BUENOS AIRES — Hay un lugar donde la arquitectura, las leyendas y la cultura de Buenos Aires se funden en una experiencia única.
El Palacio Barolo, edificio emblemático de la ciudad diseñado por el arquitecto milanés Mario Palanti, se convirtió en escenario de diversas propuestas nuevas para admirar la vista desde su cúpula y disfrutar de una noche diferente, entre conciertos íntimos y degustaciones.
Un Negroni en el Paraíso ofrecerá una degustación de uno de los cócteles más representativos de la tradición italiana en la cúpula del edificio y convertirá al Negroni en una clave para narrar parte de ese imaginario en Buenos Aires.
El primer encuentro será el 11 de septiembre, de 19 a 20.30 (reservas en el sitio de la Fundación Amigos del Palacio Barolo). Como anticipa el barman Patricio Foglia, “recorreremos el Palacio Barolo, conoceremos su historia, degustaremos un clásico italiano y escucharemos un poco de música con una DJ que seleccionará canciones para teletransportarnos desde las alturas del edificio hacia una noche que esperamos sea especial”.
La propuesta incluye una visita al Palacio Barolo acompañada por el relato de Juelta Messer, mientras que Foglia guiará la degustación del Negroni y explicará sus orígenes, que se remontan a la Florencia de 1920. Marciana S estará a cargo de la selección musical desde la consola.
“El Palacio Barolo, como se sabe, es un particular homenaje arquitectónico a la Comedia de Dante. Está dividido en tres partes, que son el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso: este último corresponde precisamente a la cúpula del edificio. El Negroni también está compuesto por tres elementos: la tríada del gin ácido, el Campari amargo y el vermut dulce”, explica Foglia.
“Como comparten raíces italianas y la misma estructura, pienso que cada Negroni es un pequeño Barolo convertido en poción, en miniatura”.
Para Foglia, el ritual del aperitivo es, ante todo, una manera de interrumpir el ritmo del tiempo cotidiano. “Pienso que el momento del aperitivo se parece a la apertura de un paréntesis, a su fragilidad gramatical; los paréntesis son pequeños escudos contra el huracán del tiempo, que nos arrastra”, explica poéticamente.
La idea también está vinculada con un recuerdo familiar: “Mis abuelos tenían un mueble mágico que, cuando se abría, encendía una luz que hacía brillar las botellas y las copas, y les devolvía el esplendor que ya poseían”.
Es precisamente esta idea de un paréntesis suspendido la que funciona como clave de lectura de la propuesta. El cóctel no se presenta solamente como una bebida, sino como un ritual social construido alrededor de la conversación.
El Negroni, convertido con el tiempo en uno de los símbolos internacionales de la coctelería, lleva consigo una historia ligada a Italia y a esa tradición del aperitivo que transformó el acto de beber en un momento de encuentro.
Se trata de una dimensión que también pertenece a la historia de Buenos Aires y a su composición cultural, como explica el mixólogo. “Me interesa toda la inmigración, porque soy nieto de italianos, españoles, criollos y brasileños; en otras palabras, los argentinos somos un cóctel, una mezcla compleja”, cuenta.
Y frente a sus propios orígenes italianos, el barman prefiere utilizar un verbo preciso: no recuperar, sino celebrar “el gusto por el tiempo perdido, la amistad, las largas conversaciones”, y asegura: “Para mí, estas son las distintas formas que adopta la poesía en la vida cotidiana”.