BUENOS AIRES — En la polarizada y pintoresca política argentina, una agrupación que se llama Partido del Diálogo parece un oxímoron. Pero existe y su líder es Emilio Monzó, de 61 años, expresidente de la Cámara de Diputados de la Nación.
Se lo considera uno de los principales armadores políticos de la coalición Cambiemos, que impulsó la candidatura presidencial de Mauricio Macri en 2015. Entre ese año y 2019, durante el gobierno de Macri, presidió la Cámara baja. En 2025 fue candidato a diputado nacional por la provincia de Buenos Aires en la lista de Provincias Unidas.
“Me enamoré de la política allá por 1983 —afirma ante el público de las Cenas de los Lunes del Círculo Italiano de Buenos Aires—. Soy un producto de esa generación, que celebraba la democracia en el momento en que Raúl Alfonsín, después de ganar las elecciones, se había convertido en un héroe para todos los jóvenes”.
Por entonces militaba en la UCeDé, la Unión del Centro Democrático, un partido liberal conservador que se mantenía dentro del marco constitucional.
Todavía existía el Muro de Berlín. El mundo estaba dividido en dos. Elegir de qué lado ubicarse podía ser doloroso, pero las diferencias eran claras. “Fui, como cualquier joven, radical en mis posiciones, arrogante. A esa edad arrasamos con todo lo que encontramos, era un apasionado de la ideología”, admite.
Después, la vida se encarga del resto. “Las circunstancias, las frustraciones, los fracasos… Empezás a entender que las ideas del otro también tienen legitimidad —agrega—. Y dejás de ser radical en tus posiciones”. En los años 90, el menemismo absorbió a la UCeDé y Monzó pasó al peronismo, con su incorporación al Partido Justicialista (PJ).
“Fue una experiencia muy enriquecedora —recuerda—. Militaba en una unidad básica. En un local del PJ encontrás al ingeniero y al Ruso Zapata, siempre borracho, en el mismo lugar. Y entonces empezás a entender al Ruso Zapata, empezás a entrar en casas muy humildes, empezás a comprender, a tener una empatía que no tenía cuando abrazaba las ideas radicales del liberalismo de la UCeDé”.
Fue en esa época cuando Monzó comenzó su actividad política, desde el Concejo Deliberante de Carlos Tejedor, su ciudad natal, en el noroeste bonaerense.
“Quería empezar la carrera política desde el primer escalón, como concejal, hasta llegar a presidente de la Nación, una aspiración que ya abandoné —bromea—. Y desde aquella primera elección municipal también hubo muchas derrotas”.
Monzó se postuló a intendente de Carlos Tejedor, pero perdió dos veces por pocos votos. “Cada vez, a llorar y a empezar de nuevo”, revela.
En 2003, finalmente, ganó las elecciones municipales. “Si hubiera sido por mí, habría seguido por otro mandato de cuatro años en 2007”, admite.
Pero llegó un giro. Daniel Scioli, gobernador de la provincia de Buenos Aires, lo convocó como ministro de Asuntos Agrarios de su gabinete.
En 2008 estalló el conflicto por la Resolución 125, con la que el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner vinculó las retenciones a las exportaciones de granos con la evolución de los precios internacionales. La medida provocó un enfrentamiento con las entidades agropecuarias. En ese contexto, Jorge Bergoglio, entonces arzobispo de Buenos Aires, expresó su preocupación por las divisiones entre los argentinos y se reunió con dirigentes rurales.
Monzó no renunció a su método de diálogo. “Me reunía con las organizaciones del sector agropecuario, primero me insultaban, después, al conversar, dialogar y comprender a los demás, empezaba a lograr que me aceptaran”, explica. Una forma de actuar que, con el tiempo, se convirtió en su sello.
Según recuerda, en 2010 tanto Néstor Kirchner como Mauricio Macri se disputaron su incorporación: ambos lo querían como armador político. Eligió a Macri y se convirtió en uno de los principales artífices de Cambiemos, hasta alcanzar la victoria en las presidenciales de 2015.
“Desde entonces, en diez años, la tecnología, el celular, transformaron absolutamente todo: la política, nuestra vida, nuestras relaciones, no hay un ámbito del que queden afuera —dice—. ‘Pensar’ es la verdadera resistencia frente a esta intromisión de las plataformas digitales en nuestras vidas. Nacieron como una red, servían para comunicarnos, para encontrar familiares y amigos a los que les habíamos perdido el rastro. Pero después los dueños descubrieron que lo importante en todo esto era mantener nuestra atención. Entonces empezaron a trabajar con los ‘me gusta’ y las publicaciones compartidas”.
Para Monzó, cuando se habla de redes sociales, en lugar de la palabra “compartir” habría que usar “exhibir”. Y agrega: “La gente empieza a exhibirse, a poner ‘me gusta’, a crear comunidades virtuales. Las comunidades virtuales tienen, decía el papa Francisco, un vicio: sos vos quien elige quién pertenece a la comunidad. No es como en la comunidad real, donde no podés filtrar quién entra y quién no”. Y eso, sostiene, obliga a la tolerancia y a la convivencia.
El problema, según el dirigente, también está en la relación con el tiempo. “¿Cuántas horas nos quita el celular cada día? Entre cinco horas y media y seis. Hay ingenieros y neurocientíficos que saben cómo generar nuestra dependencia del celular”.
Según Monzó, en política las consecuencias son devastadoras: quien controla las plataformas controla las elecciones. “Es deprimente —confiesa—. Todo el trabajo para generar confianza y vínculos se vuelve inútil”. Para el dirigente, la única forma de ganar es encontrar un candidato disruptivo, aparentemente antisistema, que apele a las emociones negativas.
Pero eso tiene consecuencias y un precio. “Empezamos a ubicar al adversario como un enemigo político —afirma—. A través del insulto consolidamos nuestra tribu. Esto nos deja muy poco margen si no estamos unidos, si no generamos una masa crítica política que empiece a poner al descubierto y a comprender los intereses que hay detrás. Esta forma de comunicar está haciendo mucho daño, no solo a la política, sino también al país”.