BUENOS AIRES / BRASILIA - La crisis diplomática entre la Argentina y Brasil, que viene incubándose desde fines de julio, dio ayer un salto de escala. El gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva resolvió que su embajador en Buenos Aires, Julio Bitelli, no vuelva a ocupar su puesto, y pidió además el regreso a Buenos Aires del embajador argentino en Brasilia, Daniel Raimondi. De ahora en más, y en ambas capitales, el vínculo entre los dos países quedará a cargo de un encargado de negocios, un funcionario de rango inferior al de un embajador de carrera.
La decisión, que según reconstruyeron distintos medios brasileños y argentinos fue comunicada por el canciller Mauro Vieira al propio Raimondi cuando lo convocó a Itamaraty, no equivale a una ruptura de relaciones diplomáticas: los servicios consulares y la actividad comercial de ambas embajadas seguirán funcionando con normalidad.
Pero sí representa, según coincidieron fuentes de Itamaraty citadas por distintos medios, algo sin precedentes en el vínculo entre ambos países, socios centrales del Mercosur y con una frontera compartida que exige un diálogo permanente entre sus cancillerías.
Una fuente de Itamaraty explicó a varios medios de la región que la paciencia del gobierno brasileño se agotó tras una nueva serie de agresiones de Milei, la tercera desde el domingo, y que la rebaja del vínculo se mantendrá vigente mientras esa situación no cambie.
La misma fuente aclaró que no se trata técnicamente de un “retiro” del embajador —maniobra que en la práctica diplomática suele leerse como antesala de una ruptura—, sino de una suspensión temporal de su regreso mientras Brasilia define los pasos siguientes.
El detonante inmediato fue una entrevista que el presidente argentino dio el domingo al canal LN+, en la que volvió a referirse a Lula en los mismos términos que había usado semanas atrás en San Pablo. Milei repitió que el mandatario brasileño es un “ladrón” y un “corrupto” y ratificó las acusaciones que había lanzado el 25 de julio en la convención del Partido Liberal, el acto en el que Flávio Bolsonaro —hijo del expresidente Jair Bolsonaro— fue consagrado candidato presidencial de la coalición de derecha para las elecciones brasileñas del 4 de octubre.
Aquel discurso en San Pablo había sido, hasta ahora, el punto más alto de la tensión bilateral. Durante una intervención de unos veinticinco minutos, Milei calificó a Lula de “ladrón” y “presidiario” sin nombrarlo directamente, y fue más allá con el juez de la Corte Suprema brasileña (el Supremo Tribunal Federal), Alexandre de Moraes, a quien llamó despectivamente “basura calva”.
La ofensa hacia el magistrado no fue casual: de Moraes había endurecido semanas antes las restricciones que pesan sobre Jair Bolsonaro —condenado por su rol en el intento de desconocer el resultado electoral de 2022 y bajo arresto domiciliario por motivos de salud— y le había bloqueado a Milei la posibilidad de visitarlo en su residencia.
El propio presidente del Supremo Tribunal Federal, Luiz Edson Fachin, respondió horas después con un comunicado en nombre de la Corte. Definió los dichos de Milei como “una referencia irrespetuosa hacia un magistrado de la Corte más alta del país”, formulada además en suelo brasileño, y agregó que ese tipo de manifestaciones “son incompatibles con la civilidad que debe caracterizar las relaciones entre los Estados”.
Lula, por su parte, había restado importancia al episodio con ironía: consultado por la prensa sobre los dichos de Milei, respondió apenas “¿Quién es ese tipo?”, y más tarde calificó la intervención del argentino en el acto de Bolsonaro como una “payasada”.
Milei sumó además una acusación que hasta el momento no fue confirmada por ninguna fuente oficial brasileña: sostuvo que Brasil financió una cuarta parte de una supuesta campaña “antiargentina” en redes sociales durante el pasado Mundial de fútbol. Se trata, por ahora, de una afirmación unilateral del mandatario argentino, sin respaldo documental conocido.
Aquel primer round de julio ya había generado una respuesta oficial de Brasilia: Itamaraty llamó entonces a consultas al embajador Bitelli y le entregó una protesta formal a Raimondi. Durante unos días pareció haber una tregua, mientras los partidos brasileños completaban sus convenciones y cerraban candidaturas de cara a los comicios: la campaña electoral formal, con propaganda en la vía pública y en los medios, recién arranca el 16 de agosto.
Pero la insistencia de Milei en sus críticas —ahora en una entrevista televisiva y no ya en un acto político en Brasil— terminó de convencer al gobierno de Lula de dar el paso que había evitado hasta entonces.
La respuesta de la Cancillería argentina llegó horas después, pasadas las once de la noche del martes, en un comunicado en el que “toma nota” de la decisión “unilateral” de Brasil y cuestiona la voluntad del país vecino de “seguir aislándose del resto de la región por cuestiones puramente ideológicas”.
El texto oficial recuerda que en los últimos años se produjeron “numerosos episodios” de respaldos políticos cruzados entre dirigentes de ambos países y remarca que, en todos los casos, la Argentina optó por no convertirlos en un incidente diplomático: “Nunca respondimos a una acusación política con una medida institucional”, sostiene la nota, que reivindica ese criterio como la política vigente del gobierno de Milei.
La Cancillería agregó que las relaciones entre los Estados deben responder a los intereses permanentes de sus pueblos y no quedar subordinadas a las necesidades políticas o personales de los gobernantes de turno, y cierra afirmando que la política exterior argentina seguirá guiada exclusivamente por la defensa del interés nacional, la soberanía y el mandato que le confirió el electorado argentino.
— Cancillería Argentina 🇦🇷 (@Cancilleria_Ar) August 5, 2026
El trasfondo de la crisis excede lo personal entre los dos mandatarios. Brasil atraviesa además una tensión propia con el gobierno de Donald Trump —aliado tanto de Bolsonaro como de Milei—, que impuso aranceles y sanciones que Brasilia interpretó como intentos de injerencia política.
En ese contexto, la irrupción de un presidente extranjero respaldando abiertamente al candidato de la oposición brasileña, apenas dos meses antes de una elección presidencial, fue leída en Brasilia como una provocación de otro calibre. Voceros del oficialismo brasileño llegaron a decir que Milei “ofendió a dos poderes, al pueblo y a la democracia brasileños” y que su discurso mostró que no está “a la altura del cargo que ocupa”.