GÈNOVA — La historia arranca, como tantas otras del Río de la Plata, en los barcos. Entre fines del siglo XIX y buena parte del XX, alrededor de tres millones de italianos cruzaron el Atlántico rumbo a la Argentina escapando de la pobreza rural del sur y del norte de la península.
Vinieron buscando un trabajo, un futuro. Pero hicieros más que eso. También trajeron, sin saberlo, la semilla de tres de los clubes más grandes del país. River Plate se fundó en 1901 con la participación de Enrique Zanni, Enrique Salvarezza, Bernardo Messina y Livio Ratto. Boca Juniors nació en 1905 de la mano de Esteban Baglietto, Santiago Sana, Alfredo Scarpati y los hermanos Farenga. Y San Lorenzo se armó en 1908 alrededor del cura Lorenzo Massa, junto a Antonio Scaramusso y los hermanos Monti.
Esa huella demográfica sigue viva: hoy la Argentina reúne a cerca de 990 mil inscriptos en el Anagrafe degli Italiani Residenti all'Estero (AIRE), la comunidad italiana más grande fuera de Italia, según el último informe de la Fondazione Migrantes.
Pero el vínculo futbolero entre los dos países no fue solo de acá para allá. Tiene, además, un capítulo bastante más oscuro y menos conocido que el de los clubes fundacionales: el de los “oriundi”. En el Mundial de 1934, organizado por la Italia de Mussolini, la Azzurra se coronó campeona con cuatro argentinos en la cancha —Luis Monti, Raimundo Orsi, Enrique Guaita y Attilio Demaría—, nacionalizados italianos por derecho de sangre y de apuro, sin cumplir siquiera el plazo de residencia que exigía el reglamento de la época.
La federación italiana había convencido a estos futbolistas sudamericanos de ascendencia italiana para que jugaran por Italia, siendo los casos más resonantes el de Monti, finalista del Mundial de 1930 con la Argentina, y el de Orsi, autor del primer gol azzurro en la final de 1934.
Monti tiene, de hecho, un antecedente único y verificado por la propia FIFA: según reconstruye el Museo del Fútbol Mundial de la FIFA —que conserva en su colección el pasaporte argentino del jugador—, es el único futbolista que disputó dos finales consecutivas de la Copa del Mundo con dos selecciones distintas, Argentina en 1930 e Italia en 1934.
Ese antecedente ayuda a entender por qué el vínculo genealógico entre el fútbol argentino y las provincias italianas no es una rareza de esta generación, sino una constante que atraviesa casi un siglo. El primer goleador de la historia de los Mundiales, en 1930, fue Guillermo Stábile, hijo de inmigrantes de San Pietro al Tanagro, en el Salernitano.
Después llegaron Mario Kempes, campeón en 1978, Daniel Passarella, el único argentino con dos Copas del Mundo (1978 y 1986), y Oscar Ruggeri, parte del plantel campeón en México '86. Todos, según reconstruye el MEI, eslabones de una misma cadena migratoria.
La cadena llega, previsiblemente, hasta el plantel que llegó a la final del Mundial 2026 en Norteamérica. Lionel Scaloni tiene un bisabuelo que dejó Magliano di Tenna, en Las Marcas, a comienzos del siglo XX, y conserva por eso la ciudadanía italiana. Nicolás Tagliafico la heredó por sus abuelos paternos, de Génova, y por la rama materna, de Lamezia Terme.
Giuliano Simeone, nacido en Roma pero formado futbolísticamente en la Argentina, tiene familia originaria de Rivello, en Basilicata. Y tanto Rodrigo De Paul como Giovani Lo Celso y Germán Pezzella también reivindican raíces italianas.
En el medio de todos ellos está Lionel Messi, cuyo caso ya excede lo genealógico: no solo tiene ciudadanía italiana y figura en el registro civil de Recanati por su bisabuelo Angelo, sino que por parte materna la familia remite a San Severino Marche.
El video del MEI, filmado con material de archivo de socios como Museo River, el Club Atlético San Lorenzo de Almagro o Italea Marche, se enmarca en un proyecto más amplio del museo genovés: “Il civico delle radici”, que coloca placas con código QR en las casas de origen de los emigrantes para narrar, con voces de actores conocidos, las historias más emblemáticas de aquella diáspora.
El MEI no es un museo cualquiera dentro del mapa cultural italiano. Nació de un acuerdo entre el Ministerio de Cultura, la Región de Liguria y el Municipio de Génova, con el objetivo puntual de contar la emigración italiana desde la Unidad de Italia hasta la actualidad.
Funciona en la Commenda di San Giovanni di Pré, uno de los edificios medievales más antiguos de la ciudad, restaurado especialmente para alojarlo, y trabaja en estrecha relación con el Mu.MA —la Institución de Museos del Mar y las Migraciones— y con el Galata Museo del Mare.
Tiene sentido que sea justamente ahí donde nazca este tipo de investigaciones: desde el puerto de Génova partieron, a lo largo de más de un siglo, millones de italianos rumbo a América, África, Asia, Australia y Europa, en muchos casos sin billete de vuelta.
El museo se propone justamente eso: recuperar esas historias y esos motivos de partida desde una mirada humana, histórica y sociológica, con un formato multimedia e inmersivo que invita a los visitantes a interactuar con los espacios y los objetos de la muestra.
Desde el museo genovés remarcaron que el video es apenas “un nuevo eslabón” de la línea de investigación que vienen desarrollando sobre los múltiples aspectos de la emigración italiana, y subrayaron en particular el rol del deporte como “lugar de encuentro, inclusión y transmisión de la identidad cultural” de las comunidades italianas en el exterior.
El fútbol, en ese archivo, funciona como una prueba más de algo que en la Argentina se nota cada vez que un hincha grita un gol con acento cordobés, entrerriano o porteño y sin embargo lleva en el apellido —Scarpati, Massina, Tagliafico— la marca de un barco que zarpó de Génova hace más de un siglo.