BUENOS AIRES – La salud mental suele instalarse en el debate público recién cuando ocurren hechos de enorme impacto, capaces de interpelarnos y obligarnos a preguntarnos por la responsabilidad individual, los límites entre la normalidad y la locura, y la manera en que un malestar colectivo puede derivar en sufrimiento personal.

Pero a veces son jóvenes artistas de la danza contemporánea y la performance quienes deciden llevar esas preguntas al escenario. Así nació “Ranura de la noche”, una obra ambientada en ese instante de frontera previo al sueño, cuando los pensamientos más invasivos se agolpan en la mente y amenazan con desbordarlo todo, hasta poner en crisis la identidad y la estabilidad emocional.

La propuesta trabaja emociones extremas como la ansiedad y la angustia a través del movimiento y de la experiencia física, para luego disolverlas “en la otra cara de la noche”, la de la fiesta y el placer.

“El proceso creativo fue muy experimental desde el comienzo”, explica Sofía Nieto, una de las autoras e intérpretes. “No partimos de una idea cerrada. Trabajamos a partir de textos, referencias cinematográficas y coreográficas que nos interesaban, poniéndolas en diálogo para construir la obra”.

El grupo está integrado por estudiantes de la carrera de Danza de la Universidad Nacional de las Artes (UNA), que ya habían compartido un seminario de composición coreográfica centrado en lo onírico, lo surrealista y ciertos imaginarios vinculados al terror. “Con ‘Ranura de la noche’ profundizamos esa búsqueda. La relación con la salud mental aparece a través de la exploración de los sueños, lo onírico y el psicoanálisis”, agrega Nieto.

La muerte también atraviesa el universo creativo de la obra. Incluso aparece citado un fragmento del poeta y dramaturgo francés Antonin Artaud: “Quell’angoscia sempre più pesante e impregnata è il corpo stesso arrivato al limite della sua tensione e delle sue forze e che tuttavia deve continuare ad avanzare”.

“Nos interesa esa idea porque ubica al cuerpo como territorio de lo sensible, pero también como una máquina incapaz de descansar”, sostiene Sofía.

Resulta inevitable encontrar en la obra resonancias con el contexto social y político actual. “Somos artistas jóvenes e independientes que intentan insertarse en un mundo laboral atravesado por la precarización, la crisis económica y los recortes al sector cultural y educativo”, señala. “Sentimos que estamos tratando de construir algo mientras alrededor todo parece desmoronarse o volverse cada vez más inestable. Ese agotamiento colectivo, la incertidumbre sobre el futuro y la dificultad de sostener proyectos artísticos forman parte del clima emocional de ‘Ranura de la noche’”.

El término “ranura” proviene de la carpintería y alude literalmente a una hendidura en la madera. ¿Cómo se traslada esa idea a la danza? “El título nace de un poema que Olga Orozco escribió para Alejandra Pizarnik después de su suicidio”, cuenta Nieto. “Ahí aparece la idea de la ranura entendida como el ojo de una cerradura. Un ojo cerrado que se abre a la oscuridad de la noche. A partir de esa imagen empezamos a pensar el término como un acceso a lo más íntimo”.

Una grieta, pero también una apertura. “Nos interesaba esa idea de fractura como espacio de paso. Algo por donde se cae, se atraviesa o se filtra aquello que normalmente permanece oculto. En la obra, la ranura funciona más como una atmósfera que como una representación literal”.

Eso se traduce en los cuerpos, en la construcción del espacio y en la sensación constante de estar al borde de algo incierto o desconocido. La propuesta invita, de algún modo, a asomarse a esa grieta.

No se trata de una coreografía pensada para agradar o complacer al espectador. “Nos interesa que la exposición de la vulnerabilidad de los cuerpos en escena habilite también una conexión con la vulnerabilidad de quien mira”, dice Sofía. “Pensamos el cuerpo como un territorio que encuentra su potencia en la tensión entre lo visible y lo invisible, en los estados extremos, las interrupciones y los extrañamientos que transforman la danza en un lugar de revelación”.

Las reacciones del público son diversas, aunque nadie queda indiferente. “Muchos relacionaron las escenas con experiencias personales, recuerdos, sueños o referencias a otras obras y universos”, recuerda la bailarina. “Eso nos interesa especialmente porque es un trabajo abierto, que se completa en la experiencia de cada espectador”.

Según cuenta, hay algo en común entre quienes ven la obra: la posibilidad de mirar aquello que habitualmente se esconde o se guarda para uno mismo. Los miedos, la violencia, el agotamiento, ciertos dolores íntimos o emociones incómodas que muchas veces evitamos enfrentar. “Nos parece valioso crear un espacio donde esas sensibilidades puedan aparecer sin necesidad de ser explicadas, simplemente para atravesarlas”, afirma.

La obra también propone una reflexión sobre el lugar del arte frente a la fragilidad emocional. “Creemos que el arte puede abrir un espacio para habitar aquello que muchas veces no encuentra palabras”, sostiene Nieto. “Nos interesa pensar el cuerpo como un territorio donde emergen tensiones, deseos y temores”.

Y aclara que el espectáculo está lejos de cualquier idea ingenua de salvación. “No creemos que el arte ofrezca respuestas definitivas. Más bien puede ser un espacio de elaboración y encuentro. Pero atravesar emociones incómodas o reconocerse en lo que sucede en escena puede generar identificación, reflexión y una forma menos solitaria de vincularse con la propia existencia”.

“Ranura de la noche” fue creada, dirigida y producida por el colectivo Tres Danza, integrado por Carolina Fallat (28), Sofía Nieto (28) y Pilar Rodrigo (29), con colaboración de Manuel Pérez Vizan en producción musical, Paula Fraga en iluminación y Candela Baceda como asistente general.

La obra se presentará el 29 de mayo a las 21 en el espacio cultural de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, en Uriburu 763, Ciudad de Buenos Aires. Más información en el perfil de Instagram de Tres Danza.