagiaron todas juntas en el mismo lugar”. Y no unas de otras. 

Existe también una vacuna para la cepa coreana y acá en Chile, una experimental para la cepa Andes. “Pero no se vacuna a la población general contra un virus que afecta a pocas personas cada año —dice—. Los riesgos son superiores a los beneficios. No hay razón para ocupar el sistema inmunitario de millones de personas produciendo inmunidad para un agente infeccioso con el que, salvo algunos trabajadores agrícolas o forestales, nunca entrarán en contacto”. 

Esta vacuna natural aún en fase de estudio en Chile y desarrollada por Dr. Nicole Tischler (viróloga molecular de la Universidad San Sebastián), utiliza proteínas del virus vacío (sin su material genómico), por lo tanto, estimula la respuesta inmunitaria, pero está imposibilitado a provocar la enfermedad. 

“Con este inmunógeno, vacunamos con excelentes resultados a nuestras alpacas, induciendo una muy potente respuesta inmunitaria —explica Bertoglio—. Sin ningún sufrimiento, estos animales producen nanoanticuerpos”. Anticuerpos de dimensiones diminutas (una millonésima de milímetro), que atacan al virus en cientos de puntos diana diferentes y que, por lo tanto, mantienen su eficacia incluso si el agente patógeno mutara. 

“Esta investigación no plantea problemas éticos —subraya el médico—. Las alpacas no se enferman ni sufren; al contrario, pasan los días pastando hierba, observadas por niños fascinados que visitan el centro con la escuela. Nosotros, a cambio de alimento y alojamiento, nos limitamos a extraer pequeñas cantidades de sangre que, en un futuro próximo, podrán evitar muchas muertes”. 

La tecnología de los nanoanticuerpos también podrá aplicarse a otras enfermedades. Por ejemplo, para transportar fármacos a tejidos difíciles de alcanzar. Sin los problemas surgidos con la introducción de las vacunas de mRNA, de escasa aceptación por parte de la población y sin los problemas de seguridad y eficacia que están emergiendo. 

Mientras tanto, en Argentina comenzó una misión del Instituto Malbrán para evaluar si el brote del barco Hondius realmente partió de Ushuaia, en el extremo sur del país, donde el crucero había hecho escala. 

“Es importante estudiar todas las variables de ese foco de contagio, realizando muestreos sobre el terreno y completando los análisis en laboratorio —observa Bertoglio—. Estoy convencido de que las conclusiones de los colegas contribuirán a la gestión sanitaria y ambiental del foco, con un gran avance en el conocimiento de las causas, modalidades, mecanismos de contagio y estabilidad genómica de este virus, de la combinación de variables para su transmisibilidad y de la optimización de la gestión integral de este problema”. 

Permanece abierta la gran interrogante de la transmisibilidad interhumana de la cepa Andes, que muchos consideran cierta pero que, para Bertoglio y otros científicos, todavía debe demostrarse. 

“En cada brote específico debemos entender si las personas que se enferman todas juntas lo hacen a raíz de un contacto entre ellas —explica— o si se trata de una infección adquirida simultáneamente por individuos que estaban en el mismo lugar, manipularon los mismos objetos y estuvieron en contacto con el mismo vector”. 

En el caso del barco Hondius, todavía no se han publicado los datos que permitirían reconstruir los lugares exactos visitados, el trayecto, los tiempos de aparición de los síntomas, las secuencias y la forma de contacto entre las cinco personas confirmadamente contagiadas. “Cuando tengamos esta información de la OMS, entonces podremos conocer la respuesta”, afirma Bertoglio. 

Juan Bertoglio no oculta una vena polémica hacia la Organización Mundial de la Salud. “Confieso que personalmente tuve divergencias durante la pandemia de Covid —revela— y mantengo objeciones a la actual propuesta de política pandémica. Creo que, para la gestión epidemiológica endémica, como en el caso del Hantavirus Andes, así como para gran parte de la gestión pandémica, no es necesaria la injerencia local de este organismo, cuyas directrices deberían ser siempre orientativas, referenciales y de cooperación, pero no obligatorias. Ningún país independiente y democrático debería renunciar, ceder o transferir su soberanía sanitaria a una entidad supranacional”.