BUENOS AIRES – “Acabamos de terminar los ensayos. No nos conocíamos, pero enseguida encontramos una gran conexión. Son todos músicos excelentes”. Así describe Max Gazzé sus primeras horas en Buenos Aires y el encuentro con los integrantes del Ensamble Sin Fin.

Junto a ellos será protagonista de Musicae Loci, el espectáculo que el Consulado General de Italia en Buenos Aires ofrecerá mañana, 5 de junio, en el Teatro Coliseo, en el marco de las celebraciones por la Fiesta de la República Italiana.

“Encontramos rápidamente una sintonía muy especial –cuenta con entusiasmo–. Tocaron canciones de mi repertorio con sus propios instrumentos, como el bandoneón y los violines, aportando su sensibilidad y su manera de interpretar”.

¿El resultado? “Hermoso –asegura–. Aunque mi música está más cerca del rock y del progresivo, estos colegas, que vienen del universo del tango, supieron apropiarse de mis canciones y llevarlas a su lenguaje”.

Sus palabras sintetizan el espíritu del espectáculo, que forma parte de un proyecto que desarrolla desde hace tres años: Musicae Loci.

El nombre, en latín, significa “músicas del lugar” y propone tocar junto a orquestas de distintas regiones para rescatar la identidad de las expresiones populares y poner en valor los instrumentos tradicionales. Por eso, en el escenario del Coliseo, las composiciones del cantautor italiano convivirán con clásicos de la cultura rioplatense como Vuelvo al Sur, Mi Buenos Aires querido y Volver.

“He trabajado –explica– con orquestas de Apulia, Calabria, Cerdeña, Sicilia, Abruzzo, Emilia-Romaña, Valle de Aosta... Cada una tenía una identidad musical propia, una raíz de la que nutrirse para crear música con instrumentos muy particulares. El desafío consistía en adaptar mis composiciones a esos sonidos. Al mismo tiempo, yo me integraba a esa cultura musical interpretando canciones tradicionales”. Desde el saltarello de Abruzzo y Molise hasta la tarantela salentina.

La respuesta del público fue inmediata. “Noté –afirma– que cuanto más se ofrece música artificial, producida con instrumentos electrónicos, más necesidad tiene la gente de experimentar y percibir la autenticidad”.

Y esa autenticidad está ligada a los materiales, a la singularidad de instrumentos ancestrales como la cornamusa, el fiscaletto siciliano o el organetto. “Son instrumentos olvidados que poseen armónicos maravillosos, un sonido orgánico, biodinámico”, señala.

Para Gazzé, la música de cada región está profundamente condicionada por el territorio, el clima, las materias primas disponibles y también por las lenguas y dialectos.

“Con la inteligencia artificial apretás un botón y en un minuto hacés una canción –observa–. Cuadrada, perfecta, limpia. Pero el público aprecia lo imperfecto. Sí, aquello que tiene pequeñas irregularidades. El tiempo no puede estar completamente cuantizado dentro de una grilla euclidiana de líneas rectas y medidas perfectamente alineadas. Tocar y cantar siempre implica intentar acercarse a los sonidos de la naturaleza”. El movimiento de las hojas, las olas del mar o el canto de los pájaros.

“En el mundo no hay nada perfectamente cuadrado, salvo donde el ser humano impuso sus propias estructuras –continúa–. Capturó el cielo con una red y empezó a medir cada cuadradito. El tiempo no puede encerrarse en algo absolutamente rígido. Basta comparar a un percusionista sudamericano con uno africano: son universos distintos. Tal vez, cuando tocan juntos, aparecen ciertas imprecisiones porque cada uno tiene su propio movimiento. Pero justamente eso es lo que debemos preservar”.

Max Gazzé.

Musicae Loci busca proteger el legado de músicos que dedicaron toda su vida a dominar un instrumento. En Argentina, menciona a Astor Piazzolla y el bandoneón; en Italia, a Ambrogio Sparagna y el organetto.

“Hay un patrimonio enorme de estudio, técnicas, conocimientos y experimentación que no puede ser arrasado por un simple prompt digital capaz de reproducir sonidos”, subraya.

El artista también cuenta que mandó construir instrumentos afinados en 432 Hertz, la frecuencia que se utilizaba en Italia a fines del siglo XIX, la misma de Giuseppe Verdi.

“En los años treinta se decidió fijar el La de referencia en 440 Hertz y se perdieron muchos armónicos –explica–. Un sonido afinado en 432 Hertz tiene una caída más lenta que uno en 440, por lo que genera más armónicos dentro del mismo espacio gracias a su mayor persistencia. Esa frecuencia contiene más información y ofrece más posibilidades de mezclarse con las de otros instrumentos que están sonando al mismo tiempo”.

La conversación deriva inevitablemente hacia sus comienzos, a mediados de los años noventa, cuando junto a Daniele Silvestri y Niccolò Fabi impulsó una renovación de la canción de autor italiana comparable a la que décadas antes habían protagonizado figuras como Lucio Dalla, Francesco De Gregori, Francesco Guccini, Roberto Vecchioni y Antonello Venditti.

“Sin el respaldo de una compañía discográfica, empezamos a tocar en un lugar de Roma llamado Il Locale –recuerda con nostalgia–. Se había convertido en un punto de encuentro para músicos, actores, pintores y directores de cine”.

Por entonces predominaba la idea de que la música podía derribar fronteras, acercar a los pueblos y construir un lenguaje común de paz. Una etapa que tuvo uno de sus símbolos en el Live Aid de Londres, en 1985, el multitudinario recital organizado por Bob Geldof para recaudar fondos destinados a combatir la hambruna en Etiopía.

Hoy, en cambio, observa con preocupación que artistas de determinadas nacionalidades encuentran obstáculos para cantar, dirigir orquestas o exhibir sus obras en festivales internacionales.

“Eso es gravísimo, estamos avanzando hacia una deriva muy peligrosa –afirma sin dudar–. Lo mismo ocurre en el deporte: ¿por qué los tenistas rusos tienen que competir sin bandera? ¿Por qué siempre hay que declarar una posición política? Si voy a un restaurante quiero comer bien, no le pregunto al chef si es de derecha o de izquierda. Yo hago música para el alma de las personas, no para una militancia política”. Ni, agrega, para los círculos de favoritismos.

Aclara, sin embargo, que eso no implica indiferencia frente a los conflictos actuales. “En momentos dramáticos como los que se viven en Medio Oriente no se puede aceptar lo que sucede y quedarse callado –concluye–. Y lo digo como alguien que estudió el judaísmo y las escrituras. Precisamente por eso no entiendo cómo el gobierno de Netanyahu puede ofender toda una tradición judía basada en la paz y la justicia social”.