MÓDENA – Francesco Guccini murió a los 86 años en su casa de Pàvana, en los Apeninos tosco-emilianos, acompañado por su esposa Raffaella, su hija Teresa y otros familiares.
El funeral se realizará de manera estrictamente privada, mientras que para septiembre está prevista una ceremonia conmemorativa abierta al público.
Con el Maestrone desaparece uno de los protagonistas más importantes de la canción de autor de la península, capaz de describir en sus composiciones más de medio siglo de historia.
“Otro día se fue, su música terminó”, había escrito en uno de sus temas más famosos, que hoy parece acompañar el cierre de una vida dedicada precisamente a cantar el paso inexorable del tiempo, que consume a las personas y modifica las ciudades, aleja a los amigos y transforma las pasiones juveniles en recuerdos.
A lo largo de su extensa carrera escribió “sobre el amor, la muerte y otras tonterías”, como señala el título de uno de sus discos más célebres, publicado en 1996. Y detrás de esas aparentes trivialidades relató la búsqueda del sentido de la existencia, al abordar en sus versos “la ansiedad vulgar del día siguiente, el triste final del partido, el lento transcurrir sin rumbo de esta cosa que llamás vida”.
Sus canciones avanzaban mediante preguntas, imágenes cotidianas y provocaciones. “Querida amiga, el tiempo quita, el tiempo da”, pensaba mientras se balanceaba en un vagón, consciente de que “corremos siempre en una dirección, pero cuál es y qué sentido tiene, quién sabe”.
El recorrido de Guccini había comenzado en Módena el 14 de junio de 1940, aunque pasó una parte importante de su infancia en Pàvana, en la provincia de Pistoia, el pueblo de su familia materna, donde el molino de sus abuelos, el dialecto y los relatos de los mayores alimentarían durante décadas su imaginación y su manera de observar el mundo.
También fueron fundamentales en su producción los años que vivió en Bolonia, donde cursó la carrera de Letras, aunque nunca llegó a recibirse. La ciudad, definida por él como una “París menor” en una composición de 1981, era el lugar de las tabernas, los estudiantes, las discusiones políticas, los encuentros y las noches bohemias.
Antes de alcanzar la fama trabajó como cronista y docente, además de tocar en algunas bandas juveniles, y el reconocimiento le llegó inicialmente como autor de piezas interpretadas por otros artistas.
I Nomadi, Equipe 84 y Caterina Caselli acercaron al público temas como Auschwitz, Dio è morto, Per fare un uomo y Noi non ci saremo. En marzo de 1967 publicó su primer álbum, Folk Beat n. 1, con el que inició un camino que lo convertiría en uno de los cantautores más escuchados durante la época de las grandes protestas estudiantiles.
Caterina Caselli, que por entonces ya era una cantante consagrada, tuvo un papel decisivo para que Guccini también fuera conocido como intérprete. El 1º de mayo de 1967 lo invitó a Diamoci del tu, el programa televisivo que conducía junto con Giorgio Gaber, donde Francesco —joven, mal vestido y todavía sin barba— interpretó Auschwitz acompañado por su guitarra. Aquella aparición marcó su debut ante la audiencia de la televisión nacional.
Las “tabernas de las afueras” constituían uno de los espacios centrales de su universo. En la canción de 1974 contaba que esos locales habían permanecido abiertos, pero los hombres que los frecuentaban habían desaparecido o abandonado las pasiones de su juventud.
“Algunos se fueron por la edad, otros porque ya son doctores y persiguen la madurez, se casaron o hacen carrera, y es una muerte un poco peor”, escribió al retratar no solo el final de una generación, sino también la rendición de quienes, al convertirse en adultos, dejan de reconocerse en sus antiguos sueños e ideales.
Sus composiciones están pobladas de personajes, relatos, paisajes, recuerdos e interrogantes. En sus conciertos, que solían ser muy extensos, alternaba con gusto la guitarra y el vino, así como la música y los largos monólogos, chistes, divagaciones e intermedios casi humorísticos, como su dedicatoria a “los higos” o su reinterpretación satírica del Génesis.
Con discos como Radici (1972), Stanze di vita quotidiana (1974), Via Paolo Fabbri 43 (1976) y Amerigo (1978), Guccini definió una poética inmediatamente reconocible y única, en la que unió la balada popular y el folk con la canción de autor.
La locomotiva (1972) narraba el espíritu de rebelión “contra reyes y tiranos”; Auschwitz (1966) ponía en boca de un niño asesinado en un campo de concentración una pregunta sobre el horror del exterminio nazi; Dio è morto (1967) expresaba la crisis de las certezas y la esperanza de una generación; Piccola città (1972), su vínculo con Módena, y L’avvelenata (1976), su enojo con algunos críticos y colegas músicos.
“Yo canto cuando puedo, como puedo, cuando tengo ganas, sin aplausos ni silbidos”, afirmaba al reivindicar la pasión como único motor de su música. También sostenía que, aun si hubiera conocido de antemano las consecuencias y las críticas, habría elegido siempre el mismo camino: “Me gusta hacer canciones y tomar vino, me gusta armar lío y, además, nací tonto”.
Guccini, sin embargo, no aceptaba quedar reducido al papel de portavoz de un sector político o de una generación. Desconfiaba de las fórmulas, de las pertenencias convertidas en jaulas y de las verdades absolutas. “Que cada uno vaya adonde quiera ir, que cada uno envejezca como le parezca, pero no me vengas a contar qué es la libertad”, advertía.
Podía dirigirse en una misma pieza a los religiosos y los materialistas, a los conformistas y los supuestos revolucionarios, mientras rechazaba las certezas de quienes pretendían explicarlo todo. “Quédense con las bellotas, déjenme las alas”, afirmaba en Cirano (1996).
En sus canciones de amor sabía mostrar una ternura casi desarmada. “Quisiera quedarme para siempre en un solo lugar para escuchar el sonido de tu voz y contemplar, sorprendido, el impulso, la gracia, el vuelo implícitos en tu simple manera de caminar”, le escribió a su compañera Raffaella Zuccari, el amor de su madurez, con quien se casó en 2011, cuando él tenía 71 años y ella poco más de 40. El tema, Vorrei, confiaba al sentimiento el deseo imposible de “que el hoy siguiera siendo hoy sin un mañana, o que el mañana pudiera extenderse hasta el infinito”.
Para Guccini, la memoria era un terreno de confrontación, en ocasiones doloroso, con aquello que había sido y nunca volvería. En Lettera (1996) añoraba “los amigos perdidos, los libros devorados, la simple alegría de los apetitos, la sana sed de quienes estaban sedientos, la fe ciega en pobres mitos”, consciente de que también para él se acercaba el “triste final del partido”.
En 2012, después de grabar L’ultima Thule en el molino de Pàvana que había pertenecido a sus abuelos, Guccini comunicó su intención de abandonar la profesión de cantautor. Sin embargo, diez años más tarde regresó inesperadamente con Canzoni da intorto, al que siguió en 2023 Canzoni da osteria, dos recopilaciones en las que recuperó cantos populares y piezas pertenecientes a su propia memoria musical.
Su producción literaria merece una mención especial, porque Guccini fue un auténtico escritor y no solamente un cantautor volcado a la narrativa. En 1989 publicó con Feltrinelli Cròniche epafàniche, una obra dedicada al mundo de Pàvana, sus habitantes y la lengua de los Apeninos. Luego llegaron, entre otros libros, Vacca d’un cane (Feltrinelli, 1993), Cittanòva Blues (Mondadori, 2003) y Tralummescuro (Giunti, 2019), que en 2020 quedó entre los cinco finalistas del Premio Campiello.
Guccini construyó además una extensa sociedad creativa con el escritor Loriano Macchiavelli, iniciada con Macaronì. Romanzo di santi e delinquenti, publicado por Mondadori en 1997, y continuada con numerosas novelas policiales ambientadas principalmente en los Apeninos.
Los dos autores crearon al suboficial Benedetto Santovito y transformaron la investigación policial en una herramienta para narrar la montaña, la guerra, la Resistencia, los abusos del poder y los secretos guardados por las pequeñas comunidades.
Incluso frente a la muerte había elegido la ironía. Ahora sabrá si tenía razón cuando, en 1983, sostenía que “si algún día morimos, aunque eso no es seguro, tendremos un paraíso hecho a medida, totalmente parecido al bar de siempre, pero donde la bebida será gratis y no hará daño”.