BUENOS AIRES — Antes de cautivar al público del Teatro Colón con las infinitas posibilidades expresivas de la viola, el recorrido del músico nacido en Bari comenzó en el nordeste argentino, con una serie de encuentros destinados a la formación de jóvenes violinistas.

El proyecto se apoya en un vínculo construido a lo largo del tiempo con César Pradier y la Fundación Pradier Redes Culturales, que también desarrolla tareas de voluntariado y asistencia a chicos y adolescentes en situación de vulnerabilidad.

“Lo hablábamos desde hacía años —cuenta Misciagna—. Las ganas de participar estaban, pero faltaban los recursos necesarios para afrontar el viaje y la estadía. Recién después, gracias a la participación de patrocinadores e instituciones, entre ellas el Instituto Italiano de Cultura y la Embajada, el proyecto finalmente pudo concretarse”.

Una de las etapas más significativas fue la Bienal Internacional de Arte del Chaco, donde Misciagna participó de un concierto junto con los jóvenes músicos del festival y brindó una clase magistral. La experiencia le permitió trabajar directamente con estudiantes que ya transitaban una formación musical avanzada.

“Interpretamos la Cuarta Sinfonía de Chaikovski, una obra que no es para nada sencilla”, señala el músico al destacar el nivel de los participantes. Al finalizar la experiencia, también ejecutó la Sonata para la Gran Viola, de Niccolò Paganini, una pieza particularmente exigente y estrechamente vinculada con la historia del propio instrumento.

Según explica Misciagna, la “Gran Viola” para la que Paganini había concebido la obra era un instrumento de cinco cuerdas, con las cuatro del violín y una adicional correspondiente al registro de la viola. En la actualidad ya no se utiliza y Misciagna interpreta la partitura con una viola convencional de cuatro cuerdas, lo que añade una dificultad adicional en las posiciones más agudas.

Sin embargo, el desafío no es únicamente técnico: “Esta obra es ópera. Como Paganini estaba casado con una cantante, había desarrollado una escritura muy ligada al lenguaje vocal italiano. En este caso, sin embargo, no es una soprano la que interpreta el aria solista, sino la viola”.

Después de la Bienal, el músico llevó su repertorio a Corrientes, donde se presentó en el histórico Teatro Vera, cuya belleza y acústica lo sorprendieron. “Es un teatro espléndido, verdaderamente maravilloso”, destacó.

El Teatro Vera de Corrientes.

Allí, el programa adquirió un carácter todavía más personal, al combinar obras de Bach y Biber, piezas de inspiración argentina y algunas de sus propias composiciones y adaptaciones.

El concierto comenzó, como suele ocurrir en sus presentaciones, con la Passacaglia de Biber, una obra que Misciagna considera extraordinaria por su capacidad para construir, a partir de unas pocas notas, un universo de variaciones, voces y posibilidades interpretativas.

Otro de los momentos más originales de la noche fue la Morricone Film Suite para viola sola, compuesta por el propio Misciagna en homenaje al célebre autor italiano. La suite consta de ocho movimientos y reelabora conocidos temas de las bandas sonoras de Ennio Morricone, reconocibles para el público, pero “revisados y adaptados para viola sola”, explica.

En Corrientes, sin embargo, Misciagna quiso ir todavía más lejos y establecer un contacto directo con la cultura musical argentina. Antes del concierto estudió y adaptó el Himno Nacional Argentino para viola, enfrentándose a una composición muy diferente de la italiana tanto por su estructura como por su carácter.

“¡No es una marcha, es prácticamente una obertura!”, observa. Se trata de una composición extensa, melódica y compleja que, durante la interpretación, también involucró al público, que se puso de pie para cantarla.

Luego de recibir la máxima distinción local, el reconocimiento San Martín Libertador, Misciagna ofreció varios bises, entre ellos una versión propia del célebre chamamé —género musical tradicional argentino— Kilómetro 11.

Tampoco faltó un homenaje a la pasión argentina por el fútbol, ya que por esos días se disputaban los partidos del Mundial. La canción Muchachos, convertida en uno de los himnos no oficiales de la Selección argentina, cerró un recorrido musical capaz de pasar de Paganini a la tradición del Litoral y de la música académica europea a las canciones del imaginario colectivo nacional.

Esta experiencia con la Fundación Pradier podría ser apenas el comienzo de un proyecto más amplio. Misciagna, quien además enseña en la Universidad Bilkent de Ankara, trabaja desde hace tiempo con jóvenes intérpretes y en la formación de ensambles.

Entre las ideas surgidas durante la gira se encuentra la creación en el país de una pequeña orquesta de cuerdas, integrada por doce o trece jóvenes, para prepararlos y llevarlos posteriormente de gira por distintas ciudades. El modelo les permitiría no solo perfeccionarse, sino también aproximarse a la experiencia concreta de los escenarios y los viajes.