BUENOS AIRES - El termómetro que mide la confianza de los mercados en la capacidad de pago de la Argentina volvió a encenderse en agosto. Este martes, el riesgo país cerró en 511 puntos, veinticuatro unidades por encima del cierre anterior, y alcanzó así su valor más alto desde comienzos de junio. Se trata de un salto que, por su velocidad y su magnitud, se despegó por completo de lo que ocurrió en el resto de los mercados emergentes durante el mismo período.

Hace apenas un mes el panorama era otro. A mediados de julio, el indicador que elabora JP Morgan había llegado a rondar los 400 puntos, un mínimo que no se veía en más de ocho años y que había sido impulsado por la mejora en la calificación crediticia que la agencia Moody's le había otorgado al país.

Desde entonces, sin embargo, la tendencia se revirtió con fuerza: entre el 3 y el 18 de agosto el riesgo país sumó 98 puntos, al pasar de 413 a 511 unidades.

Lo que llama la atención de los analistas no es solo la velocidad de la suba, sino su carácter local. Mientras la Argentina acumulaba en ese lapso un incremento superior a los cien puntos, el promedio de los países de América Latina apenas se movió cinco puntos, y el conjunto de los mercados emergentes a nivel global prácticamente no registró variaciones. Ni El Salvador ni Paraguay, los países que más subieron después de la Argentina, llegaron siquiera a los seis puntos de deterioro.

Detrás de la suba, los analistas coinciden en señalar una combinación de factores. Por un lado, aparecen elementos propios de la coyuntura local: una actividad económica floja, la persistencia de la inflación, un esquema monetario que genera dudas y un clima político cada vez más ruidoso a medida que se acercan las elecciones presidenciales de 2027.

La posibilidad de un cambio brusco en el rumbo económico según el resultado electoral es, para buena parte del mercado, un factor de peso que ya empieza a descontarse en los precios.

A ese cuadro doméstico se sumó, en las últimas jornadas, un contexto internacional más adverso: una suba pronunciada en las tasas de largo plazo de los principales mercados —con los bonos del Tesoro de Estados Unidos en máximos de veinte años— que castiga en particular a los países con mayor percepción de riesgo, como la Argentina.

El deterioro no quedó confinado al indicador financiero. Durante agosto, los bonos soberanos argentinos en dólares acumulan una caída promedio cercana al 4%, mientras que las acciones locales llegaron a anotar pérdidas de hasta el 6,1% en las jornadas más golpeadas.

El contraste con los meses previos es notorio: de la euforia relativa de julio, cuando el riesgo país parecía encaminado a seguir bajando, el mercado pasó en pocas semanas a un escenario de creciente cautela frente a la deuda argentina.