BUENOS AIRES – ¿Y si la respuesta a la crisis energética en Europa estuviera en el vínculo entre Italia y Brasil? En un escenario global atravesado por la inestabilidad geopolítica, tensiones económicas y una profunda reconfiguración de los equilibrios de poder, el acercamiento entre Europa y América Latina aparece como una estrategia central de cara al futuro.

Así lo plantea Renata Bueno, brasileña, abogada internacional y ex parlamentaria elegida en la circunscripción sudamericana, quien sostiene que los líderes europeos entendieron que los países latinoamericanos pueden convertirse en nuevos socios relativamente estables, en comparación con un mundo imprevisible y marcado por desafíos energéticos complejos.

La guerra en Ucrania, el sabotaje del gasoducto Nord Stream y la crisis en el estrecho de Ormuz expusieron la vulnerabilidad energética de Europa.

Al mismo tiempo, la Unión Europea adoptó una normativa obligatoria, dentro de la estrategia REPowerEU, para eliminar de manera progresiva las importaciones de gas ruso (tanto GNL como por gasoducto) antes del 30 de septiembre de 2027, con una prohibición total del GNL desde comienzos de ese mismo año. Un plan que apunta a cerrar definitivamente la dependencia energética de Moscú, aunque sin precisar cómo reemplazar esos suministros a un costo equivalente.

No solo eso. “Objetivos ambiciosos como los previstos por el Green Deal europeo –dice Bueno–, que busca una reducción significativa de las emisiones provenientes de energías fósiles hacia 2035, requieren soluciones concretas, escalables y económicamente sostenibles”.

“Es en este escenario donde América Latina asume un rol central –asegura la ex parlamentaria–, pasando de ser una región históricamente vinculada a Europa a convertirse en socio estratégico, aliado energético y factor de estabilidad en un mundo fragmentado”. Dentro de este marco, Brasil ocupa un lugar destacado.

“El Brasil no es solo un socio, es parte de la solución –insiste–. Con una de las matrices energéticas más limpias del mundo, el país combina escala, eficiencia y sustentabilidad. Cerca del 85-90% de la electricidad brasileña proviene de fuentes renovables, mientras que el país es líder global en la producción de biocombustibles”.

El etanol de caña de azúcar, por ejemplo, tiene una huella de carbono significativamente menor que la nafta, además de una alta productividad. A esto se suma un enorme potencial en el desarrollo del hidrógeno verde, impulsado por políticas públicas recientes y un marco normativo cada vez más claro. Este conjunto de factores posiciona a Brasil en el centro de la transición energética global.

Si Brasil aporta escala y recursos, Italia suma tecnología, capacidades industriales e influencia estratégica dentro de la Unión Europea.

Recuerda Renata: “Durante mi mandato en el Parlamento italiano, tuve la oportunidad de promover iniciativas que llevaron el etanol brasileño al centro del debate energético europeo, incluida la aprobación de una moción pionera para aumentar la proporción de biocombustibles en la nafta”.

Hoy, con la evolución de normativas como la RED IIIm, que elevan la presencia de energías renovables en el consumo, Europa reconoce el papel de los biocombustibles avanzados, lo que abre nuevas oportunidades para soluciones ya consolidadas en Brasil.

La convergencia entre Europa y América Latina se traduce en asociaciones industriales e inversiones concretas. Empresas como Eni muestran un interés creciente en Brasil, especialmente en los sectores de biocombustibles avanzados, combustibles sostenibles para la aviación e hidrógeno verde.

“Esta cooperación también permite generar empleo, promover la innovación y reducir los costos energéticos”, agrega. Se trata, entonces, de una relación de beneficio mutuo, basada en el pragmatismo económico y en objetivos ambientales.

La expansión del uso de biocombustibles brasileños en Europa puede abrir nuevos mercados de abastecimiento, al tiempo que impulsa el desarrollo de cadenas productivas sostenibles en Brasil. “Este proceso puede darse sin impactos negativos en áreas protegidas, valorizando, por ejemplo, tierras degradadas –concluye Bueno–. Ese es el verdadero sentido de una transición justa: combinar crecimiento económico, cuidado ambiental y oportunidades sociales”.

Durante la Cop30, realizada en la Amazonia a fines de 2025, Brasil mostró al mundo su liderazgo en bioeconomía y energías renovables, mientras que Italia consolidó su rol como puente estratégico entre Europa y América Latina. Según Bueno, el desafío ahora es “transformar este alineamiento en acciones concretas, mediante acuerdos bilaterales, sistemas de certificación de biocombustibles, fondos de inversión conjuntos y programas de formación técnica que integren la innovación europea con la escala productiva brasileña”.

El futuro de la transición energética global pasa por una cooperación sólida entre Europa y América Latina. En este escenario, Roma y Brasilia no son solo capitales políticas, sino verdaderos polos de transformación, capaces de demostrar que el desarrollo económico, la protección ambiental y la justicia social pueden avanzar de la mano.