MONTEVIDEO – Durante su paso por la capital uruguaya, Andrea Bajani volvió sobre la pregunta que impulsa El aniversario (2025), la novela con la que obtuvo el Premio Strega. ¿Es posible romper un vínculo familiar que parece inevitable y cortar toda relación con los propios parientes?
Ese fue el eje del encuentro realizado en la librería Feltrinelli, en una actividad organizada con el apoyo del Instituto Italiano de Cultura.
“El libro nació a partir de un curso que doy en Estados Unidos, en la Rice University, que se llama Writing the Family, ‘Escribir las familias’”, contó el escritor, y explicó que en esas clases “se siente una tensión muy fuerte, como si la cuestión familiar trajera una intensidad propia, una organización social que está a medio camino entre un organismo político y algo arcaico”.
Los estudiantes llevaban historias muy distintas —incluso de fantasía o ciencia ficción—, pero el punto de llegada era casi siempre el mismo. “Eran todas historias tristísimas. Siempre historias familiares bastante dolorosas”, marcadas muchas veces por “una especie de sensación de imposibilidad de salir de un laberinto, como si todas las experiencias que contaban fueran de personas atrapadas dentro de una estructura, como si fueran minotauros dentro de un laberinto”.
A partir de esos relatos tomó forma la imagen que puso en marcha la novela: “Estos estudiantes están dentro de un laberinto, y ese laberinto tiene la puerta abierta. Hay un hilo de Ariadna muy simple para llegar a la salida, ¿por qué no intentar contar la posibilidad de salir?”.
La distancia no es solo un tema del libro, sino también la condición en la que fue escrito, en Estados Unidos, lejos de los lugares de origen del autor.
Bajani dice que lo entendió recién después, al leer la traducción al inglés. “Cuando la leí, tres años después del primer borrador, me di cuenta de que ese era exactamente el libro que quería escribir, solo que yo no tenía la lengua para hacerlo”, reveló. Y agregó que “era como si la distancia llevara a ir a lo esencial de una cierta manera de ser italianos y, sobre todo, de concebir la familia en Italia”.
Al hablar de los italianos en el exterior, identificó un rasgo casi nacional en esa dispersión global: “Es como si existiera otro made in Italy, esta tendencia cada vez mayor a repartirse por distintas partes del planeta”.
Esa idea aparece sintetizada también en la novela con una fórmula eficaz: “pedirle ayuda a la curvatura de la Tierra” para protegerse de la familia de origen o escapar de un sistema de expectativas demasiado rígido.
En las presentaciones fuera de Italia, señaló, ese aspecto surge con fuerza, “incluso de manera visceral”. Y aclaró: “Como si tuvieran que disculparse por ‘haberse ido’, no conmigo, sino en general”.
Ese sentimiento de culpa, sin embargo, podría haberse atenuado en el mundo actual. “Hay generaciones —desde el Erasmus en adelante— gracias a las cuales la geografía se ‘abrió’, y la distancia puede verse como una posibilidad de reformar la familia”, sostuvo, en lugar de interpretarla como una amenaza.
“No se entiende por qué hay que reformar o repensar el Estado, una asociación cultural, una región o una provincia, y no la familia, que en cambio debería quedar congelada en el modelo patriarcal”, planteó.
Durante la charla también apareció otra forma de alejamiento cada vez más frecuente: no geográfica sino social. El caso más emblemático es el de los llamados hikikomori, jóvenes que se encierran durante meses o años, cortando casi todo vínculo social, escolar e incluso familiar.
Para Bajani se trata de “una implosión, un cierre”, a diferencia de la salida que narra su novela, que “es una ampliación del mundo que, sin una estructura asfixiante, se abre”. En el fondo, explicó, son “dos maneras de desaparecer, parecidas y opuestas al mismo tiempo”.
La distancia lleva inevitablemente a pensar en su contracara: el regreso.
“Cuanto más se vive en el exterior, más se desarrolla una identidad italiana”, afirmó. Y recordó que la escritura lo ayudó en ese proceso, porque “es la reconexión, en ausencia, con algo que está en otro lugar y en otro tiempo”.
Según el autor, es casi una reacción instintiva de quienes emigran: una forma de no diluirse. “Es un instinto de supervivencia, una manera de reconocerse, de no disolverse en la falta de sentido”.
Esa reafirmación identitaria también tiene que ver con un privilegio. “Tenemos la suerte de llevar una identidad que, en general, gusta, que es bien recibida. Es muy distinto para quienes tienen que esconderla o temer usar su lengua, como pasa hoy en Estados Unidos”, advirtió. Y puso como ejemplo a “hispanohablantes que, si alguien se dirige a ellos en español, responden en inglés para ocultar su origen”.
Para Bajani, el regreso no necesariamente implica volver a un lugar fijo. “Italia es mi lugar, no hay mucho que hacer”, admitió, aunque aclaró que es la distancia la que lo vuelve significativo: “Cuando estoy afuera, Italia me interesa muchísimo. La estudio, la pienso, la escribo. Apenas llego, dejo de interesarme”.
No se trata de rechazo, sino del efecto de la cercanía. “Es como si de golpe estuvieras dentro de tu propia agua y dejaras de ver”, explicó. “Vemos un departamento cuando es de otro, no cuando es nuestra casa”.
De ahí surge una reflexión más amplia sobre qué significa volver. “El regreso hace la casa, cualquiera sea el punto de partida”, afirmó. “Me voy a sentir más en casa volviendo a Houston que cuando me fui. Volver define la casa, y la casa es el lugar al que regresás”.
Vivir en otro país, entonces, no implica buscar una raíz perdida, sino aprender a habitar esa distancia. “Es como si al mundo le hubieran inyectado un líquido de contraste. La no pertenencia, cuando no es un defecto, es un líquido de contraste que te permite ver mejor las cosas”.
En ese sentido, la lejanía no es un desarraigo estéril, sino una condición que abre. “Creo que para mí la escritura es justamente eso: sufrir la no pertenencia, donde sea, y construirse un mundo propio que sigue tus reglas, que podés controlar, que nace de vos y recoge cosas que en el mundo duelen y ahí dejan de doler porque las dominás”, explicó.
No sorprende entonces que su idea de hogar esté lejos de cualquier definición geográfica. “Me siento en casa en la escritura, y mi patria como escritor incluye a un chileno, Alejandro Zambra, un búlgaro, Georgi Gospodinov, una argentina, Samanta Schweblin, un islandés, Jón Kalman Stefánsson. Esa es mi patria: la de quienes se preguntan constantemente qué significa contar el mundo”, concluyó.