VILLA MADERO (BUENOS AIRES) – De Brienza conoce cada rincón, cada casa, cada callecita.

En parte, porque Antonio Dimare nació y vivió hasta los 14 años en ese pequeño pueblo de montaña de la provincia de Potenza. Y también porque logró regresar y llevar a sus nietos para que conocieran el lugar donde todo comenzó.

Era 10 de diciembre de 1957 cuando desembarcó, junto a sus padres y dos hermanos, en el puerto de Buenos Aires. Su hermana mayor había llegado a la Argentina dos años antes.

La familia había vendido todo lo que poseía en Italia para buscar fortuna en Estados Unidos.

Antonio Dimare es hoy presidente de un grupo industrial que, con la marca Rasti, hizo jugar a generaciones de niños argentinos. Y es también uno de los socios fundadores de la Asociación Brienza en Villa Madero (Buenos Aires).

“Hasta el ‘79, nos reuníamos en privado entre paisanos, la gente que había nacido en el mismo pueblo –recuerda–. Luego, para evitar que las únicas ocasiones oficiales de vernos fueran los funerales, creamos la asociación. Y finalmente compramos el terreno para construir la sede".

La cena de los viernes, a base de especialidades de Lucanía mezcladas con asado argentino, fue por casi 40 años una cita fija, una costumbre que lamentablemente se vio interrumpida por la pandemia.

 “No fue fácil volver al nivel de actividad anterior al Covid –afirma Dimare–. Aún asì, tenemos un club de fútbol para 150 niños y niñas del barrio, clases de baile, coro, cursos de italiano…”.

Los dos acontecimientos más importantes para la comunidad de Brienza coinciden con dos fiestas religiosas. “El día de San Cataldo, que celebramos el primer domingo de mayo –dice Antonio– y el Santísimo Crucifijo, que es el tercer domingo de septiembre".

Fue así como el domingo, después de la misa en la iglesia de San Carlos Borromeo, la comunidad salió en procesión con el Crucifijo.

La ceremonia concluyó luego con un abrazo típicamente italiano entre lo sagrado y lo profano, en la sede de la asociación, para presenciar el "Vuelo del Ángel" (con una estatua deslizándose por un cable, imitando un vuelo) y almorzar juntos con música, cocina italiana y sorteos.

 
Algunos momentos de la celebración del Santísimo Crucifijo, con la procesión y el Vuelo del Ángel.

A diferencia de muchos clubes italianos, la Asociación Brienza no parece sufrir una crisis de recambio generacional.

“Porque pudimos darles espacio a los jóvenes –afirma Antonio–. Ninguno de nosotros, los miembros fundadores, se quedó ‘aferrado al poder’ dentro de la asociación. Después de un mandato presidencial, todos pasamos el mando a otra persona y, a medida que nuestros hijos crecieron, les dimos espacio". Sin exigirles a los jóvenes los mismos intereses, la misma relación con Brienza y con las raíces de quienes nacieron allí, en Italia.

Antonio se dedica a ser abuelo. “Hablo mucho de mi infancia con mis nietos –afirma–. Su historia favorita es la de Martín, el caballo de mi padre. Con mucho orgullo, pude acompañarlos a todos, aunque en diferentes momentos, a conocer Brienza. Y obviamente en esa ocasión tuve que buscar por algún lado un caballo que pudiera hacer el papel de Martín”. A este punto, ya asumido como un personaje mitológico.