BUENOS AIRES - La forma en que se vive la infancia en Argentina está atravesada por desigualdades que van mucho más allá de los ingresos. Comer todos los días, ir a la escuela, tener ayuda para hacer la tarea, festejar un cumpleaños o contar con ropa similar a la de los compañeros no son experiencias garantizadas para todos los chicos.
Un informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la Universidad Católica Argentina (UCA) y el análisis de la investigadora Ianina Tuñón para Il Globo muestran que esas diferencias configuran trayectorias de vida muy distintas desde los primeros años.
Según el estudio, centrado en la infancia urbana, el 53,6% de los niños, niñas y adolescentes vive en hogares pobres y el 10,7% en situación de indigencia . Aunque en el último año se registraron algunas mejoras —como una baja de la indigencia y una mayor cobertura de asistencia alimentaria— los niveles siguen siendo elevados y reflejan problemas estructurales.
“La pobreza monetaria de la infancia depende de los adultos del hogar, pero la pobreza en un sentido más amplio depende de si el Estado está presente con políticas de calidad en salud, educación, entre otros”, explica Tuñón. En ese sentido, advierte que en Argentina, aun cuando hay menos chicos, “no nos sobra nada”.
Las desigualdades se expresan con fuerza en las condiciones materiales. El 18,1% vive en viviendas precarias y el 20,9% en hacinamiento, mientras que el 42% no accede a servicios de saneamiento adecuados.
Estas carencias se concentran en los sectores más vulnerables y en regiones como el Conurbano bonaerense, donde la pobreza infantil alcanza al 62,7%, más del doble que en la Ciudad de Buenos Aires. A esto se suma que la inseguridad alimentaria severa afecta al 17,7% de los chicos en esa región, frente a apenas el 1,1% en la Capital, lo que expone la magnitud de las brechas territoriales.
En el acceso a la salud también aparecen barreras. El 19,8% de los chicos no asistió al médico o al odontólogo por motivos económicos, una proporción que crece en la adolescencia. A su vez, más del 60% depende exclusivamente del sistema público.
En los últimos años, algunas políticas lograron amortiguar situaciones críticas. La asistencia alimentaria creció de manera sostenida: pasó del 24% de los chicos en 2010 al 64,8% en 2025. Programas como la Tarjeta Alimentar y la expansión de comedores escolares y comunitarios se convirtieron en un piso de contención. Sin embargo, ese avance también expone una realidad persistente: cada vez más familias dependen de esas ayudas para garantizar la alimentación.
Las diferencias también atraviesan la experiencia escolar. Solo el 38,8% de los adolescentes recibe ayuda de un adulto con las tareas, frente al 82,3% en primaria. “Eso habla de que en la adolescencia, las familias no pueden acompañar y los chicos quedan solos justo en el momento más crítico”, señala Tuñón.
El informe pone el foco en dimensiones que suelen quedar fuera de los indicadores tradicionales.
En ese plano, aspectos como los vínculos y las prácticas de crianza adquieren un peso central. Leer cuentos, compartir tiempo o participar en actividades culturales forman parte del desarrollo y no están garantizados para todos. “Los estilos de crianza, como leer cuentos o festejar un cumpleaños, son fundamentales para la autoestima y el desarrollo cognitivo”, plantea Tuñón. Y advierte: “Si solo medimos ingresos, nos perdemos gran parte de la historia”.
Incluso la ropa puede convertirse en una marca de desigualdad: el 6,9% de los chicos sufre emocionalmente porque se viste distinto a sus compañeros. “No es solo abrigo, es pertenencia”, resume la investigadora.
Estas experiencias cotidianas permiten entender cómo se reproducen las brechas. No alcanza con asistir a la escuela: el 37,1% de los chicos “aprende algo y podría aprender más”, mientras que casi un tercio lo hace en instituciones con ausentismo docente frecuente.
“Un chico puede tener la comida asegurada, pero si está triste, si no tiene amigos, si le da vergüenza su ropa, tiene más problemas para integrarse. Y si no está bien, no va a aprender, no va a desarrollarse, no va a tener las mismas oportunidades”, concluye Tuñón.