MONTEVIDEO — Las profundas huellas de la cultura clásica e italiana continúan vivas en la capital uruguaya gracias a iniciativas que permiten poner en valor el patrimonio histórico y artístico.

El Instituto Italiano de Cultura fue sede de la conferencia “Descubrir Roma en Montevideo”, a cargo de Giulia Ampollini, licenciada en Historia del Arte, bibliotecaria, docente de Vissi d’Arte y de ACLI Uruguay, y presidenta del Centro Cultural Dante Alighieri de Uruguay.

El encuentro funcionó como antesala de la visita guiada que se realizará el sábado en el Museo de Historia del Arte (MuHar) de Montevideo, donde el público podrá acercarse a algunas de las grandes obras maestras de la Antigüedad.

El MuHar alberga una extraordinaria colección de reproducciones realizadas entre las décadas de 1950 y 1970, gracias a vínculos diplomáticos privilegiados con instituciones internacionales de la talla de los Museos Vaticanos y el Museo Británico.

Como se destacó durante la conferencia, esta colección permite no solo “ver obras que se encuentran dispersas en los museos europeos”, sino también observar de cerca los detalles de las esculturas y favorecer una comprensión más crítica, madura y profunda.

El eje de la exposición en el Instituto Italiano de Cultura fue el análisis de la tendencia secular —arraigada desde el Renacimiento e impulsada por historiadores del arte como Winckelmann y Lessing— a superponer las producciones griega y romana. Ampollini explicó que muchas piezas consideradas durante largo tiempo originales griegos son, en realidad, copias romanas.

Para aprender a distinguirlas, es necesario comparar esos dos mundos e identificar sus principales características.

La primera gran diferencia reside en los materiales utilizados. Mientras los griegos sobresalieron en el trabajo del bronce mediante la compleja técnica de la fundición a la cera perdida —de la que los Bronces de Riace y el Cronida del cabo Artemisio son algunos de los máximos ejemplos originales—, los romanos preferían el mármol. Las particularidades de este material y de su elaboración hicieron necesaria, en muchas ocasiones, la incorporación de elementos de apoyo, indispensables para sostener las pesadas extremidades de mármol, a diferencia del menor peso de los miembros huecos de las estatuas de bronce.

La especialista recordó además un aspecto fundamental que suele pasarse por alto: “Las estatuas griegas y romanas estaban pintadas, tenían una capa de color y, en ese sentido, el bronce era un material privilegiado, porque a la base se le agregaban detalles, como ojos y dientes de plata”.

La forma de representar constituye una segunda gran diferencia. Frente a la idealización griega, el arte romano introdujo el retrato realista: las arrugas y las cicatrices se convirtieron en marcas del paso del tiempo, no en defectos que debían ocultarse, sino en símbolos de experiencia, autoridad y sabiduría.

La conferencia, sin embargo, no se limitó a la escultura. También abordó el urbanismo de los castra romanos —cuyo trazado ortogonal todavía puede reconocerse en ciudades como Turín o en sitios norteafricanos como Leptis Magna— y la grandeza de las épocas imperiales de Augusto, Trajano y Adriano. Asimismo, se prestó especial atención a la apertura cultural de los romanos hacia Egipto, una fascinación milenaria reflejada en monumentos como la Pirámide Cestia de Roma y en las reinterpretaciones artísticas vinculadas con la figura de Antínoo.

Un puente imaginario entre las orillas del Tíber y del Río de la Plata, capaz de transformar una simple visita al museo en un viaje milenario por el genio, la creatividad y la identidad del ser humano.