CARACAS – Mientras miles de rescatistas continúan la carrera contra el tiempo entre los edificios derrumbados por los devastadores terremotos que sacudieron Venezuela el 24 de junio, más de 130 perros especializados en búsqueda y rescate se convirtieron en una pieza clave de las operaciones y en un símbolo de esperanza para un país golpeado por la tragedia.
Según informó el presidente de la Asamblea Nacional venezolana, Jorge Rodríguez, unos 30.000 efectivos y más de 3.300 rescatistas internacionales participan en el operativo desplegado tras el desastre.
Junto a ellos trabajan 137 perros entrenados para detectar con su olfato a personas con vida o víctimas atrapadas bajo los escombros. Su tarea resulta fundamental ante el colapso de cerca de 200 edificios provocado por los dos terremotos.
Entre las historias más destacadas sobresale la de Tsunami, un border collie de nueve años que se convirtió en uno de los perros de rescate más reconocidos de Venezuela.
Cuando era cachorro fue encontrado en condiciones de grave maltrato y luego adoptado por Jorge Beens, fundador del Centro de Formación para Equipos Caninos de Intervención en Desastres (Ksar Ecid). Tras entre tres y cuatro años de entrenamiento, pasó a integrar el grupo de élite de búsqueda y rescate del país.
Gracias a su extraordinaria capacidad olfativa, Tsunami ya permitió localizar a 25 personas bajo los escombros. Además, participó en misiones internacionales tras los terremotos de Turquía y Siria.
La intervención en Venezuela marcará, sin embargo, el final de su carrera. Ksar Ecid anunció que el animal se retirará después de años de servicio. Beens explicó que las jornadas de trabajo son extremadamente exigentes y que el bienestar del perro se preserva con pausas de una hora por cada dos horas de actividad.
El especialista también reclamó que Venezuela invierta en la formación de nuevas unidades caninas y sostuvo que el país necesita un centro nacional dedicado al entrenamiento de perros de búsqueda y rescate, con apoyo tanto del Estado como del sector privado.

Kaira, la perra rescatista enviada por Perú.
Junto a Tsunami trabajaron decenas de perros llegados desde distintos puntos del mundo.
Desde la Argentina viajó Bart, un pastor belga malinois que, según informó el vocero presidencial Adrián Ravier, logró encontrar con vida a dos chicos que permanecían sepultados bajo los escombros y colaboró además en la recuperación de los cuerpos de seis víctimas. El contingente argentino enviado por el gobierno de Javier Milei incluyó unidades caninas de la Infantería de Marina especializadas en búsqueda y rescate.
Perú aportó a Kaira, una malinois belga de cuatro años perteneciente al Cuerpo General de Bomberos Voluntarios. Dotada de un “olfato extraordinario”, según destacó el Ministerio del Interior peruano, participó en las tareas junto a un equipo integrado por unos 40 rescatistas.
Desde El Salvador llegó Rambo, otro pastor belga que integra el grupo Urban Search and Rescue (Usar). Su guía, Fernando Portillo, explicó que cada operativo comienza con un reconocimiento del terreno y que, cuando detecta a una persona con vida, el perro señala el lugar ladrando de manera insistente para orientar a los rescatistas. La Presidencia salvadoreña lo definió como “un verdadero héroe de cuatro patas”.
Otro de los protagonistas fue Mali, integrante de la Brigada Internacional de Rescate Topos de México. Durante el operativo encontró con vida a un pequeño perro maltés atrapado entre los escombros y colaboró en otras búsquedas que permitieron recuperar además seis cuerpos.
También trabajaron sin descanso los border collie Orly y Balam, de la Cruz Roja Mexicana y descendientes de una histórica línea de perros rescatistas; el pastor belga Dastan, del Cuerpo de Bomberos de Bogotá; e Ivi y Tina, que llegaron junto a los equipos de rescate de España.
Las historias de estos animales muestran una de las facetas menos visibles de las grandes emergencias. Detrás de cada hallazgo hay años de entrenamiento conjunto entre el perro y su guía, voluntarios preparados para intervenir en escenarios extremos, donde cada minuto puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.