BUENOS AIRES – Acaba de cumplir 130 años de historia en la Argentina. La Società Dante Alighieri de Buenos Aires —“la Dante”, como se la conoce— es una de las más importantes de Sudamérica. La más antigua.
Sobre ese recorrido habló Marcos Juan (naturalizado como Marco) Basti, actual presidente de la institución, durante la Cena del Lunes del Círculo Italiano.
Basti tiene una extensa trayectoria como periodista en la prensa étnica italiana en la Argentina. “Empecé en Corriere Italiano y después pasé a Tribuna Italiana, de la que fui director en 1996 —recuerda—. En aquella época todo era muy distinto: la colectividad era distinta, la Argentina era distinta, también Italia, el mundo…”. Y también la tecnología.
“No teníamos celulares —continúa—. El gran avance tecnológico de aquellos años fue instalar un fax en Italia pel ara enviar directamente las noticias a las agencias italianas”.
También eran los tiempos de los grandes empresarios italianos, empezando por Agostino Rocca, familias muy ligadas a las instituciones de la colectividad.
“Esa manera de ver el mundo y la presencia italiana en la Argentina la viví y la estudié primero como cronista y después como director”, cuenta.
Tribuna Italiana siguió publicándose hasta 2018. “Justamente ese año fui elegido presidente de la Dante y desde entonces encabezo esta institución”, señala.
Luego, Basti hace un breve repaso de la historia de la Dante Alighieri, fundada en Roma en 1889 por un grupo de intelectuales, entre ellos el poeta Giosuè Carducci, futuro premio Nobel de Literatura.
“La idea surgió porque en aquella época había una fuerte emigración —explica—. Muchos italianos dejaban Italia y se buscaba que ellos y sus descendientes conservaran el idioma y la cultura italianos. Después de Roma se fundaron comités en todo el mundo, allí donde se expandía la emigración italiana”.
En Buenos Aires, durante toda la primera mitad del siglo pasado, la Dante se dedicó sobre todo a promover la enseñanza del italiano en las escuelas argentinas, sin ofrecer cursos propios.
A veces lo consiguió, como en 1916, cuando se aprobó la enseñanza del italiano como materia curricular. Pero en 1923 fue eliminada.
“Con avances y retrocesos, el idioma volvía y desaparecía de los programas escolares —subraya Basti—. Hubo un período difícil, coincidente con las tensiones políticas italianas entre fines de los años veinte y el final de la Segunda Guerra Mundial”. En la colectividad italiana en la Argentina también se reflejaban esas divisiones ideológicas y esa falta de diálogo que impedía alcanzar acuerdos.
El gran cambio llegó en 1944, cuando fue elegido presidente Dionisio Petriella, nacido en Estados Unidos, donde su padre había partido al exilio durante el fascismo. Después de un breve paso por Italia, la familia volvió a emigrar y se instaló en la Argentina. Petriella se graduó en Derecho en Buenos Aires y para 1944 ya era un abogado prestigioso.
Como presidente de la Dante tuvo ideas decisivas. “Según él había que hacer tres cosas: construir una sede propia, organizar cursos de italiano y acercar libros italianos a los estudiantes argentinos”, relata Basti.
La Dante no tenía entonces una sede fija: Petriella impulsó la construcción del edificio de la calle Tucumán, todavía en funcionamiento. También comenzó a contratar docentes para ofrecer cursos propios de italiano. Además, regalaba libros italianos a los alumnos inscriptos o durante las fiestas de fin de año. Así se generó un círculo virtuoso de personas que estudiaban italiano, participaban de actividades culturales, leían literatura italiana y se entusiasmaban cada vez más, continuando con los cursos.
“No por casualidad —recuerda Basti— casi todos los presidentes italianos que visitaron la Argentina pasaron por la Dante: Giuseppe Saragat, Sandro Pertini, Oscar Luigi Scalfaro…”. Saragat, junto al presidente argentino Arturo Illia —radical derrocado en 1966 por un golpe de Estado— inauguró el edificio de la biblioteca, ubicado detrás de la sede central y que conserva 35.000 volúmenes en italiano.
La biblioteca resguarda fondos bibliográficos donados por destacados italianos emigrados a la Argentina. Entre ellos, el del filósofo Rodolfo Mondolfo, que debió huir de Italia durante las leyes raciales. En la Argentina enseñó en la Universidad de Tucumán, creó la cátedra de Filosofía en la Universidad de Córdoba y luego pasó a la Universidad de Buenos Aires. Tras su muerte, donó su biblioteca a la Dante.
“También el italianista Gherardo Marone —agrega Basti— dejó su biblioteca a la Dante. Había nacido en Buenos Aires, estudió en Italia, enseñó en la Universidad de Nápoles y después en la Universidad de Buenos Aires”.
Pero la Dante no es solamente enseñanza del italiano. “De hecho, quizá esa sea la parte más visible, pero menos importante —reflexiona Basti—. Son centrales las actividades culturales y el prestigio de las personalidades que colaboraron con la institución. Nosotros creemos que para comprender de verdad la cultura argentina también es necesario conocer la italiana”. Una huella enorme en la historia del país sudamericano.
No casualmente, Petriella compiló una especie de diccionario que reúne casi 3.000 nombres de italianos que trabajaron en la Argentina y contribuyeron al crecimiento del país. “Algunos son famosos —dice Basti— pero hay miles de desconocidos que aportaron silenciosamente en los campos más diversos”.
Con los años, la Dante también cambió desde el punto de vista logístico. Antes de la pandemia tenía cinco sedes, una en cada punto cardinal de la ciudad: Belgrano, Caballito, Flores, Barracas y el centro.
“Hoy el 65% de los estudiantes sigue cursos virtuales, así que muchas sedes se volvieron innecesarias —admite Basti—. Siguen abiertas la sede de Belgrano y la central. Cada una tiene un auditorio para entre 130 y 150 personas, donde realizamos actividades culturales”.
La relevancia de la institución, sin embargo, se mantiene: de los 500 comités de la Dante en el mundo, 80 están en la Argentina.
Uno de los aspectos que más le importa a Basti es la calidad de la enseñanza. “Los hispanohablantes entienden el italiano hablado en cocoliche —una especie de pidgin—, pero la profundidad de la cultura italiana solo se adquiere aprendiendo bien el idioma”, afirma convencido.
En 2015 asumió la presidencia de la Società Dante Alighieri Andrea Riccardi, historiador de la Iglesia y fundador de la Comunidad de Sant’Egidio, comprometida con la promoción humana y el diálogo por la paz. Un trabajo tan relevante que Sant’Egidio se convirtió de hecho en un interlocutor informal de la Farnesina en situaciones delicadas, como los procesos de paz en Mozambique y Angola.
Riccardi empezó a poner el foco no solo en los italianos en el exterior, sino también en todas las personas que aman Italia, aun sin tener ciudadanía. A ese fenómeno lo llamó “ital-simpatía”: millones de personas en el mundo que sienten afinidad por Italia por su cultura, economía, moda, diseño, deporte o cine.
“No somos para nada originales —bromea a modo de cierre—. En el mundo hay millones de personas unidas por ese amor. Nosotros, desde la Dante Alighieri, queremos justamente promover ese sentimiento”. Por una lengua, una cultura, un territorio y un pueblo.